12
PALMIRA
Palmira Durán desciende del taxi, cierra los ojos un instante, arroja la cabeza hacia detrás y aspira el aire fresco de la tarde.
Mientras tanto, el hombre se ha dirigido hacia el maletero en busca del equipaje.
Lleva una camiseta blanca con rayas rojas y un pantalón vaquero de tiro bajo que, cuando se agacha, deja entrever la regata peluda de su trasero.
—¿Cree que va a poder con todo? ¿Quiere usted que se la lleve hasta la casa?
—No, no, muchas gracias. Cóbrese, por favor.
El taxista echa un vistazo al taxímetro y murmura la cantidad. Palmira Durán saca su cartera y le extiende unos billetes.
—No me devuelva. Quédese con el cambio.
El tipo observa los billetes, son nuevos y no presentan ninguna arruga. Parecen recién sacados del cajero. Se pregunta, recorriendo ahora la figura impecable de Palmira Durán, qué demonios se le habrá perdido a una mujer tan imponente en mitad de la nada.
—Entonces, que tenga una buena estancia —le dice el taxista subiéndose los pantalones.
—Muchas gracias.
—Y si quiere que la recoja, no tiene más que llamarme y aquí estaré—de inmediato se lleva la mano al bolsillo trasero de sus vaqueros y le tiende una tarjeta.
Palmira Durán no responde, se limita a esbozar una sonrisa a mitad de camino entre el fastidio y la pena.
En cuando el taxi arranca y desaparece entre la frondosidad de los árboles, Palmira Durán arruga la tarjeta y la deja caer sobre la tierra con descuido.
Después, abre su bolso, saca una toallita, se limpia las manos, vuelve a sacar otra toallita y se la pasa por el rostro; por último busca el espray desinfectante y se rocía las palmas.
El cielo parece haberse enfurecido de pronto, es ahora de color gris oscuro y amenaza tormenta.
Debe darse prisa si no quiere que le pille en mitad de ese puente de tablas que parece tan inestable.
De modo que se cuelga el neceser y el bolso al hombro e intenta hacer que las ruedas de la maleta se deslicen sobre aquella superficie hostil repleta de piedras y barro.
No tarda en escuchar los primeros truenos.
Se precipita la lluvia, gotas gordas que no conocen la compasión.