La casa del árbol desnudo 13
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brÍGIDA

En la oscuridad, un soplido sobre su rostro, el aliento a alcohol, luego una voz rota contra sus labios:

—Sh, no hables.

Y Brígida aguantando la respiración. Todo se detenía dentro de ella. Era como morir un poco, como si tuviese la obligación de dejar de existir para que aquello no le hiciera daño.

Aquello era su secreto y no se podía decir Sh.

Tabaco, alcohol y unos dedos que sortean las mantas y se cuelan dentro de su tibieza, que recorren su piel obligándola a separar los muslos.

—Soy el duende del bosque y busca guarecerme en la cueva

Aunque es posible que esas palabras no fueran ciertas. Es posible que no escuchara nada, solo el aire cercano, ese respirar que se acelera y pesa como el plomo.

(Sh)

Y Brígida se resistía y apretaba las piernas y pensaba en una cueva mágica por la que escapar.

Los cuentos que le leía su padre nunca hablaban de monstruos, solo de niñas felices que se perdían en el bosque pero que felizmente encontraban el camino de regreso.

Lo de la cueva fue después, años después, cuando cumplió los dieciocho y encontró aquel hueco en la montaña y de pronto todo aquel horror despertó dentro de ella.

Pero ahora hablamos de Brígida dentro del miedo.

Apretaba y apretaba las piernas y los puños hasta hacerse sangre. Sangre pequeña en su pequeña cama mientras Margot dormía plácidamente en la cama de al lado.

(Sh)

Y volvían los soplidos. Y regresaban las olitas de alcohol a chocar contra sus mejillas. Sudaba Brígida pero se negaba a temblar. Optó por permanecer rígida, como la piedra de la casa.

No recuerda si lo del sauce lo llegó a escuchar o fue una invención suya pero al día siguiente su padre les hizo una fotografía en el sauce y al colocar a Brígida le apretó el brazo con cierta complicidad.

El duende del sauce nunca se equivoca de niña aunque sean dos niñas idénticas.

—¿Tú quieres al duende del sauce?

(Sh)

Esa voz dentro del sueño, lejana.

El sauce era un ogro alcoholizado y unos dedos de plomo que se hundían en su carne. Cada noche, cada verano. Cómo odiaba al duende, al sauce y a la casa

¿En qué momento se le había ocurrido a Inés bautizar a la casa con los despojos del sauce?

¿Por qué no pueden dejar ese maldito árbol atrás?

Durante cada tormenta Brígida reza en silencio para que un rayo lo parta en dos.

No está segura de que Inés conozca la historia del duende del sauce.

Muchas veces estuvo a punto de contarle su secreto, cuando se cruzaba con ella en el pasillo, las pocas ocasiones en que estaban a solas.

Inés era su hermana mayor, era una isla que se escapaba, Brígida quería nadar hasta ella pero Inés siempre estaba lejos, demasiado lejos de su alcance.

A Margot quería dejarla al margen.

Margot tenía que tener su cueva a salvo, era mejor así. No hubiera podido soportarlo.