La casa del árbol desnudo 11
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brÍGIDA

Fue real que comieron hormigas achicharradas.

Tan real como el deseo de alejarse de aquella casa de infancia o sus manos cuando recorren la piel desnuda de Violeta, su novia, si es que se la puede llamar así. Todavía no es oficial. Solo llevan un par de meses saliendo pero Brígida siente que se ha enamorado.

Es un secreto.

(Otro más)

Nadie está al corriente de su relación.

Nadie significa la familia; Inés y Margot.

Salir del armario le da vergüenza. Tiene la sensación de que todo ese rollo de aceptar la sexualidad y proclamarla a los cuatro vientos no va con ella.

No se identifica con ninguna etiqueta.

Quiere pensar que ama a Violeta por ser ella, si fuese un hombre también lo querría aunque afortunadamente es una mujer.

(Deja escapar un suspiro y chasquea la lengua antes de prender un cigarro camino del coche)

Los hombres no le traen buenos recuerdos. Sus experiencias han sido desagradables, unos cuantos polvos que no le dejaron huella. Si busca bajo su piel no hay hombres, solo zarpas de lobo y alguna que otra cicatriz que de vez en cuando se pone a respirar.

Solo su sexo escocido, un miembro erecto que brilla en la oscuridad buscando su propia satisfacción.

Un hombre no le habla con la dulzura con la que le habla Violeta, ni tiene el tacto tan suave, ni sabe dónde está con exactitud el centro de su placer, ese botón de fuego que se inflama cuando la boca de Violeta comienza a moverse.

Fuego en la punta de su lengua también cuando cambian de postura y es Brígida quien le da placer.

Entonces recuerda a las hormigas que Margot y ella quemaban en las escaleras de la casa con el zipo que le habían robado a su padre de la mesilla de noche.

Hormigas rojas y gordas que emergían de las grietas del cemento y que caminaban con gran ceremonia bajo sus piernas desnudas.

Las gemelas apostaban quién de las dos sería capaz de hacerlo.

En un principio Margot se envalentonaba pero cuando cogía el mechero y la llama brillaba ante sus ojos comenzaba a sentir miedo y las lágrimas no dejaban de rodar por sus mejillas.

Sentía lástima por las hormigas, aún antes de achicharrarlas ya las imaginaba agonizando, como si el fuego fuese a inclinarse hacia ella también para devorarlas a todas en un mismo soplido.

Sin mediar palabra Brígida le arrebataba el zipo y se afanaba en la matanza. Luego con las hormigas achicharradas sobre el suelo se giraba hacia su hermana para decirle:

—A veces hay que hacer daño antes de que te lo hagan a ti.

Las hormigas sabían a quicos y crujían entre sus dientes. Margot se las llevaba a la boca con asco y las escupía enseguida pero como Brígida se burlaba de ella acababa tragándoselas todas.

Tragaba y tragaba con los ojos cerrados, con aquel manantial de lágrimas incontrolables que anegaban sus mejillas.

Tragaba hasta que no quedaba ni una sola y podía marcharse corriendo a la casa dejando a Brígida allí, sola y satisfecha, encendiendo y apagando el zipo de su padre con ganas de quemarlo todo.

Ese era su segundo secreto, quemar la casa del árbol desnudo.

Un secreto es igual a un silencio de fuego en la garganta.

Y le abre la puerta del coche a Margot y suben y se alejan de la casa y vuelve a fumar con la mirada fija en el horizonte, un puñado de nubes negras que se ensanchan.

—Tengo que parar un momento en la tienda, ¿te importa?

Margot no contesta. Se arrellana en el asiento y piensa en el vacío de Inés dentro de sus entrañas, cómo será llevar día tras día el peso azul de la muerte.