14
INÉS
Llueve con rabia y frío, como no ha llovido en mucho tiempo.
Y tiemblan las hojas de los fresnos y los pinos, sus cabelleras flotan en el aire que muerde su quietud de antaño, que se lleva la sed de sus raíces.
Ahora todo es líquido, el pensamiento de Inés fluye al mismo ritmo de las gotas que resbalan por el cristal con tanta rapidez, que antes de nacer ya se han devorado unas a otras.
Todo se precipita ahora. Todo aumenta de peso con esta lluvia que comienza a desbordar la mirada, que abre el vientre de las grietas en el piso de arriba, que ya intenta colarse por las ventanas de la habitación azul.
Inés apura de un trago su manzanilla y corre hacia la puerta trasera.
Siempre que llueve de forma desmesurada Boira comienza a ladrar, sin embargo en estos momentos no la escucha.
Solo hay silencio y dientes de lluvia llamando al cristal de las ventanas, tocando el pecho de la madera, haciendo que el río comience a vomitar el barro que llega de las montañas y que ha teñido de suciedad su superficie.
Sería una locura salir en estos momentos, abandonar la casa para ponerse a buscar a Boira.
Maldita perra, ¿dónde se habrá metido? Acaba de cumplir diecisiete años y ya no está para muchos trotes, se conforma con resistir tumbada sobre la tierra del camino o las baldosas, abrir la boca para emitir un ladrido que casi siempre llega ronco.
La buena de Boira. Inés está segura de que todavía echa de menos a su antigua dueña, la señora Josefa.
Fue lo único que tenía, aquella perra y la casa que le vendió por cuatro perras y que lindaba con sus propiedades.
Gracias a ello ha podido llevar a cabo el proyecto de edificar una pequeña casa rural en Campos de Gavín a la que no ha dudado en bautizar como: "La casa del árbol desnudo".
—No sé por qué le pones ese nombre. No me trae buenos recuerdos —le reprochó Brígida cuando se enteró de la noticia.
—Siempre hemos llamado así a esta casa.
—Hace años que tenías que haber arrancado ese maldito árbol.
—No digas tonterías, este sauce forma parte de nuestra historia —se defendió Inés.
—Solo es un viejo y maldito árbol que ya no sirve para nada.
Margot escuchaba discutir a sus hermanas sentada en una silla de la cocina, cerca de la ventana que daba al río.
A ella la casa del árbol desnudo le provocaba sentimientos encontrados, sin embargo había algo allí que la obligaba a permanecer unida a los ritos de su sangre, a todos esos rituales infantiles que había compartido con Brígida y los demás chicos del pueblo, cuando Campos de Gavín todavía era un lugar donde se respiraban risas y los niños atravesaban las calles a la velocidad de una luz enfermiza y los más mayores sacaban sus sillas de enea al empezar a refrescar y departían hasta altas horas de la madrugada, como si el tiempo no existiera, como si el río pudiese escuchar sus confidencias y seguir manteniendo el secreto.
Puede que se trate de eso, de los secretos que encierra la casa del árbol, de las cosas que le contaron y que ella misma pudo presenciar, de la violencia de la vida enterrando sus manos dulces bajo el manto último de la tierra.
“Vendrán las hormigas a devorarlo todo”, pensaba Margot al contemplar el fuego ascender por la boca de la chimenea. Las hormigas que nunca duermen, que siempre están ahí cuando nosotros cerramos la puerta de nuestras viejas casas y arrojamos la llave sobre un lecho de nieve y olvido.
Ninguna de las hermanas podría decir en qué momento aquel hermoso sauce de cabellera infinita se convirtió en un cadáver.
Es posible que hubiera podido contraer alguna enfermedad bacteriana, al menos eso sentenció el señor Andrés, uno de los pocos vecinos que quedaban en el pueblo cuando fue a la casa para darles el pésame.
—Esto es una Agalla de corona y no hay que darle más vueltas. Si queréis vengo mañana y lo arranco. Y a tomar viento fresco el sauce.
—No, muchas gracias, Andrés. Preferimos dejar el árbol así, ¿verdad chicas? —preguntó Inés a las gemelas.
Pero ni Brígida ni Margot despegaron sus labios.
