La casa del acantilado EPÍLOGO
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EPÍLOGO

La última habitación

Seis meses después, regresé al acantilado.

No había vuelto a la casa desde el día en que la Guardia Civil nos sacó de allí, y durante todo aquel tiempo había intentado convencerme de que alejarme de aquel lugar bastaría para dejar atrás lo ocurrido.

Había cambiado de ciudad, había buscado un apartamento pequeño y luminoso, y había empezado a trabajar de nuevo, aunque todavía me despertaba algunas noches con la sensación de que alguien caminaba detrás de las paredes de mi dormitorio.

Gabriel había regresado a su vida con más dificultad.

Seguía teniendo pesadillas y evitaba hablar de nuestros hermanos, pero había aceptado que no podía pasarse el resto de sus días esperando a que algo terrible volviera a ocurrir.

Hablábamos casi todos los días, aunque a veces bastaba con intercambiar unas pocas palabras para saber que ninguno de los dos estaba preparado para recordar.

La impostora seguía viva. La habían trasladado a una prisión después de que los médicos consideraran que su estado permitía hacerlo, y la investigación había reunido suficientes pruebas para acusarla de los asesinatos de Lucía y Adrián, del ataque contra mí y de su intento de matar a Gabriel.

Las pruebas relacionadas con la muerte de nuestro padre también habían cambiado por completo la interpretación de aquel antiguo accidente, aunque todavía quedaban preguntas que la policía no había conseguido responder.

Yo no había pedido verla.

No quería escuchar sus explicaciones ni averiguar si había sentido alguna vez remordimiento. Una parte de mí necesitaba saber por qué había hecho todo aquello, pero otra temía que, al escucharla, volviera a encontrarme con una mujer que tenía mi cara y que conocía mis recuerdos mejor que yo misma.

Había aprendido que no todas las respuestas sirven para aliviar el dolor.

Aquella mañana, sin embargo, recibí una llamada del teniente Salas.

―Hemos terminado la inspección de la vivienda en su totalidad ―me explicó―. Ya podéis acceder acompañados por un agente para recoger los objetos personales que necesitéis. Hay algunas cosas que creemos que deberías ver antes de que toméis una decisión sobre la propiedad.

―¿Qué cosas?

―Documentación de vuestra madre. Y algo más que hemos encontrado detrás de una pared del dormitorio principal.

No quiso darme más detalles por teléfono.

Gabriel se ofreció a acompañarme, pero le pedí que esperara hasta que yo supiera qué había allí. No quería que regresara a la casa sin estar preparado para lo que pudiera encontrar, y tampoco quería convertir aquella visita en otra obligación que ambos tuviéramos que soportar.

Cuando llegué, el cielo estaba despejado.

El mar se extendía bajo los acantilados con una tranquilidad casi ofensiva, como si no recordara los cuerpos que habían caído desde aquellas alturas ni las discusiones que habían llenado la casa durante tantos años.

La puerta principal estaba cerrada y un agente me esperaba en la entrada con una carpeta.

―Señorita ―me saludó―. El teniente me ha pedido que la acompañe durante la visita. Hemos retirado algunos precintos de las zonas que ya se han inspeccionado.

Asentí y entré.

El recibidor olía a polvo, madera vieja y productos de limpieza.

Habían retirado los cuadros que se habían roto durante la pelea y la alfombra estaba enrollada junto a una pared, pero aún podía distinguir las marcas que los muebles habían dejado en el suelo.

Me quedé unos segundos mirando el pasillo, intentando comprender cómo había podido vivir allí durante tantos años sin sospechar que otra persona se movía a escasos centímetros de mí.

―¿Dónde han encontrado lo que querían enseñarme? ―pregunté.

―En el dormitorio de su madre.

Subimos las escaleras.

El agente abrió la puerta y me dejó pasar primero.

La habitación estaba casi vacía; los investigadores habían retirado los objetos que consideraban relevantes y habían fotografiado los muebles antes de moverlos.

Junto a la pared que daba al pasillo de servicio había una zona de yeso desprendido, lo bastante amplia para dejar al descubierto un hueco estrecho entre los muros.

―Lo encontramos cuando revisamos la estructura ―explicó―. No aparece en los planos de la vivienda. Parece que se utilizó para guardar documentos y otros objetos.

Me acerqué.

Dentro había una caja metálica, una bolsa de tela y varios sobres sujetos con una cinta descolorida.

El agente me indicó que podía examinar el contenido, aunque no debía retirar nada sin autorización.

La caja contenía fotografías antiguas, recibos y algunos documentos médicos, pero fue la bolsa de tela lo que me llamó la atención.

En su interior había ropa infantil.

No eran prendas especiales ni particularmente valiosas. Un jersey de lana, un vestido pequeño, dos calcetines desparejados y una cinta para el pelo. Todo estaba cuidadosamente doblado, como si alguien hubiera querido conservarlo en las mejores condiciones posibles.

Debajo de la ropa encontré una fotografía.

