15
MARGOT
Margot recuerda el árbol desnudo. Cierra los ojos un instante y lo visualiza.
Tiene ahora aquel manto frondoso y verde, como cortinas de lluvia seca que se mecen con el viento.
Siempre le pareció un árbol triste. Sin embargo era hermoso y la ayudaba a esconderse cuando su hermana Brígida se empeñaba en buscarla para ir al río.
—¿Dónde te has metido, Margot? —gritaba su gemela.
Y Margot pegaba su cuerpo al tronco y aguantaba la respiración, como cuando su madre la metía en la bañera y ella se hundía hasta el fondo con la nariz tapada y los ojos bien abiertos, por si la inmensidad del agua pudiera comérsela, como si de aquel líquido pesado pudieran surgir criaturas feroces dispuestas a acabar con su insignificancia.
—Si no sales le digo a mamá que te has muerto y entonces ella se morirá también.
Brígida no le tenía miedo a nada, ni a la muerte, ni al río ni a los intentos de suicidio de su madre.
Ni siquiera a los ojos saltones de su abuela Dolores que, desde su silla de enea, lo contemplaba todo igual que un animal que de un momento a otro fuese a saltar hacia el cuello de su dicha.
Porque Margot, a pesar de todo, era feliz en aquella casa familiar donde los veranos se eternizaban y sus primos llegaban alborotándolo todo, con sus voces roncas y sus patadas, con sus balones de cuero reglamentario y la boca llena de salchichón y queso.
Solían llegar cada fin de curso. Las gemelas eran las primeras en tomar posesión de la casa acompañadas por su madre y por su padre.
Pero Gonzalo las dejaba allí, acomodaba a su mujer, le daba un beso en la frente y se despedía de las gemelas tirándoles de las trenzas.
—Jo, papá, no hagas eso que me duele —protestaba Brígida.
—No seas tan quejica.
—Es que ya soy mayor para que me estires de las trenzas.
—Nunca serás lo suficientemente mayor para mí.
—Pues lo soy.
A Margot no le importaba que su padre maltratara su pelo, aunque a ella apenas la miraba, parecía tener ojos tan solo para Brígida, sobre todo después del capítulo de la piscina, donde Margot se orinó en la moqueta y no consiguió sacar su diploma de natación.
Desde ese momento su padre separó a aquellas niñas y dejaron de ser dos gotas de agua, para convertirse en la intrépida Brígida y Margot a secas.
Inés era demasiado mayor para esas tonterías y sus padres la trataban de otra manera, como si habitase una casa distinta o se la hubieran encontrado de pronto en la puerta de su casa nada más despertar, un día cualquiera, mientras hacían cábalas acerca del chico del periódico y del por qué se retrasaba en el reparto, mientras observaban al otro lado de los visillos el paso ceremonioso de un gato en busca de una bolsa de basura.
Así imaginaba Margot que Inés había llegado a sus vidas, de la nada, de un abrir y cerrar de ojos, de una larga noche de tormenta que trae hojas muertas y barro recién parido.
A partir de entonces intentó acercarse a ella, puso mucho empeño en conocer a esa adolescente larguirucha que llevaba faldas cortas y se pintaba las uñas de rojo sangre.
Los recuerdos de su infancia no estaban unidos a Inés.
Inés siempre era una sombra que pasaba por allí camino del baño o la cocina, unos ojos negros con cucarachitas dentro que la miraban un instante y luego desparecían tras la puerta de su habitación.
Eran dos universos opuestos. Por una parte estaban las gemelas y por otra Inés.
Y entre medio, música pop, olor a cigarrillos, llegar tarde a casa, el primer novio, las broncas de su padre, el llanto incesante de su madre, las píldoras, el silencio, sobre todo el silencio.
—No molestéis a mamá, que está descansando.
El cuarto de su madre siempre a oscuras, como un panteón, aquel perfume a medicamento y caramelos para la tos, una palangana a sus pies, los vómitos, las cuerdas con las que de vez en cuando su padre se veía obligado a atarla a los barrotes de la cama.
Sin embargo la casa del árbol desnudo significaba la luz, el alboroto, correr hasta el infinito del bosque, como si el mundo no tuviese fin.
La primera vez que supo del terror del bosque, se hizo pis en las bragas.
—¿Por qué te quedas quieta como un pasmarote? —le increpó su hermana.
—Porque sí.
—Venga, vamos más adentro. Aquí es imposible encontrar nada.
—No podemos ir más adentro. ¿No te das cuenta de que nos hemos perdido? Hay que regresar a casa. Nos estarán buscando.
—Eres una miedica. Si nos vamos, ganarán Adolfo y Alejandro. Y no me da la gana que se lleven ellos el premio. Esta yincana la tenemos que ganar nosotras.
—No puedo, de verdad.
—Sí puedes —murmuró Brígida tirando de ella.
Cuando Margot dio unos pasos, dejó a la vista el charco de pis.
—Te has vuelto a mear.
—No.
—Sí.
—No.
—Margot, no puedes mearte cada vez que tienes miedo.
—No tengo miedo.
—Está bien. Regresa tú si quieres. Yo voy a seguir y a encontrar el tesoro.
Y Margot se quedó allí, en mitad del bosque, sintiendo como aquella espesura empezaba a estrecharse en su garganta hasta que estalló el grito y alguien, horas más tarde, vino en su busca.
Ya no volvió a adentrarse en el bosque. Aprendió a conformarse con lo pequeño, un pequeño árbol en el patio, una pequeña merienda, una habitación reducida, un trabajo sin importancia, una vida que no se deja respirar.
—"La casa del árbol desnudo" —repite evocando las palabras de Inés. Luego se quita la ropa lentamente y camina hacia el baño, contempla su rostro en el espejo, acaricia sus mejillas, tantea los huesos de sus pómulos y acto seguido se sube al peso.
La manecilla señala 38 kilos de dolor y hambre.