La casa del acantilado EPÍLOGO #2
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EPÍLOGO #2

La dejé salir durante unos días. Le permití sentarse a la mesa conmigo, caminar por el jardín y dormir en una habitación de la casa, la tuya.

Durante un tiempo creí que quizá había encontrado una solución.

Pero entonces ocurrió lo del perro, y comprendí que no bastaba con darle la oportunidad de vivir fuera de las paredes.

No sabía cómo ayudarla sin poner en peligro a los demás.

Me quedé inmóvil.

Hasta aquel momento había creído que la impostora había conseguido engañar a nuestra madre para que la dejara ocupar mi lugar, y que después había sido castigada por lo que hizo con el perro.

Pero la carta revelaba algo que yo no había imaginado: nuestra madre había intentado sacarla de su escondite y había permitido que viviera con nosotros mientras yo estaba ingresada.

La última página estaba doblada por la mitad. La abrí y encontré una frase que parecía escrita con una mano distinta, aunque reconocí la letra de nuestra madre.

Hay algo más que debes saber. Cuando tu padre murió, yo ya conocía la verdad.

No lo vi caer, pero supe lo que había ocurrido antes de que nadie me lo contara.

Y cuando la niña me dijo que lo había hecho para protegerse, la creí.

Durante mucho tiempo pensé que había sido un accidente, que él había ido demasiado lejos y que ella había actuado sin comprender las consecuencias.

Pero la noche que me confesó lo ocurrido, me dijo algo que nunca he podido olvidar: que, si volviera a suceder, si alguien quisiera acabar con ella, haría exactamente lo mismo.

Me llevé una mano a la boca.

La carta no terminaba ahí.

No sé si mi hija nació así o si yo me equivoqué con ella y la convertí en lo que es al esconderla.

No sé si habría sido diferente si la hubiéramos tratado de otra manera.

Lo único que sé es que tuve miedo de ella y que ese miedo me hizo tomar decisiones que ya no puedo reparar.

Si alguna vez regresa a tu vida, no intentes salvarla por el simple hecho de que sea tu hermana.

Y no permitas que te convenza de que todo lo que ha hecho es culpa nuestra.

Me quedé mirando el papel durante mucho tiempo, incapaz de apartar los ojos de las últimas palabras.

Guardé la carta en el sobre y me levanté.

―¿Ha encontrado algo importante? ―preguntó el agente.

Lo miré, sin saber cuánto debía contarle.

―Creo que sí.

No añadí nada más.

Antes de marcharme, me acerqué a la pared abierta y observé el hueco que se extendía detrás del yeso.

La oscuridad parecía más pequeña de lo que había imaginado, pero aun así sentí una punzada de miedo al pensar en los años que mi hermana había pasado allí dentro, escuchando nuestras voces y aprendiendo a imitar nuestros gestos.

Entonces vi algo que no había advertido antes.

En el fondo del hueco, detrás de la caja metálica, había un pequeño cuaderno de tapas negras. No estaba junto a los documentos de nuestra madre, sino apartado, como si alguien lo hubiera escondido allí para que no lo encontraran durante la inspección.

Lo saqué con cuidado.

En la primera página había una fecha, escrita con una letra que no reconocí.

Era la letra de la impostora.

Debajo de la fecha había una frase.

Hoy mamá me ha dicho que Inés volverá pronto.

Pasé la página.

No quiero que vuelva.

La siguiente anotación era de varios días después.

Si ella regresa, mamá volverá a encerrarme. No puedo permitirlo.

Sentí que el estómago se me cerraba.

El cuaderno contenía más páginas, algunas arrancadas y otras llenas de frases breves, escritas durante años.

Hablaba de la rabia que sentía al escuchar nuestras conversaciones, de las veces que había observado a Gabriel desde una rendija y de cómo había aprendido a reconocer nuestros pasos por el sonido de las tablas del suelo.

Había anotaciones sobre Lucía, sobre Adrián y sobre nuestro padre, pero lo que me hizo detenerme fue una frase escrita en una página casi al final.

Si algún día consigo salir de aquí, no volveré a permitir que nadie decida por mí.

Debajo había otra, añadida mucho después.

Inés será la primera.

Cerré el cuaderno.

No necesitaba leer más para comprender que la impostora había planeado ocupar mi lugar mucho antes de que yo desapareciera en el bosque.

Tal vez no había decidido matar a mis hermanos hasta que se vio acorralada, tal vez sus planes habían cambiado con el paso de los años, pero la idea de sustituirme llevaba demasiado tiempo creciendo dentro de ella.

La casa no había creado todo lo que era, solo le había dado años para alimentar su odio sin que nadie pudiera detenerla.

Cuando salí al exterior, el aire del mar me golpeó la cara y respiré hondo. El teniente Salas me esperaba junto al coche patrulla y me preguntó si quería que enviara el cuaderno a los investigadores.

Se lo entregué sin dudarlo.

Después me quedé un momento mirando la fachada, las ventanas abiertas y la línea oscura del acantilado que se extendía detrás de la casa.

Había pensado que, una vez descubierta la verdad, el lugar perdería su poder sobre mí. Que bastaría con saber qué había ocurrido para dejar de tener miedo de sus pasillos y de sus paredes.

Me equivocaba.

Porque la verdad no siempre libera.