7
brÍGIDA
Un fantasma no muere nunca. Se queda atascado en la garganta.
Toses y toses y no se va. Te metes los dedos y no se va.
Te metes las pollas y no se va, piensa Brígida sin dejar de mirar a Margot.
Por eso ahora ella ha cambiado de bando.
Ha decidido salir del armario y respirar.
Acepta su condición de lesbiana pero solo cuando está con Violeta y con sus amigas.
En familia no se atreve. Delante de sus hermanas solo es un perro que gruñe, incesantemente.
Y lo peor de todo es que no sabe por qué, de dónde le viene esa antipatía tan feroz de la que no puede librarse.
Margot da un paso en el puente de tablas. Está indecisa. Le tiemblan las piernas y en sus ojos hay el mismo miedo de siempre.
Esta vez no piensa ir a salvarla.
Prende un cigarrillo y se adentra en el puente, adelanta a Margot, levanta su dedo corazón en claro mensaje.
Es difícil librarse de la rabia. La rabia te domina, te convierte en esclava.
A veces piensa que tiene doble personalidad. En La casa del árbol desnudo es Brígida la impaciente, la tocapelotas, la mujer altiva incapaz de ponerse en la piel del prójimo.
Eres una puta egoísta, le escupió un día Inés.
Qué sabrá ella que siempre ha sido una isla dentro de la familia, la hermana mayor ajena a todo, sin lazos ni ese sentimiento de amor incondicional con el que nacieron Margot y ella.
Las gemelas del mismo óvulo, ellas solas frente al mundo, teniendo que darle batalla a lo oscuro, a esos capítulos más grises con el que la vida te va obsequiando a medida que te haces mayor.
Margot nunca será mayor, sentencia dándole una chupada a su cigarro.
Ya ha llegado al otro lado del puente y espera apoyada en un árbol.
No, no piensa acudir en su ayuda.
Tampoco puede salvar al hijo de su hermana Inés. Le gustaría seguir su camino sin ellas.
Esfumarse un día igual que se esfuma el humo o los animales del bosque cuando escuchan sus pisadas.
La familia a veces es una condena. Ellas están condenadas a no entenderse. Poseen una música distinta en sus almas.
¿A quién se le ocurre quedarse preñada a los cuarenta y cuatro?
Nada bueno podía salir de ahí, del tiempo lamiendo las paredes de un ovario y de una mujer sola.
Tampoco cree que sea una buena idea convertir la casa familiar en un hotel rural.
¿Qué encanto puede tener un pueblo como Campos de Gavin?
En cuanto Brígida pone un pie en la casa parece que los demonios se apoderaran de ella y está deseando marcharse. Le pica el cuerpo, los nervios, los fantasmas que aún siguen pegados al aire de cada habitación. Todo se pone a joder dentro de su sangre y el mal humor de Brígida se dispara.
Si aguanta es por Margot.
Margot que da un paso y otro y retrocede un paso y otro. Margot que se agarra a las cuerdas del puente, que mira hacia abajo y contempla el agua correr y se imagina allí, enterradita por ese manto de plomo sin color y peces.
Margot y ella son igual que el río. Una gota y otra gota idéntica.
Tan parecidas por fuera como distintas por dentro. Aunque al principio no fue así. Al menos eso dicen.
Las dos eran unas niñas buenas y apacibles, algo tímidas, rechonchas, con un trozo de pan siempre en la boca y la baba colgando del mentón.
Dice su padre que llegaron al mundo agarradas de la mano y que cuando su madre se las puso en el pecho, las dos comenzaron a exprimir sus pezones completamente sincronizados; Brígida el izquierdo, Margot el derecho.
Chupa que te chupa hasta que empezaron a saborear la sangre y su madre se resistía y las apartaba y se quejaba y decía:
—Quitádmelas de encima que me van a matar.
Y ellas con sus boquitas llenas de leche, con la leche brotando de sus comisuras, con la sangre tiñendo sus labios pequeños, sus lenguas pequeñas que zigzagueaban en el aire como lagartijas satisfechas.
Y así fue durante mucho tiempo.
(Dicen)
Dos niñas buenas, unidas, engordando en el amor.
Hasta que un día sucedió aquello. Brígida tenía 5 años.
No se podía decir porque era un secreto.
Es el secreto
(Sh)
En realidad se trataba de un secreto que va creciendo, como el apetito de los fantasmas.
Fue entonces cuando Brígida empezó a cambiar y se volvió distante, arisca y desconfiada.
Y Margot se quedó sola con su inocencia y una cicatriz nueva en su piel, como si acabaran de arrancarle un pedazo.
Primero se separaron sus almas y después sus vidas.
Brígida abrió la boca para comerse el mundo y en cambio el mundo comenzó a engullir despacio a Margot.
Todo parecía empeñado en devolverla a esa oscuridad donde la vida aún no existe.
La familia, la casa, el río…
¿Cuándo será capaz Margot de cruzar sola el puente de tablas?
Le da una calada honda al cigarro, masculla un taco, arroja la colilla al agua. Después regresa al puente y en un par de zancadas alcanza a Margot.
Toma su mano y siente cómo tiembla.
Aprieta fuerte su palma.
Avanzan.