En ella aparecíamos Gabriel, Lucía, Adrián y yo, sentados en el jardín de la casa durante una celebración familiar.

Yo tendría unos seis años y llevaba un vestido claro; Lucía estaba a mi lado, con el cabello recogido en dos trenzas, y Adrián sostenía un vaso de plástico mientras Gabriel miraba hacia la cámara con una sonrisa.

Al principio no vi nada extraño.

Después reparé en la fecha escrita en el reverso.

Era una fotografía tomada el verano en que nuestros padres me ingresaron en el hospital.

Le di la vuelta otra vez y observé el jardín, el fondo de la imagen, la puerta de la cocina y la ventana del dormitorio de nuestra madre.

No había nadie más, pero la fotografía me produjo una sensación desagradable, como si estuviera contemplando una escena que había sucedido bajo la mirada de alguien que nosotros no podíamos ver.

―¿Puedo quedarme con una copia? ―pregunté.

―Tendrá que solicitarla a la Guardia Civil. Pero puede revisar los documentos.

Cogí el primer sobre.

La letra de nuestra madre aparecía en el anverso, junto a una fecha que correspondía a varios años antes de su muerte. Dentro había una nota breve dirigida a la niña que vivía detrás de las paredes.

Esta noche dejaré la cena junto al cuarto de las tuberías. No salgas hasta que te avise. Tu padre está enfadado y no quiero que te encuentre.

Me quedé mirando aquellas palabras.

La nota no demostraba nada que no supiéramos ya, pero leerlas escritas de su puño y letra hizo que todo pareciera más real.

Abrí el segundo sobre.

Dentro había varias páginas escritas a mano, algunas manchadas por la humedad.

No eran una carta, sino fragmentos de un diario, anotaciones que nuestra madre había ido dejando a lo largo de los años.

Hablaba de las dificultades para mantener el secreto, del miedo a que los vecinos descubrieran que había alguien viviendo dentro de la casa y de las discusiones con nuestro padre, que cada vez soportaba menos aquella situación.

En una de las páginas mencionaba al perro.

Ha vuelto a hacerlo. El animal la sigue hasta el cobertizo y no deja de ladrar junto a la pared. Le he dicho que no se acerque a él, pero no me escucha. Tengo miedo de que alguien descubra dónde está.

Pasé a la página siguiente.

La letra era más irregular y algunas palabras resultaban difíciles de descifrar.

Él dice que no puede continuar así. Que algún día hará daño a alguien y que no podemos seguir escondiéndola. No sé qué hacer. Es mi hija, pero a veces tengo miedo de ella.

Sentí un escalofrío.

La madre que yo recordaba siempre había sido firme, incluso autoritaria, una mujer que creía que la familia debía permanecer unida y que cualquier problema podía solucionarse si todos obedecían las reglas.

Nunca la había imaginado escribiendo aquellas palabras, admitiendo que tenía miedo de uno de sus propios hijos.

Continué leyendo.

Hoy he hablado con él. Le he dicho que no puede tocarla, que no voy a permitir que le haga daño. Me ha respondido que, si no hacemos algo, será ella quien termine destruyéndonos. No sé si tiene razón. No sé si estoy protegiendo a mi hija o si estoy condenando a los demás a vivir con ella.

La página terminaba ahí.

Busqué la siguiente, pero no había ninguna. Solo quedaba un último sobre, más pequeño que los anteriores, cerrado con una tira de cinta adhesiva.

En el exterior aparecía escrito mi nombre.

El mío.

Me senté en el borde de la cama vacía y abrí el sobre con cuidado. Dentro había una carta de tres páginas, fechada pocos meses antes de que nuestra madre muriera. La primera línea me hizo sentir que el aire desaparecía de la habitación.

Inés, si estás leyendo esto, significa que no he conseguido encontrar una manera de contarte la verdad mientras todavía estaba viva.

Seguí leyendo con las manos temblorosas.

Nuestra madre explicaba que había intentado convencerse durante años de que mantener a su otra hija encerrada en las paredes era la forma de protegernos.

Después de la muerte de nuestro padre, había vivido con el miedo de que alguien descubriera lo ocurrido y de que la niña fuera enviada a una institución donde nadie pudiera controlar lo que le sucediera.

Había pensado en entregarla a las autoridades, en buscar ayuda médica y en contar la verdad a la familia, pero cada vez que se acercaba a tomar una decisión, el miedo volvía a detenerla.

Entonces llegué a un párrafo que tuve que leer dos veces.

Hubo un momento en que pensé que podría cambiar las cosas.

Cuando te ingresaron en el hospital, ella me pidió que la dejara salir de la casa y vivir durante un tiempo como una hija más.

Me dijo que podía ocupar tu lugar, que nadie notaría la diferencia y que, si la dejaba intentarlo, demostraría que podía comportarse como los demás.

Yo estaba desesperada. Quería creer que era posible.

Noté que se me enfriaban las manos.

La carta continuaba.