La casa del árbol desnudo 1
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La casa del árbol desnudo

La casa del árbol desnudo

Por Altagracia Montes

© inepub.com

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INÉS

La confianza hay que ganársela a pulso. Una tiene que creer en sí misma, colocarse cada mañana frente al espejo y repetir: "Me merezco que me pasen cosas buenas. Me merezco ser feliz".

Lo difícil es que ese mantra te acompañe a lo largo del día, cuando las horas empiezan a pesar y ya no recuerdas el brillo de tus ojos frente al espejo, ni los sueños que apuntaste en un papel o aquella pesadilla que se repite durante la madrugada y que te obliga a levantarte de la cama y correr hacia el baño para vomitar.

Demasiadas cargas.

Demasiadas obligaciones para ser feliz.

Hay que romper las reglas de vez en cuando y olvidarse de que una está viva y sufre, de que una, sin saberlo, ha comenzado a descender hacia el mismísimo infierno.

Hace calor y las chicharras no dejan de estridular sobre la corteza de los árboles.

Siempre el mismo sonido, acompasados sus vientres en la masturbación incesante del aire.

Si al menos pudiera verlas, si supiera localizar con exactitud el lugar desde el que desordenan la calma para poder arrojarles un cubo de agua fría y así poder descansar al fin, sin ese ruido insoportable persiguiéndola por toda la casa, acompañándola en el camino, hundiéndose en su carne, como si su carne pudiera sentir el ardor de una chicharra, pudiera sentir el flujo de la sangre correr.

En Campos de Gavín lo único que corre es el río, llevándoselo todo, limpiando lo que se ensucia con los días.

El río donde las tardes de verano se ahogan y las tormentas aumentan su cauce hasta anegar la tierra.

Entonces todo se mezcla, todo se funde a la entrada del pueblo y la gente corre a cerrar las puertas de sus casas, a acumular serrín y tierra y cualquier obstáculo que los mantenga a salvo de la fiereza del agua.

Se han acostumbrado a eso, a la posibilidad de ser engullidos una noche cualquiera por el agua del río.

Y bien que haría el río en llevárselo todo en ese momento piensa Inés.

No le importaría desaparecer ahora, aunque esté preñada, aunque la casa sea la única isla a la que aún puede aferrarse.

Echa un vistazo al desorden y deja escapar un suspiro antes de decidirse a hincar las rodillas sobre la alfombra y recoger los juguetes del bebé.

Últimamente solo le apetece estar ahí, en esa habitación en penumbra pintada de azul pálido, contemplando los objetos que después guardará con cuidado en unas cajas que pasarán a formar parte del pasado, junto a aquel sillón viejo con los muelles sueltos o esa lámpara de flecos tan pasada de moda que heredó de una tía nonagenaria.

Es extraña esa sensación de pérdida que aún no ha sucedido, el duelo que lleva gestando en su vientre incluso antes de que este haya empezado a abrirse al dolor de lo nuevo.

La palabra "nuevo" le parece un insulto e intenta borrarla de su pensamiento.

Nada es nuevo nunca porque se ensucia cuando se imagina. Ya llega manoseado, gastado de tanto desearlo hasta que al final se abandona por otra cosa nueva, un nuevo deseo, una nueva canción, un novio distinto, otro vestido, la caricia renovada de un conjunto de ropa interior...

También en ocasiones la maternidad envejece antes de llegar, como si fuera una de esas ancianas secas que esperan la llegada de su amante en una estación donde nada se detiene.

A ella su madre solía decirle que no esperara mucho para tener hijos, que se le iba a pasar el arroz. Pero el arroz llegó y ya venía muerto, masticado por los dientes de la mala suerte.

Cuando termina su tarea, Inés apila las cajas al fondo, junto a la cuna que ayer mismo empezó a desmontar. Después se seca el sudor de la frente con el dorso de la mano, busca un botellín de agua que hay encima de una mesilla y sale de la habitación caminando con las piernas ligeramente abiertas.

Ha engordado 15 kilos desde que está embarazada. Se siente extraña dentro de su propio cuerpo y a veces, cuando ve su reflejo en el cristal no se reconoce.

No falta mucho para que se desinfle como un globo, para que dé a luz la muerte de su propio hijo.

Mientras baja las escaleras imagina cómo será su vida después de que todo pase.

No solo su cuerpo, sino cómo serán sus pensamientos, cómo quedará su alma, esa enfermedad que queda flotando por dentro después de traer al mundo un hijo azul.

En qué hora se le ocurrió quedarse embarazada, justo cuando acababa de cumplir los 44.

Una madre anciana, eso hubiera sido.

Sin embargo, ahora que ya no va a ser madre le molesta estar gorda, hinchada, cansarse por el más mínimo movimiento, tener que ensayar sonrisas frente al espejo y poner en orden la casa, airear los manteles, prestar a tención a los detalles, que la casa huela bien, que la habitación de invitados sea perfecta, tal y como sale en las fotografías que colgó en la web.

Cuando comenzó con las obras no podía adivinar lo que iba a pasar, claro, solo era una mujer embarazada que acababa de emprender un negocio.

Ahora todo se ha ido a la mierda.

No tiene humor ni ganas de recibir a su nueva huésped. Han hablado un par de veces por teléfono. Le apreció correcta, sin más. Tampoco puede adivinar su carácter porque se limitaron a tratar el asunto del precio, la ubicación del pueblo, los días de estancia…

Todo por estrenar, le dijo Inés. Y escuchó un suspiro al otro lado del teléfono. Y acordaron el día de su llegada y se desearon buenas tardes.

No le preguntó su nombre. Pero una extraña va a ocupar la planta de arriba.

Desde que murieron sus padres nadie había dormido allí.

También a Inés le ha costado entrar, abrir los armarios, detenerse ante la ropa colgada un instante, cerrar los ojos, olfatear su aroma, tocar las faldas y las blusas de su madre, levemente, como si pudiera darle un chispazo o pegarle su enfermedad.

Hizo de tripas corazón cuando arrancó las prendas de las perchas y las metió en una caja, como había hecho con los juguetes de su bebé.

Todo en esa casa parece destinado a ser pasto del olvido.

Al descender el último escalón, Inés siente que sus rodillas crujen y se agarra a la barandilla. Cuenta tres antes de volver a arrancar. A veces le da la sensación de que es como uno de esos viejos trenes de mercancías que recorren las vías muertas.

Con las piernas arqueadas camina hacia la pila, abre el grifo y hunde sus manos bajo el agua, mientras frota imagina cómo sería si todo fuese distinto, de niña solía utilizar su imaginación para cambiar lo que no le gustaba. Su infancia está llena de sombras que intenta borrar.

De forma inconsciente hace el mismo juego y piensa que su hijo tendría los ojos oscuros y la piel muy pálida.

Que le gustaría leer cuentos en su regazo las tardes de lluvia, arrojar piedras al vientre del río, comer pasteles, ensuciarse la boca, pintar en las paredes un corazón con su nombre y el suyo, reír hasta que la tripa se le partiera en dos.

No sabe si se parecerá a su padre porque su padre solo era semen en un tubo de ensayo. Quería que su hijo fuese solo suyo, de nadie más. Ese pensamiento la hace sonreír por primera vez en mucho tiempo.

Entonces cierra el grifo, se seca las manos, comienzan a aporrear la puerta.