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INÉS
Cuando fallecieron sus padres en aquel accidente de coche, Inés tenía veinticinco años recién cumplidos y estudiaba oposiciones para magisterio.
Había ejercido de maestra interina en un pueblecito de Teruel durante una larga temporada y estaba a punto de presentarse al examen cuando ocurrió la tragedia y se vio obligada a posponer todos sus planes.
Las gemelas todavía eran jóvenes, tenían la cabeza llena de pájaros.
Brígida coqueteaba con el deporte de riesgo, con todo aquello que pudiera suministrarle una buena dosis de adrenalina (montañismo, escalada, rafting, vía ferrata, descenso en rápel, barranquismo, enduro...) y Margot todavía no tenía claro su futuro y se pasaba los días descartando una carreta tras otra hasta que decidió que estudiaría formación profesional, el módulo de auxiliar administrativo.
Para ellas el golpe no fue tan duro porque tenían a su hermana mayor y delegaron en su persona toda la carga, incluso el duelo.
En contadas ocasiones Inés las vio llorar.
Cuando recibieron la noticia se limitaron a entrelazar sus manos y mirarse a los ojos durante largo rato, como si estuvieran visualizando el horror, como si mentalmente pudieran hacer volver hacia atrás las manillas del tiempo.
Amaban a sus padres pero de forma correcta, sin excesos.
Se limitaban a aceptar las atenciones de su padre y a recibir alguna caricia de su madre que poco a poco iba perdiendo la noción de la realidad y se olvidaba incluso de que aquellas criaturas idénticas eran hijas suyas.
Había días en que Olga Castán se levantaba de la cama como si fuese una niña de seis años y jugaba en su habitación dando brincos, abriendo armarios y alacenas para rescatar del olvido a sus viejas muñecas.
Y si por casualidad se cruzaba con las gemelas, se ponía a gritar escupiendo el nombre de su madre, Dolores, cuya memoria siempre estuvo sepultada en esa casa.
Dolores era una mujer pequeña y gorda, con un lunar gigante justo en el borde de su labio superior.
Se había dejado crecer el bigote y siempre llevaba vestidos negros y, debajo, un viso gastado por las lavadas de color azul marino.
Nunca quiso a nadie, ni a su marido Alfredo ni a su hija Olga.
Era una de esas mujeres entregadas al qué dirán y los rezos.
No había nada que doña Dolores no hubiese confesado a su párroco, cada detalle de su vida anodina, sus momentos de intimidad con su esposo, su apatía por el sexo, su deseo callado de querer dormir sola, en la habitación de la costura, el pesar que le causaba tener que soportar los ardores de su marido.
En cuanto a su papel de madre, el padre Antón poco sabía de aquella chiquilla despeinada de vestiditos blancos y sucios que correteaba por las calles como alma que lleva el diablo, que apenas hablaba con la gente porque iba a la suya, dentro de un mundo imaginario, eso sí se lo confesó al párroco.
—Mi hija tiene fantasmas en su cabeza. Un mundo que yo no puedo ni quiero comprender.
—¿A qué se refiere, señora Dolores?
—A que no es una niña normal. No sé cómo explicárselo, padre, no es como yo.
No es formal, no le gusta la limpieza ni el orden, no es obediente; le gusta caminar descalza por la casa y se sube a los árboles y habla con ellos en no sé qué idioma inventado.
¿Y si estuviese endemoniada? Rezo para que mi hija tenga dentro al mismísimo diablo y se lo podamos sacar.
Eso me confortaría más que fuese una simple loca.
—¿Por qué loca?
—Porque habla sola y bebe té imaginario.
Dice que sus mejores amigos son un gato y una ardilla que excava constantemente en la tierra de mis rosales y que el día que la pille la voy a despellejar viva.
En cuanto al gato, a ese también se la tengo jurada porque se mea en mis petunias.
¿Qué he hecho yo para que Dios me castigue con una hija así?
—Calma, doña Dolores. Ya se le pasará. Son fantasías de niña.
—¿Y qué me dice del demonio?
—No hay motivos para pensar en eso.
—Yo rezo para que se le meta el demonio en el cuerpo y así yo poder ser de utilidad.
