La casa del árbol desnudo 4
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LAS HERMANAS LLEGAN

Las gemelas se han presentado antes de lo previsto. Por eso a Inés no le ha dado tiempo a subir las cajas al desván.

Como siempre parecen enfadadas. No solo entre ellas sino con el mundo entero.

—Estás segura de lo que vas a hacer? —le pregunta Brígida con las manos metidas en los bolsillos. Luce un chándal gris amplio y viejo y su cuerpo está rígido aunque se balancea.

—Sí, absolutamente.

—No tienes por qué torturarte de esta manera. Podías habernos llamado. Por dios, Inés, nos tienes cerca. No vivimos en Australia.

—No quería molestaros.

—No nos molestas —habla al fin Margot.

Aún tiene el rostro descompuesto debido al miedo que le ha producido atravesar el puente de tablas para acceder al pueblo y poder llegar a la casa.

—En realidad no tenemos muchas cosas que hacer.

—Habla por ti, guapa. Yo he cambiado mis vacaciones por culpa de... —Brígida se interrumpe de forma brusca.

—Puedes decirlo con total tranquilidad. Lo he asumido. Solo estoy esperando, pero sé muy bien lo que va a venir.

—Lo siento, yo no pretendía....

—El subconsciente muchas veces nos traiciona —toma de nuevo Inés la palabra—. Los únicos que dicen la verdad son los borrachos y los niños.

La relación de Inés con las gemelas nunca ha sido buena.

Ellas siempre han formado un bloque, una unidad imposible de romper de la que ella quedaba inexorablemente marginada.

Aunque tampoco le importó mantenerse al margen.

Han vivido en mundos distintos. Su padre no escondió desde el principio su devoción por las gemelas.

Las llevaba a pasear, les compraba helados, las observaba cuando jugaban, les revolvía aquel pelo rubio tan encrespado del que emanaba un constante aroma a lavanda, con tanto cariño que a veces a Inés le provocaba una punzada de dolor en el pecho.

Su padre adoraba a aquellas dos gotas de agua que sincronizaban sus movimientos con gracia, que agitaban al mismo tiempo las flores de su vestido, que daban brincos sobre el vientre de los charcos dejando de manifiesto su mal humor.

Luego estaba su madre, Olga Castán, una mujer enferma y con los pájaros de la locura picoteando a cada rato su sien.

Sufría episodios psicóticos. Decía que Dios iba a mandar a un ejército de ángeles borrachos para llevársela al otro lado del río.

Es posible que ese delirio tuviese que ver con la inclinación de Olga Castán durante sus últimos años hacia el alcohol y los barbitúricos.

Le gustaba coser de cara a la ventana, confeccionaba vestidos vaporosos para sus dos niñas rebeldes y se olvidaba de Inés porque decía que era mayor y ya no la necesitaba.

En realidad fue Olga la que nunca necesitó a su primogénita.

No hubo entre las dos más que un vacío imposible de salvar que con el paso de los años se hizo más y más profundo.

Tampoco su padre la tuvo en cuenta. Creía que Inés era demasiado fuerte como para colmarla de mimos o estar pendiente de sus caprichos.

Sin embargo Inés nunca fue una niña caprichosa, sino callada, conformista y de carácter apacible.

Se autoconvenció de que ella, llegado el momento, sería la que se encargaría de mantener el orden sentimental de la familia.

Olga estaba demasiado enferma, demasiado borracha, demasiado ida como para pensar en nada que no fueran sus paranoias, esas noches en blanco con los ojos detenidos sobre el cristal, pronunciando palabras incoherentes, imitando el sonido del agua, cuando de noche discurría en lento cerca de la casa.

Aún llegó a tiempo para ver a su pueblo resurgir, para que su marido, con gran esfuerzo, pudiera levantar la casa de sus abuelos de la ruina y la soledad.

—Mi pobre casa cementerio. Mi pequeño nicho confortable —solía decir su madre sin dejar de chupar la boca de un cigarrillo.

Pero todo cambió una noche de verano como esta, a escasos kilómetros de la casa, en un Seat panda de segunda mano que conducía su padre camino del hospital.

Su madre había sufrido un ataque, algo parecido a un episodio violento de epilepsia, y habían tenido que salir corriendo.

La lluvia y la aparición inesperada de un jabalí atravesando la carretera hicieron el resto.

Murieron los dos en el acto. Desde ese momento Inés y las gemelas se quedaron solas.

—Bueno, y cambiando de tema. ¿Cuándo viene el nuevo huésped? ¿Sabes algo? ¿De quién se trata?

Inés se pasa la mano por la frente para secarse el sudor. Le pide agua a su hermana Brígida con un gesto y se bebe de un trago medio vaso. Después deja que su lengua recoja unas gotas que comienzan a resbalar por la comisura de sus labios.

—Viene dentro de tres días. Es una mujer, psicóloga para más señas.

—Lo que nos faltaba. Una loquera —protesta Brígida.

—¿Le has contado lo tuyo? —quiere saber Margot.

—No, y vosotras tampoco lo vais a hacer, ¿queda claro?