La casa del árbol desnudo 2
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PALMIRA

Palmira Durán se levanta de la cama despacio.

Todo da vueltas a su alrededor, siente la boca pastosa y un leve cosquilleo en los dedos de los pies.

Tose, se lleva una mano a la garganta, busca en su mesilla de noche un vaso de agua pero no lo encuentra, así que se dirige hacia el baño, se sienta en la taza del váter, examina las plantas sucias de sus pies, abre el grifo del bidé y hunde los pies bajo el chorro.

Luego se desprende de su ropa interior, se asoma a la boca del espejo y saca la lengua.

La tiene blanca y tan seca como el desierto de Arizona.

Sin embargo le viene al pensamiento la tonta idea de que nunca viajaría al desierto de Arizona por motivos obvios; demasiado polvo, demasiados gérmenes echando a volar a su alrededor.

A Palmira Durán le gusta el orden, la monotonía de las cosas sencillas, llegar a una cita antes de tiempo, comprobar que nada se ha movido de su lugar, limpiarse el rostro con toallitas higiénicas, arrojar espray desinfectante en sus manos después de que hayan entrado en contacto con objetos desconocidos.

—¿Solo objetos desconocidos? Venga ya, Palmira. Si te limpias las manos cada dos segundos. Y ni que decir tiene que el contacto humano te provoca náuseas.

—No tengo ninguna necesidad de que me toquen.

—¿Y qué hay de las necesidades del prójimo? —volvió a espetarle su compañera de gabinete, la psicóloga Celia Galán.

Recuerda el rostro de Celia, sus facciones severas, los ojos hundidos en una tristeza infinita, el color macilento de su piel, su cabello corto, desenfadado, siempre retando al orden.

La recuerda con esa alegría que una cultiva de forma obligatoria cuando no es feliz y la vida solo es un poco de aire que respirar, un día encadenado al otro, noches repletas de alcohol y sexo.

Es curioso cómo el dolor se gestiona de diferente manera según el tipo de mujer que lo padece.

Frente al espejo, Palmira Durán repite esa palabra en voz alta:

—Padecer, padecer, padecer...

Al cabo chasquea la lengua y agita la cabeza. Su cabellera flota como si fuese una cortina confeccionada con hilos de lluvia plomiza. Cada poro de su cuerpo huele a tabaco y sudor. Nunca ha permanecido sucia durante tanto tiempo.

Vuelve a asomar su lengua.

Los hechos pueden resumirse de la siguiente manera:

Palmira se despidió de su trabajo en el gabinete después de diez años de ejercer como psicóloga y los chicos le prepararon una fiesta sorpresa.

Salieron a cenar y bebieron. Salieron a bailar y bebieron.

En algún momento Palmira cree recordar que Celia la acompañó al baño de un garito a las afueras, que estuvieron riendo como dos desquiciadas, que Palmira se quitó los zapatos de tacón y los lanzó al retrete, que Celia se subió la camiseta y le enseñó las tetas, dos pechos descomunales, como los de un animal que ha de amamantar a todas las especies del planeta.

Ya conocía el cuerpo desnudo de la psicóloga, había compartido vacaciones y una cama estrecha en un pueblecito de la sierra de Gredos, pero esta vez Palmira estaba borracha y todos sus prejuicios se fueron al garete.

Se acercó a su colega y le tocó las tetas, pellizcó su carne como si fuera un pastel de crema y volvió a reír completamente fuera de sí.

De lo que no está segura es de lo que ocurrió más tarde, cómo sucedieron los hechos, quién abrió su bolso e hizo desaparecer las toallitas higiénicas y el espray desinfectante.

De nuevo repite frente al espejo:

—Padecer, padecer, padecer...

Transcurre un segundo, dos, tres...

—Aunque más que padecer sería incubar —rectifica la psicóloga—, como se incuba la fiebre o una enfermedad venérea. Todas las mujeres incubamos el dolor, eso es. El terrible dolor de tener la obligación de permanecer vivas.

El orden de los acontecimientos vuelve a enredarse en su cabeza y no está segura de si se ha lavado los dientes, los pies o por qué sigue desnuda en mitad de la alfombrilla del baño mientras el agua corre tras el cristal de la ducha.

Duda.

Siempre tiene dudas.

A veces la indecisión es como un muro que no le deja pasar.

Sacude la cabeza.

Le llega el olor de sus axilas, de su coño, es ese olor de mundo agarrado a su piel.

Hace un gesto de desagrado con su nariz, el asco se dilata dentro y corre hacia la ducha.

Permanece un buen rato sintiendo el agua correr. Abre la boca, traga y escupe. Frota su cuerpo con la manopla de esparto.

Cuando considera que está lo suficientemente limpia sale del agua, se cubre con el albornoz y regresa a la cama. Sobre la mesilla está el panfleto de esa casa rural del Pirineo; Campos de Gavín.

No la había escuchado en su vida.

Un lugar perdido en pleno bosque, es justo lo que necesita para desaparecer.

No le ha dicho a nadie que ha reservado una habitación en una de esas casas viejas y rehabilitadas que no aparecen en el mapa.

No está segura de que sea una buena idea marcharse.

Se deja caer en el borde de la cama. Las sábanas huelen a la noche anterior y Palmira las retira con un gesto violento.

Después mira el panfleto, el papel donde está apuntada la dirección y el número de teléfono de Inés.

Unas semanas nada más, piensa.

Tamborilea con sus uñas sobre la superficie del papel.

¿De verdad quiere ir?

Todo parece idílico, las fotos de la casa, el río, las montañas al fondo, la espesura del bosque…

Duda.

Ha pagado por adelantado aunque eso tiene remedio. Siempre puede poner una excusa. Que se quede la mitad, no importa.

Duda como siempre que debe tomar una decisión importante.

Entonces cierra los ojos y busca una señal. Es absurdo, pero piensa que si cuando abra los ojos recuerda los cinco primeros números seguirá adelante con el plan, de lo contrario cancelará la reserva.

El juego funciona:

33678

Mierda, murmura.

Las sábanas sucias tocan la punta de su pie y Palmira regresa a la ducha como alma que lleva el diablo.