—¿Y de qué forma podría serlo?
—Guiándola con mis oraciones, sacándoselo con mis propias manos, matándola si es preciso para que encuentre la paz.
Don Antón le tenía miedo a la desmesurada fe de doña Dolores y muchas veces pensaba que, más que ir a la iglesia a rezar, lo que doña Dolores quería era cometer un acto de depravación cristiana para verse las caras con el mismísimo diablo.
No estaríamos muy lejos de la verdad si afirmásemos que la primera loca de la casa del árbol desnudo fue Doña Dolores Fuentes Gavín.
No tuvieron problemas a la hora de resolver el testamento porque sus padres lo habían dejado todo muy bien atado.
Llegaron las tres hermanas a la notaría de la Plaza de Navarra en Huesca y allí las atendió una mujer muy sonriente que soplaba su flequillo cada vez que realizaba una fotocopia.
Tuvieron que esperar en una pequeña sala de color beige, junto un hombre grueso que ocupaba dos asientos y se limpiaba el sudor con un pañuelo de rayas azules que llevaba bordadas unas iniciales en las esquinas.
Tenía la cara ancha y sus facciones eran indeterminadas, como si con el paso de las horas su nariz, sus ojos, su boca, se fueran deshaciendo hasta formar una gran torta lunar donde cualquier cosa era posible menos la determinación de un rostro.
El hombre se disculpaba a cada rato por el sudor que emanaba de su cuerpo y lo hacía de forma neutra, sin dibujar ningún gesto, igual que un mantra que repite de forma automática y que está condenado a perpetuar durante el resto de su vida.
Pedir disculpas por estar gordo conmovió a Inés de la forma más tonta.
No estaba nerviosa por su cita con el notario.
Conocía el valor de sus inmuebles, el hogar familiar de Huesca, las tierras del pueblo, la casa del árbol desnudo, fondos de inversión, varios locales, pisos de alquiler.
Estaban cubiertas y además las gemelas tenían derecho a una pensión por orfandad.
El asunto económico no le angustiaba. Lo que la tenía completamente alterada era el modo en que iba a tener que manejar todos aquellos inmuebles.
Su antigua vida se acababa de romper y en su lugar surgía una vida nueva repleta de gestiones, noches sin dormir, idas y venidas al banco, a la gestoría, a la oficina de hacienda.
Había pasado de ser una joven despreocupada pendiente tan solo de sus pensamientos más íntimos a cargar a su espalda la responsabilidad de un adulto que no sabe lo que significa crecer en el compromiso.
La mujer sonriente que hacía las fotocopias las pasó a buscar a la sala y las gemelas despegaron el culo de su asiento de forma sincronizada. Inés se demoró un instante y se despidió del hombre grueso que sudaba.
El despacho del notario era grande. Tenía tres ventanas que daban a la plaza y, cerca de las estanterías, plantas de plástico que simulaban respirar.
Para sorpresa de Inés el notario resultó ser una mujer llamada M.ª Teresa Arguis, rubia, de piernas largas, alrededor de cincuenta años, manos largas y huesudas, elegante, que desprendía un ligero olor a rosas dulces y empanadilla de atún.
Había una pelota arrugada de papel de plata y migas sobre la mesa de su despacho y pegado al carmín de color rosa pálido de su labio inferior podían apreciarse pequeños restos de comida.
Les tendió la mano a las tres y las invitó a sentarse.
Abrieron el testamento y la notaría dejó constancia de sus bienes.
El asombro llegó cuando doña M.ª Teresa Arguis comenzó a ejecutar el reparto: El dinero en metálico era para las tres, también los pisos de alquiler, las tierras, los fondos de inversión, y los locales, pero mientras que a las gemelas le habían dejado a título personal el piso que hasta entonces había sido su hogar, a Inés le correspondía la casa del árbol desnudo en aquel pueblo en ruinas llamado Campos de Gavín.
Ahí fue cuando empezó todo, al llegar a casa, de noche, mientras las gemelas dormían en la habitación de al lado y la luna empezaba a engordar tras el cristal.
Fue entonces cuando Inés alumbró el deseo de hurgar en su carne por primera vez.