El caso es que unos años antes de que ocurriera aquel accidente de coche que las dejó huérfanas, el sauce comenzó a languidecer, se le fueron muriendo las hojas una a una, en lenta agonía, hasta que una mañana Inés despertó y lo vio así, desnudo y solo, alzando los brazos de su dolor hacia un cielo inclemente.
—No pienso cambiarle el nombre y mucho menos deshacerme del sauce.
—Tú misma, pero te advierto que un árbol muerto en primera línea no es un buen reclamo.
—Hay muchas otras cosas que pueden apreciarse aquí.
—¿Las ruinas?
—La calma.
—Demasiada calma. Parece un pueblo fantasma, o mejor aún, el decorado de una película de terror.
—No sé qué bicho te ha picado hoy, Brígida. No estás diciendo más que tonterías y te advierto que ya he tomado mi decisión. La casa del árbol desnudo es mía y puedo hacer lo que me dé la gana.
—Claro que sí, pero luego no digas que no te he avisado.
Margot se mordió una uña antes de hablar y la escupió en dirección al fuego.
—Ya está bien, por favor. ¿Qué más da cómo se llame la casa? ¿Qué puede importarte a ti, Brígida si nunca la has querido?
—Estaba dando mi opinión —se defendió Brígida.
—Pues guárdatela para cuando te la pidan. No creo que a Inés le haga falta. Bastante tiene con...
Margot observó el vientre abultado de su hermana, la tela ajada de su vestido, su mano buscando aquella criatura dormida en mitad de su sangre.
—Dejémoslo así. Seguro que tienes muchos clientes, Inés. Y ya sabes que nosotras estamos aquí para echarte una mano en lo que necesites.
—Habla por ti, hermanita. Yo estoy a tope de curro en la tienda —intervino Brígida poniéndose en pie y alejándose de sus hermanas—. Deberías contratar a alguien. Es mucho trabajo para ti, sobre todo en tu estado.
—Me las apañaré.
La única reserva que tiene Inés es la de la psicóloga. Se la recomendó una vieja amiga, Amparo Satué. También ella solía visitar con su familia Campos de Gavín durante el verano. Hasta que la gente empezó a abandonar las casas y ya solo quedaron en pie los más viejos.
—Me moriré y mi vida no habrá servido miaja. Ni pude encontrar un buen hombre ni he tenido hijos. Solo he conocido este pueblo, sus bosques, el río, esos mosquitos como camiones que nunca me han dejado dormir, rejoder —le comentó una mañana de abril la señora Josefa.
—Tampoco se ha perdido nada, Josefa. El mundo de ahí afuera no es tan interesante. Es mucho mejor esto, créame.
—Tú estás loca, xiqueta. No sé por qué sigues viniendo a este pueblo fantasma donde solo quedan tres viejos y una perra. Aquí no puedes encontrar nada bueno, solo muertos y soledad.
—A lo mejor es precisamente lo que busco.
—Qué cosas se te pasan por la cabeza. Antes de morirme te dejaré mis tierras y mi casa y a esta perra del demonio que nunca sé dónde se mete... Boira, bonita, ven.
—Boira, bonita, ven —la llama Inés por toda la casa.
La lluvia se ha vuelto de una tozudez insoportable y a pesar de que no debería hacerlo, Inés se pone un chubasquero, se calza las botas de agua y sale al camino en busca de la perra.
Cuando ha dejado atrás el pueblo y se encuentra en el camino del río, cree distinguir una figura en mitad del puente de tablas. Parece que arrastra un bulto pesado.
Inés traga saliva, da unos pasos, vuelve a gritar.
—Boira, bonita, ven.
Y la perra pasa a su lado como una exhalación y corre hacia aquella desconocida sin dejar de ladrar.
El cielo vuelve a rugir y el puente se tambalea.
Bajo los pies de Palmira Durán el río empieza a engordar. Sus mil lenguas parecen buscarla. Hay un agujero en la madera y su tacón se hunde.
Boira incrementa la ferocidad de sus ladridos al tiempo que de la caravana sale una mujer desnuda que abre la boca y captura las gotas de lluvia.
Más ladridos.
El hombre que llega.
La mujer que desaparece de nuevo en el interior de la caravana.
—Boira, bonita, ven...