CAPÍTULO 22
Inés
Lo primero que recuerdo de aquella mañana es el olor de la sangre mezclado con el de la lejía, un olor tan penetrante que parecía haberse quedado adherido a las paredes, a las cortinas y a la ropa que los agentes me colocaron sobre los hombros mientras esperábamos a que llegaran las ambulancias.
Lo segundo es la voz de Gabriel, que no dejaba de repetir mi nombre, como si necesitara asegurarse de que era yo la Inés verdadera, no era otra mentira más de una casa que llevaba años engañándonos a todos.
―Inés, mírame. ¿Puedes mirarme?
Estaba sentado en el suelo del recibidor, con la espalda apoyada contra la pared y una manta térmica alrededor de los hombros.
Tenía el rostro hinchado, la nariz ensangrentada y una mano pegada al costado, donde le dolía cada vez que intentaba respirar hondo, pero seguía consciente y se negaba a que los sanitarios lo atendieran hasta que alguien le asegurara que yo iba a estar bien, y que la mujer que había intentado matarlo no volvería a acercarse a nosotros.
Yo quería contestarle que sí, pero las palabras se me quedaban atascadas en la garganta y apenas conseguía mantener los ojos abiertos.
La brecha de la frente me palpitaba con cada latido, y el resto del cuerpo parecía pertenecerle a otra persona, había pasado demasiado tiempo bajo la lluvia, había perdido sangre y había tenido que arrastrarme hasta la casa cuando apenas podía sostenerme sobre las piernas.
―Estoy aquí ―conseguí decir.
Gabriel cerró los ojos un instante y dejó escapar el aire lentamente, como si hubiera estado conteniéndolo desde que me encontró en el cuarto de las tuberías.
―Creí que te había perdido.
Quise preguntarle si también había creído que me había perdido cuando escuchó a la otra Inés hablar de nuestra infancia, cuando me buscó por el bosque sin saber que yo estaba tirada entre los árboles, o cuando descubrió a Lucía muerta debajo de una cama, pero no tuve fuerzas para hacerlo.
En aquel momento, lo único que podía soportar era que mi hermano siguiera respirando a unos metros de mí, vivo, aunque todavía no supiera cómo volver a ser el hombre que había sido antes de aquella mañana.
Al otro lado del recibidor, dos agentes mantenían inmovilizada a la impostora mientras un sanitario le presionaba una gasa contra la herida del costado.
El disparo no la había matado, aunque había caído convencida de que sí lo haría, y ahora permanecía tendida sobre una camilla, pálida, con el cabello pegado a la cara y los ojos fijos en el techo.
No gritaba ni suplicaba. Tampoco parecía sorprendida por lo ocurrido.
Miraba a los demás con una quietud que me resultaba mucho más aterradora que sus ataques de rabia.
Cuando nuestros ojos se encontraron, sentí que volvía a estar en el bosque, tendida sobre la tierra mojada, con su mano sujetándome por el pelo y el golpe que me había abierto la cabeza todavía resonando dentro del cráneo.
Ella me sonrió.
No fue una sonrisa amplia ni desafiante, sino un movimiento casi imperceptible de los labios, una expresión íntima que nadie más habría entendido, y tuve que apartar la mirada para no volver a sentir que me faltaba el aire.
―No la mires ―murmuró Gabriel.
―¿Qué?
―No tienes que mirarla.
Se acercó un agente, un hombre de mediana edad. Él se agachó delante de Gabriel, le preguntó si podía hablar y esperó a que mi hermano asintiera antes de dirigirse a mí.
―Inés, necesito que me escuches. Vamos a trasladaros al hospital. A los dos. La compañera que está con los sanitarios os acompañará, y nosotros nos quedaremos aquí hasta que llegue el equipo que va a inspeccionar la vivienda.
―¿Mis hermanos? ―pregunté.
El teniente bajó la mirada durante un instante, y aquella pausa me dio la respuesta antes de que abriera la boca.
―Lo siento mucho.
Cerré los ojos.
Había querido creer que todavía podían hacer algo por ellos, que quizá llegaría a tiempo para decirle a Lucía que lo sentía, que nunca había entendido cuánto le había dolido mi ausencia y que, pese a todo, seguía siendo mi hermana.
Ahora solo me quedaba el recuerdo de la última vez que la había visto con vida, cuando me había mirado con aquella mezcla de desconfianza y preocupación que yo había interpretado como otra de sus formas de juzgarme, sin imaginar que estaba a punto de descubrir que la mujer que tenía delante en muchas ocasiones de su vida no era yo.
―Hemos encontrado un cuerpo en el cobertizo. Por lo que hemos podido comprobar hasta ahora, se trata de vuestro hermano. No voy a daros más detalles hasta que podamos examinarlos adecuadamente.
Gabriel agachó la cabeza.
No lloró. Al menos, no de la forma en que yo habría esperado.
Se quedó mirando sus manos, con los dedos entrelazados y la mandíbula tan apretada que los músculos se le marcaban bajo la piel, y comprendí que estaba intentando mantener a raya todo lo que sentía porque, si permitía que una sola emoción lo desbordara, quizá no sería capaz de volver a levantarse.
―Los cuatro ―murmuró―. Hemos venido aquí para decidir qué hacer con una casa y ahora…
No terminó la frase.
Yo tampoco habría sabido cómo hacerlo.
