5
PALMIRA
Sobre la cama hay un montón de ropa esparcida.
Perfectamente doblada, con un pequeño cartel encima de cada prenda que indica el modo de mantenerla a salvo del tiempo, las malas lavadas y el exceso de plancha.
Claro que de eso suele encargarse Amarilys, una cubana de sesenta años, con el culo gordo y respingón, negra como un grano de café y con los dientes tan blancos como un rosario de perlas submarinas.
Palmira Durán contempla la maleta vacía, después regresa su atención a la ropa.
En su mente empieza a unir aquella indumentaria como quien une ingredientes y los arroja a una cazuela para preparar un guiso.
Los pantalones beige con la blusa blanca, la falda azul con la camiseta blanca, el vestido rosa con la chaqueta...
¿Acaso va a necesitar un vestido de cóctel en un pueblecito perdido del Pirineo?
¿Dónde cree que va? Y lo más importante, ¿qué demonios se le ha perdido a ella en un sitio así?
Las dudas no dejan de asaltarla.
Tiene que recordarse a cada rato que lo deja todo durante unas semanas para escribir un libro.
Hay historias dando vueltas en su cabeza del mismo modo que las distintas prendas se ponen en su imaginación a caminar de nuevo hacia el armario y volver a repetir en lo oscuro el sueño de la vida.
Si fuese tan fácil escribir como elaborar un diagnóstico, si todo se arreglara dentro de un libro siguiendo las huellas de una obsesión o comprendiendo su perfil psicológico…
Pero la literatura es otra cosa. No está segura de si va a ser capaz de hacerlo pero al menos quiere darse una oportunidad.
Con cuidado, comienza a introducir la ropa en la maleta. Justo en ese instante, la negra Amarilys llama a la puerta de su dormitorio.
—¿Quiere que le ayude?
—No gracias, Amarilys, yo me encargo.
—Y coja ropa de abrigo que en el bosque uno se queda como un cubito de hielo y mire que usté es muy delicá, mija.
—No te preocupes, es lo primero que he metido en la maleta.
—Y relájese. No se me ponga en modo ciudad.
Palmira Durán asiente con la cabeza.
—Y a vel si escribe algo romántico y se hace famosa y luego puedo yo salir por la tele y hablal y que me vea toda mi familia en Cuba.
—La literatura no hace famosa a la gente.
—¿Cómo así? Pues no más fíjese en la autora del Harry Potter ese. Es más rica que la mismísima reina de Inglaterra. Pues usté igual.
Amarilys se acerca a ella y la envuelve con sus brazos. Suda la cubana y huele a flores de ninguna parte. Palmira Durán se tensa. Cuando Amarilys se separa, la psicóloga esboza una sonrisa forzada.
—La negra se ocupará de todo en su ausencia. Usté a escribil, mija.
Una vez a solas, Palmira Durán abre el cajón de su mesilla, saca un paquete de toallitas higiénicas, se pasa una toallita por el rostro y la arroja a la papelera, luego coge otra y se limpia las manos, de inmediato toma una nueva toallita e intenta limpiar la piel del contacto de Amarilys.
Finalmente busca el espray desinfectante y se rocía las manos.
Pasa un tiempo hasta que se decide a terminar de preparar la maleta.
No está muy convencida de que marcharse a una casa ajena sea una buena idea.
Al menos, la dueña le pareció agradable.
Tenía la voz ronca y hablaba despacio, como si el tiempo no fuese con ella.
Le dijo que ya estaba preparando su nuevo hogar, la habitación azul.
—Es la más luminosa de la casa. Con grandes ventanales y vistas al río. Le gustará.
Se acaba de acordar, de la forma más tonta, que en ningún momento le ha desvelado su nombre.