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MARGOT
A Margot le sigue dando miedo atravesar el puente de tablas.
Se ha quedado parada cerca de los matorrales mientras su hermana Brígida avanza sin mirar atrás.
Aunque está semioculta por la frondosidad de los pinos divisa una caravana.
Hay un hilo que va de un árbol a otro del que cuelgan un par de bañadores y una camiseta.
También pueden verse dos sillas plegables.
Margot observa la caravana, sus ojos vagan de la ropa tendida a la tierra húmeda que hay bajo sus pies y que anuncia que el agua está cerca.
Si hay algo que le produce pavor es el río.
Tiene pesadillas continuas. Sueña que se queda sola en mitad del puente y el agua se eleva hasta formar una boca gigantesca de espuma brava que acaba por engullirla.
Siempre que viene a visitar a su hermana Inés le ocurre lo mismo.
Le resulta traumático atravesar el puente de tablas, asomarse al abismo de ese agua pura y salvaje.
Ya de niña le diagnosticaron acuafobia.
—Margot es incapaz de aprender a nadar. El miedo la tiene completamente atenazada —le dijo a su padre su profesora de natación.
Recuerda el momento en que vio la piscina climatizada por primera vez.
No puede olvidar la luz que surgía del agua, esa luz artificial que ascendía hasta el techo y que no se estaba quieta nunca, que oscilaba a cada rato en las pupilas, en la sombra de la pared, en las cristaleras desde donde su padre contemplaba sus ejercicios.
Había sido un regalo por su octavo cumpleaños.
Las gemelas no sabían nadar y era del todo imprescindible que lo hicieran para poder disfrutar de las vacaciones.
Su padre acariciaba desde hacía mucho tiempo el hecho de pasar las vacaciones en una playa de la costa levantina.
Por un motivo u otro nunca conseguía realizar ese pequeño sueño que para cualquier otro podría resultar ridículo.
Ellos solo tenían el río. El mar estaba lejos.
El mar acariciaba con su lengua de sal otros cuerpos que no eran los suyos y ya había llegado el momento de poner tierra de por medio y romper la hucha.
Irían de vacaciones a pesar de todo y para ello las gemelas tenían que aprender a nadar.
Habían hecho varios intentos en el río pero Margot lloraba como una descosida en la orilla y su madre jamás fue capaz de hacer que la pequeña lograra entrar en el agua, mientras que su hermana Brígida chapoteaba alegremente unos metros más allá, ajena a la corriente del río, hasta que una mañana el río se la llevó.
Por fortuna un turista que estaba cerca cogió a la niña y la puso a salvo; desde ese día tampoco Brígida quiso adentrarse en el río y sus padres acabaron por dejar de frecuentar sus alrededores y esperar a que pasara el susto para así poder elaborar un plan.
El plan consistía en pagar un curso de natación en Huesca para que las gemelas aprendieran a nadar y que el próximo verano toda la familia pudiese viajar hasta Alicante para darse un chapuzón en el mar sin el menor peligro.
De Inés no había que preocuparse. Era mayor y había aprendido a nadar por su cuenta, con las amigas.
Sin embargo las gemelas eran otro asunto.
Aquel trauma del río las afectó a las dos por igual y la que antes había sido más temeraria, Brígida, ahora se había vuelto reservada y temerosa como su hermana Margot.
—Si ve a su hermana nadar, ella la imitará. Siempre hacen lo mismo —insistió su padre.
—No esté tan seguro. Margot tiene un pánico enfermizo. Pero haré lo que pueda.
La piscina climatizada olía a lejía y cloro y ya el primer día, antes de meterse en el agua, mientras realizaban unos ejercicios de calentamiento, Margot se orinó en la moqueta de puro miedo.
Más tarde, para disimular la vergüenza, se arrojó desde el trampolín y cayó en plancha.
Aquel dolor partió en dos su vientre. No estuvo segura de que permanecía aún con vida hasta que el profesor fue en su busca, la sacó de la piscina y le echó una bronca.
—Que sea la última vez que te tiras del trampolín sin permiso. Está completamente prohibido, ¿lo entiendes?
—Sí, señor —logró decir con el rostro arrebolado.
No se le quitó el dolor de vientre en una semana. A su madre no quiso enseñarle el moratón, solo su hermana Brígida pudo ver aquel continente fatal que se extendía sobre la piel de su tripa y que iba cambiando de color a lo largo de los días.
—¿Te duele mucho? —le preguntaba su hermana por las noches pasando sus dedos con suavidad sobre su vientre.
—Me aguanto.
—Pero, ¿te duele mucho?
—A veces.
—¿Por qué te tiraste del trampolín?
—No sé.
—Sí lo sabes.
—No me da la gana decírtelo.
—Fue porque te measte encima, para que no te riñeran.
—¿Y a ti qué te importa?
—Lo hiciste por eso.
—Déjame en paz.
—Porque te measte como un bebé.
—Cállate.
—Hiciste pis caliente en la moqueta.
—Que te calles,
—Un charco grande de pis que parecía que no se iba a ir nunca.
—Déjame he dicho.
—Te measte como un bebé y luego todos se reían. Por eso corriste al trampolín y te tiraste al agua y luego el agua se puso roja porque llevabas pis en las piernas y no se puede hacer pis en el agua.
Margot se puso a llorar y se tapó la cabeza con la almohada.
Terminaron el curso y a Brígida le dieron un diploma.
Todas las niñas recibieron su diploma y su correspondiente medalla.
Sin embargo Margot no. A Margot la dejaron con las manos vacías.
El profesor le permitió descender las escalerillas y nadar como si fuese un perro de una esquina a otra.
Con eso se dio por satisfecho. Cuando Margot salió del agua, le preguntó con una sonrisa:
—¿Y a mí no me dan un diploma y una medalla?
El profesor la miró con lástima, después pellizcó con suavidad su mejilla y se reunió con el resto de niñas y niños que alborotaban cerca del bordillo.
Su padre no le dirigió la palabra en todo el camino de vuelta a casa y en la playa, tuvo que conformarse con quedarse junto a su abuela Dolores bajo una sombrilla, haciendo deberes y guardando la toalla de Brígida para cuando regresara del agua.
Esas vacaciones fueron terribles. No recuerda nada peor que la arena caliente bajo sus pies, la forma de comer tortilla de patatas de su abuela, con la boca abierta, triturando con sus dientes largos y negros aquella pasta aceitosa que su madre cocinaba cada mañana en un apartamento sucio y minúsculo donde no se podía dormir por el calor y los ronquidos.
Fue la primera vez que escuchó a su hermana Brígida quejarse bajo las sábanas. No supo de qué se trataba hasta tiempo después.
—¿Vienes o no? —le pregunta Brígida desde el puente dando al traste con su ensimismamiento.
De la caravana sale un hombre alto y viejo que recoge uno de los bañadores tendidos.
Sonríe y Margot se ve obligada a devolverle el gesto.
Al poco se une a él una mujer, lleva una manzana en la mano y se deja caer en la silla plegable sin reparar en su presencia.
Un moscardón sobrevuela su rostro y de inmediato se aleja hasta el agua.
El agua hace un ruido enloquecedor y Margot se tapa los oídos con fuerza.
Aun así logra escuchar la voz de Brígida a lo lejos.
—¿Estás sorda o qué?