La casa del árbol desnudo 8
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PALMIRA

Somos cebollas andantes, piensa la psicóloga Palmira Durán, animales con máscaras que danzan día y noche alrededor de la mentira. Ella misma sabe que esconde muchos huecos de color azuloscurocasinegro, como en ese poema que escuchó recitar hacía unos días en un local del centro de Madrid.

Palmira Durán hace poco tiempo que frecuenta los círculos literarios pero ya se ha dado cuenta de cómo funciona el asunto, de qué tipo de ejemplares está compuesta la fauna de las letras.

Poetas, narradores, ensayistas, actores que pintan y escriben, profesores de universidad con ínfulas de premio nobel, universitarios que ambicionan que su primer libro sea un éxito de ventas y tener una cuenta en Twitter millonaria.

Escribir.

Quizá alguien debería de escribir lo que no existe.

—Desde luego, Palmira, sales de Guatemala y te metes en Guatepeor. Lo tuyo es de juzgado de guardia —le dijo Celia Galán al enterarse de los nuevos planes de la psicóloga.

—Es que tengo demasiado ruido dentro, intentos de suicidio, traumas, delirios... Necesito un poco de aire puro y tiempo para mí, ¿entiendes?

—Claro que sí. Pero, ¿en serio vas a abandonarnos? Eres una excelente psicóloga.

—Encontrarás sustituta.

—Sí, pero no será tan buena, eso seguro.

—Quiero probar suerte en la literatura.

—¿No me digas que era tu sueño de infancia?

—No, yo no he soñado nunca con ese tipo de cosas. Es más bien un impulso, un grito interior.

—Entonces, adelante. Yo seguiré aquí, al pie del cañón, aguantando los traumas, la incapacidad de ver la luz y el sentido de culpa.

La psicóloga introduce los últimos enseres en la maleta y se sienta a los pies de la cama.

De pronto recuerda a Miguel Satué, aquel asistente social con el que salió hace tiempo.

Recuerda sus pechos bajo la camisa, su boca ancha, la primera vez que hicieron el amor en un hotel de las afueras.

Recuerda cómo fue besar el rostro de aquel hombre que aún era mujer y que tenía un vello afilado alrededor de sus mejillas.

Recuerda que nunca antes se había acostado con una mujer.

Recuerda que tiempo después, el asistente social llevó a cabo su ansiada operación de cambio de sexo y regresaron al hotel, a la misma habitación, al mismo perfume a miedo y miel de acacias.

—Señora, el taxi ya está aquí —le informa la cubana Amarilys irrumpiendo en la habitación.

—Dame un minuto.

Palmira Durán se incorpora, avanza hacia el baño, se mira al espejo y le saca la lengua a la mujer que muestra su reflejo en la superficie.

—Aquí te quedas, Palmira Durán.

Antes de acomodarse en el taxi, extrae una toallita del bolso y limpia la tapicería de cuero, al cabo la guarda cuidadosamente en una bolsa. No tarda en sacar otra y pasarla por su rostro. Para finalizar, abre el espray desinfectante y se rocía las manos.

El taxista, desde el retrovisor, la mira con gesto de fastidio. Y aunque no despega sus labios, su pensamiento bien podría ser el siguiente:

—Ya me ha tocao la rarita.