16
brÍGIDA
Margot se está quedando en nada.
Cuando Brígida ha cogido su mano para cruzar juntas el puente de tablas, ha sentido que se agarraba al hueso de una calavera.
No tiene chicha.
Es un pellejo que camina y habla.
Como siga así se pondrá enferma, piensa.
Está segura de que apenas come y si lo hace controla las cantidades.
Se ha dado cuente de cómo observa la comida, igual que si estuviese frente a un potro de tortura; la tortilla de patatas, la pasta, las lentejas, el lomo con pimientos, todo eso es para Margot veneno, algo de lo que alejarse aun estando quieta.
La ha visto vomitar un par de veces; correr hacia el baño y arrodillarse ante los labios del retrete, meterse los dedos y vaciarse entre convulsiones y eructos.
Hubo un tiempo en que ella también estuvo tentada a hacerlo, por mera imitación o por esa solidaridad tan tonta que se da entre las gemelas.
Ahora se siente a salvo porque Violeta parece adivinar sus pensamientos y cuando la ve ensimismada o jugar con la comida, le da un pellizco en el brazo para hacerla reaccionar.
Come, le dice, y señala la comida con la punta del cuchillo porque un día le contó eso, que su hermana Margot era anoréxica y que ella estaba tentada.
Come, repite su novia con la boca llena y luego se acerca para besarla y deja en su boca trocitos de carne con saliva.
A Brígida le gustaría contarle todo a Violeta, como si Violeta fuese ese váter confortable donde vomitar sin vergüenza.
Todo significa que no puede ir a Campos de Gavín sin que se le caiga el mundo encima, que no soporta la visión del sauce, que por más que lo intenta no puede tener una buena relación con Margot, que Inés sigue siendo una extraña, que en realidad nunca han sido una familia sino miembros sueltos unidos al azar, una madre loca, un padre insatisfecho, dos niñas perdidas y una adolescente convertida en isla de piernas largas.
Porque Inés siempre corre para que ellas no puedan alcanzarla.
De su estancia en la casa del árbol desnudo solo recuerda con cierta amabilidad sus andanzas por el bosque, las yincanas con los primos, perderse en la maleza y respirar ese aire tan puro de las montañas, imaginar cómo sería vivir sola en mitad de esa inmensidad tan verde, no regresar a casa...
Pero siempre regresaba porque tenía la obligación de proteger a Margot del duende del sauce.
Cuando se quedaba sola en el bosque imaginaba que Inés era la única capaz de rescatarla.
El bosque siempre fue su aliado, el miedo estaba en el hogar. Los monstruos estaban dentro de su habitación no entre la cabellera de los árboles.
¿Cómo podía decirle eso a Margot?
El día que la dejó sola quiso hacer una prueba.
Pero Margot se meó encima porque estaba asustada.
Entonces vio que era débil, que nunca podría soltar su mano, que su cuerpo sería el que debía recibir las caricias o el castigo del duende del sauce para mantener a salvo el cuerpo y el corazón de Margot.
Puto sauce de mierda, murmura.
¿Y si las gemelas hubieran heredado la casa de Campos de Gavín en vez de la de Huesca?
¿Qué hubieran hecho con el sauce, con el río, con los fantasmas?
No, mejor así, determina Brígida.
Inés no necesita ayuda, sabe apañárselas sola. Ahí sigue a pesar de llevar en su vientre a un hijo muerto, como si nada pasara, con esa fuerza que se parece tanto a la fuerza del sauce que aún muerto sigue en pie.
No quiere pensar que quizá odia a Inés por eso.
No quiere pensar que odia a Margot por permanecer fuera de toda aquella oscura suciedad.
En cuanto ha dejado a su hermana ha regresado al pueblo, a la tienda, ha despachado a los últimos clientes y ha clasificado los billetes de la caja registradora.
Luego le ha mandado un wasap a Violeta acompañada de muchos emoticonos en forma de corazón
(Pum-Pum)
Ese latido que no posee el niño azul que mece Inés en sus entrañas.