La casa del árbol desnudo 10
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MARGOT

A Margot no le gustan los genitales masculinos.

Tuvo un novio que la obligaba a verlo mientras se masturbaba.

Era un tío de aspecto tosco, alto y fuerte, con la carne prieta, los muslos muy duros porque jugaba al fútbol, el culo chato, metido hacia adentro y una barriga en punta que anunciaba un futuro más amplio, como si estuviese gestando la semilla de una sandía en su interior.

Se llamaba Robert y era ferroviario, conductor de trenes de corta distancia, del regional que comunicaba Zaragoza con Huesca.

Siempre usaba colonia barata y sudaba mucho, pero su sudor se llegaba a fundir con aquel perfume dulzón de su fragancia y por eso nunca olía mal.

A sus glándulas sudoríficas no les daba tiempo a mostrar su esplendor.

Nunca supo en realidad a qué olía aquel hombre, si cuando se levantaba de la cama ya lo hacía así, rodeado de ese halo invisible de varón dandy, una elección antigua para un hombre que todavía era joven y salvaje.

—Toca, palomita, tócame el culo y verás. Seguro que si me tiras una pelota, rebota. ¿A qué estoy bueno?

Robert hablaba buscando los espejos y hacía poses que había visto ejecutar a otros en las películas o en los anuncios publicitarios.

Sin embargo Robert no estaba bueno en absoluto, era un hombre peludo que estaba empezando a quedarse calvo y tenía los dientes menudos y negros, como los de una rata.

Lo que sí hacía bien era besar y podría decirse que follaba satisfactoriamente, como si fuese el profesor de un taller acelerado del Kamasutra.

Le gustaba practicar todas las posturas y siempre le preguntaba a Margot cuál era su preferida, si le gustaba tal o cual manera de penetración o si por el contrario quería limitarse a realizar el acto de forma clásica, arriba, abajo o llevando a cabo la cucharita.

Margot permanecía en su mutismo. Se dejaba hacer dependiendo del día y lograba alcanzar algún que otro orgasmo. Sus orgasmos con Robert eran verdaderos. Nunca más tuvo aquella sensación tan placentera, con ningún otro hombre.

Mantuvo aquella relación en secreto hasta que su gemela Brígida se percató de que algo estaba ocurriendo.

—Estás rara. Un poco más feliz.

—Vaya, gracias. Será que llega la primavera —se excusaba Margot.

—No, eso no tiene nada que ver. Tú estás saliendo con alguien.

—Qué tontería.

—A mí no me la pegas, hermanita. Estás enamorada.

—Qué va.

—Pues enchochada.

—Deja de decir tonterías.

—Se te nota en la mirada y en las mejillas. Las tienes más sonrosadas. De niña solo te ponías así cuando algo te gustaba mucho, como comer chocolate o quemar a las hormigas.

—No digas eso. Yo no he hecho jamás semejante barbaridad.

—Ya lo creo que sí. Y yo te ayudaba y después nos las comíamos juntas, sentadas en las escaleras de la casa del árbol desnudo, mientras mamá tarareaba una canción y papá intentaba leer un libro sin conseguirlo porque tenía que correr hacia mamá porque se escapaba buscando el río.

—Te lo estás inventando.

—No, eso fue real.

—Los recuerdos nunca son reales, se reinventan constantemente porque nunca estamos del todo seguros de lo que nos pasó y no nos gusta acordarnos de las cosas feas.

—Yo sí me acuerdo. Eres tú la que intenta olvidarlos.

Margot giraba el rostro y buscaba entre sus recuerdos aquella imagen de ella y Brígida achicharrando a las hormigas, pero nunca la encontraba, en cambio si llegaba a su mente la imagen de su madre precipitándose hacia el río.

Tampoco Olga Castán sabía nadar y su padre tenía que luchar encarecidamente con ella para que regresara a casa y se olvidara de su obsesión por emular a Ofelia.

La primera vez que escuchó el nombre de Ofelia fue en boca de su hermana Inés.

—Parece una Ofelia —susurró un día—. Cualquier día la encontraremos flotando panza arriba en el río y nos parecerá una extraña, una pobre loca que al fin, se ha salvado.

Margot se acercó a ella y le escupió:

—¡Mamá no está loca!

—Mi pequeña Margot, eres demasiado inocente aún para comprender algunas cosas. Pero mucho me temo que ninguna de nosotras va a tener un buen recuerdo de Ofelia.

