La casa del árbol desnudo 6
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INÉS

Inés se arrepiente de haber tirado a la basura el violín de su padre y aquel acordeón cuyo origen era un misterio.

Lo hizo dejándose llevar por un arrebato.

Le pareció que ya no tenía sentido mantenerlos en el baúl, que la casa se estaba llenando de trastos inútiles y que había llegado el momento de poner un poco de orden.

Así que con decisión y sin permitir que la nostalgia cegara su propósito cogió los instrumentos, los metió en una bolsa y los arrojó al contenedor, de noche, como si estuviera deshaciéndose de dos cadáveres.

Recuerda que el violín solo lo tocaba su padre Gonzalo, que sonaba con una tristeza desafinada porque apenas sabía arrancarle unas notas que más bien parecían los gritos de una pobre desgraciada.

Eso pensaba Inés, que dentro de aquel violín había una mujer atormentada que de noche abría el vientre de la madera, se liberaba de las cuerdas y caminaba de puntillas hacia la habitación de sus padres para trepar con delicadeza por el cabello de su madre y después introducirse en su oído, como uno de esos insectos que colonizan los conductos de sus semejantes para depositar allí sus huevos.

Inés estaba convencida de que la locura de su madre empezó ahí, en esas primeras notas del violín, en las tardes de lluvia cuando Gonzalo, desnudaba el instrumento, alzaba los ojos hacia el techo, lo colocaba sobre su hombro e iba rasgando sus cuerdas con una lentitud exasperante.

Nadie le dijo con sinceridad lo que pensaba, que aquello no era música sino una tortura, que todos en la casa estaban deseando que terminara la sesión para poder escuchar la lluvia caer, su monotonía dulce besando la espalda del cristal.

En cambio la cosa tomaba otro cariz cuando Gonzalo sacaba el acordeón que su bisabuelo se había encontrado abandonado en el frente republicano cuando luchó en la guerra civil.

A los niños les gustaba tocarlo, estirar aquel extraño gusano de piel y marfil que nunca se estaba quieto en el aire y que sonaba como una bocina en pleno resfriado, como un señor gordo que tiene la garganta irritada y busca una pastilla para la tos sin llegar nunca a encontrarla.

¿Por qué demonios se habría deshecho de ellos? ¿En qué estaría pensando Inés cuando le dio por hacer limpieza del trastero?

El violín no le importaba tanto como el acordeón. Las gemelas se peleaban por él, pero al poco se aburrían y dejaban a Inés el campo libre.

Cuando cumplió los doce años entró en el conservatorio de música llevando una pequeña maleta con el acordeón en su interior, pero el profesor miró aquel viejo instrumento y le dijo:

—Querida niña, imagino que le tienes cariño, pero este acordeón no sirve. Está muerto.

Fue la primera vez que pensó en la muerte, que llevó consigo un cadáver.

Ahora su vientre también es como aquella maleta y sostiene en su interior el vacío, la no voz, la ausencia de ritmo sentimental.

La cuna ya está desmontada y sus hermanas se han encargado de guardarla en el desván.

Es curioso cómo la gente se empeña en vaciar y llenar constantemente los armarios de objetos inútiles, piensa Inés.

Nos cuesta desprendernos del dolor, de los capítulos felices o de ese sueño que se rompió entre las manos antes de que llegara a nacer.

Ocultamos en lo oscuro la infancia, los álbumes de fotografías, la ropa que se nos va quedando pequeña, la pequeña muerte de lo cotidiano.

—No la tires por si acaso —le dijo su hermana Brígida.

—No creo que la vuelva a necesitar.

—Hazme caso.

—Está bien, pero métela al fondo para que no pueda verla.

Se pregunta cuáles son los motivos que llevan a una psicóloga de la gran ciudad a alquilar una habitación en un pueblo que hasta hace unos años no existía en el mapa.

—Será mejor que nos vayamos —dice Margot—. El cielo está cubierto y las tormentas aquí son muy puñeteras.

—Le tienes miedo a todo, al puente de tablas, al río, a la tormenta...

—No quiero que nos quedemos atrapadas aquí, eso es todo. Tengo cosas que hacer en casa.

—No mientas. En casa no te espera más que una gata que está para el arrastre.

—Por eso mismo. Me necesita.

Brígida da un último sorbo a su café y coge una pasta del plato.

—En fin, ya que tu hermanita no sabe conducir tendremos que irnos —habla con la boca llena, soltando pequeños restos de galleta mezclada con su saliva—. Odio hacer de chófer —rezonga al rato cogiendo la mochila y colgándola sobre su hombro.

—Deberías decidirte a sacarte el carnet —la anima Inés.

—No, ya sabes que no puedo.

—Dice que cada vez que se piensa conduciendo cree que va a acabar igual que nuestros padres.

—Eso no tiene por qué ser así. Aquello fue un accidente.

—Pero ella cree que es gafe.

—Ya está bien. Deja de hablar por mí. Vámonos por favor. Está empezando a llover fuerte y el río...

—Sí, ya sé. El maldito río que un día se levantará de su tumba de agua para comerte. Vamos, no me jodas, Margot pareces una niña.

Cuando atraviesan el puente de tablas, Margot vuelve a ver a aquel hombre de la caravana.

Lleva un pantalón corto y su torso está desnudo.

Fuma en la puerta, mirando con gran placer la lluvia.

Tiene el tatuaje de un pájaro en el pecho, cerca de una de sus tetas, no sabría decir cuál.

Margot cruza corriendo los matorrales y el hombre emite un silbido.

Antes de alejarse, puede ver que el tipo se baja los pantalones y agita su sexo en el aire.

El rostro de Margot se descompone. Por un momento se queda paralizada en mitad del camino, como si acabara de convertirse en piedra.

—¿Se puede saber qué te pasa? ¿Por qué coño te paras ahora? ¿Has visto un fantasma o qué?