—Nuestra madre se llama Olga.

—Como quieras.

E Inés se retiraba al interior de la casa para seguir leyendo y comer cerezas sin que nadie la molestara.

A veces se metía un puñado grande de cerezas en la boca y las masticaba con fruición hasta hacer jugo y al cabo, dejaba escapar un hilo por la comisura de los labios y simulaba convulsiones y caía teatralmente al suelo, reptando por la alfombra, intentando alcanzar el aparador, la puerta, la silla donde su ropa de los domingos descansaba.

Le gustaba fingir que se suicidaba, emular a su madre cuando la encontraron aquella mañana tendida en la cocina bañada en un charco de sangre.

Había intentado cortarse las venas pero su padre logró impedirlo a tiempo.

Quién sabe si su madre no puso en práctica el mismo golpe de efecto que acababa de hacer ella, quién sabe si no fue a la alacena, abrió la puerta, descorrió las cortinas de hilo y acarició el cesto de mimbre donde descansaban las cerezas para preparar zumo de sangre frutal e inyectarlo después en sus venas.

La realidad se confunde en su cabeza. En todas las cabezas de las mujeres de su familia.

Por ese motivo Margot no recordaba haber achicharrado a las hormigas, ni tampoco haber maltratado a su gata Sofía. La memoria es selectiva, nos aparta del dolor y del sufrimiento, nos convierte en ángeles a pesar de que los demonios nos suelen visitar con cierta frecuencia.

No, Margot nunca ha comido hormigas. Nunca ha maltratado a un animal. Nunca se ha enamorado de ningún hombre con vello en la espalda y en los hombros y ha tenido su primer orgasmo dentro de su boca.

—Prefiero que me comas el coño —se atrevió a decirle a Robert una noche.

Eso sí lo recuerda. Su cabeza entre sus piernas, su lengua moviéndose hacia un lado y hacia otro, sus manos aferrando su escasa cabellera, el sudor de los dos, el perfume agrio de su sexo, la saliva cálida del ferroviario, la habitación hostil de aquel hotel de carretera.

—¿Me vas a decir de quién se trata o voy a tener que sacártelo a la fuerza? —le apremió Brígida.

—Vete a la mierda.

—¡Margot tiene novio! —empezó a corear su gemela—. ¡Margot tiene novio! ¡Margot tiene novio!

—¡Que te calles de una vez! —bramó tapándose con fuerzas las orejas.

Le molesta esa conexión espiritual con Brígida, el hecho de haber nacido pegadas a la misma placenta, sus gestos iguales, sus toses iguales, su cabello, la forma de mover las manos.

Son dos gotas de agua exceptuando su personalidad.

Brígida no le tiene miedo al mundo. Y Margot no sabe vivir dentro de él.

Cuando todo acabó entre el ferroviario y ella, se lo confesó a su hermana.

—Se llama Albert, está casado. Tiene dos hijos. Somos amantes. Bueno, ya no. Ya no somos nada porque hemos terminado.

Brígida la miró complacida, se recostó sobre la silla y chasqueó la lengua.

—No hace falta que me lo cuentes. Conozco todos los detalles.

—¿Me espías?

Brígida entrecerró los ojos, esbozó una sonrisa misteriosa y contestó:

—Tengo poderes. Soy una bruja. Y si yo soy bruja, tú también. Ahora solo hay que adivinar quién es la bruja mala y quién es la bruja buena.

A Margot no le gusta que los hombres se masturben delante de ella, se bajen los pantalones y toqueteen su sexo mientras arquean la espalda y abren sus bocas para proferir el alarido de una bestia.

Pero aquel hombre de la caravana no gritó.

Aquel extraño la miró un instante y después le enseñó lo que escondía bajo su bañador azul.

Su hermana no se percató de su presencia.

¿Cómo era posible que solo ella lo hubiese visto?

No está loca. La caravana está allí. Y la mujer que se puso a morder una manzana plácidamente sentada en una hamaca, también.

Margot se dirige al baño, abre el grifo del lavabo e introduce su rostro bajo el chorro del agua fría.

—Pobre Inés —piensa escupiendo el agua entre sus labios—.

De pronto se incorpora y se lleva una mano al vientre.

En el espejo contempla su cuerpo arqueado y no siente nada.

Pobre Inés, repite. Aunque el rostro que viene a su mente es el de Brígida.