Nuestra madre al parecer nos había pedido por mediación de Adrián que nunca vendiéramos aquella propiedad, pero ninguno de nosotros había comprendido el verdadero sentido de sus palabras.
Habíamos imaginado que se refería a los recuerdos, a las vacaciones de verano, a las fotografías familiares y a la vida que habíamos compartido entre aquellas paredes, sin sospechar que la casa guardaba un secreto que podía explicar muchas de las cosas que nunca habíamos entendido de nuestra infancia.
―Agente ―dije, haciendo un esfuerzo por incorporarme―. Hay algo que tienen que ver.
Salas se volvió hacia mí.
―¿Qué cosa?
Miré hacia el pasillo de servicio. La puerta del cuarto de las tuberías seguía abierta y, más allá, la pared parecía exactamente igual que siempre: madera oscura, papel descolorido y una hilera de cuadros que nuestra madre había colocado años atrás.
Nadie que entrara allí habría imaginado que detrás de aquellas superficies existían huecos por los que una persona podía moverse, escuchar las conversaciones de una familia entera y desaparecer durante años.
―Detrás de las paredes ―respondí―. Hay pasadizos.
Él intercambió una mirada con otro agente.
―¿Estás segura?
―Estoy segura.
No preguntó cómo lo sabía. Se limitó a ordenar a uno de los agentes que señalizara la zona y que nadie tocara nada hasta que llegaran los especialistas.
Mientras nos ayudaban a levantarnos, la impostora volvió a hablar.
―No vais a poder deshaceros de mí.
Su voz sonó débil, pero conservaba aquella seguridad que me había helado la sangre en el bosque. El sanitario le pidió que no se moviera y ella ni siquiera lo miró. Tenía los ojos puestos en Gabriel.
―Tú tampoco ―le dijo.
Gabriel levantó la cabeza.
―Cállate.
―¿Eso es lo que quieres? ¿Que me calle? ¿Que vuelva a desaparecer para que puedas fingir que nunca existí?
―Has matado a nuestros hermanos.
―Y tú no hiciste nada para evitarlo ―se rio.
Gabriel intentó levantarse, pero el dolor del costado lo obligó a apoyarse de nuevo en la pared.
El Guardia intervino inmediatamente, ordenando a los sanitarios que lo trasladaran, y la impostora dejó escapar una risa apagada que se convirtió en una mueca de dolor cuando el movimiento de la camilla le rozó la herida.
―Siempre fuiste el bueno de la familia ―murmuró―. El que intentaba arreglarlo todo. El que creía que bastaba con hablar para que las cosas dejaran de doler.
―No vuelvas a dirigirte a él ―dije.
Ella volvió la cara hacia mí.
―Tú no sabes lo que es vivir encerrada ―susurró―. No sabes lo que es escuchar a tu madre llorar por ti y no poder acercarte a ella.
―Y tú no sabes lo que es perder a tus hermanos por alguien que lleva tu cara.
Su sonrisa desapareció.
Durante unos segundos, ninguna de las dos apartó la mirada. Después los sanitarios empujaron su camilla hacia la entrada y el aire frío de la mañana entró en la casa, arrastrando consigo el olor que la lluvia había dejado.
Las horas siguientes se confundieron en una sucesión de luces blancas, preguntas médicas, pruebas y conversaciones que apenas conseguía seguir.
Me limpiaron la herida de la frente, descartaron lesiones más graves y me dejaron ingresada bajo observación, mientras a Gabriel le examinaban las costillas y el brazo.
La impostora fue trasladada a otro centro, donde la intervinieron para extraerle el proyectil, y el teniente Salas nos informó de que permanecería bajo custodia policial en cuanto su estado lo permitiera.
La Guardia Civil no tardó en descubrir los pasadizos.
Encontraron ropa vieja, restos de comida, mantas apiladas en un hueco entre las paredes y una pequeña colección de objetos que nuestra madre había ido guardando durante años.
También hallaron una puerta oculta detrás de un armario, un acceso estrecho que comunicaba con una zona del piso superior y que permitía escuchar conversaciones desde varias habitaciones.
No había nada sobrenatural en aquello. Solo una casa construida para ocultar a una persona y una familia que había aprendido a vivir como si aquella persona no existiera.
Pero lo que más impresionó a los agentes no fue el espacio oculto, sino la cantidad de tiempo que alguien había podido permanecer allí sin que ninguno de nosotros lo supiera.
Había marcas en la madera, pequeños arañazos junto a las puertas, señales de que una persona había aprendido a moverse por los huecos de la casa sin hacer ruido y había convertido aquel lugar en su único mundo.
La investigación confirmó que Lucía había muerto en mi habitación y que Adrián había sido asesinado en el cobertizo.
La impostora había intentado borrar sus huellas, pero había dejado suficientes rastros para reconstruir parte de lo ocurrido.
También encontraron indicios que permitieron relacionarla con la muerte de nuestro padre, un caso que durante años se había considerado un accidente provocado por una caída desde el acantilado, o mejor dicho un suicidio.
La casa quedó precintada.
Nos dijeron que no podríamos volver a entrar hasta que terminaran las inspecciones, y por primera vez en mi vida no sentí la menor necesidad de discutir aquella decisión.
No quería volver a dormir bajo aquel techo, ni recorrer los pasillos donde había crecido, ni descubrir qué otras cosas habían ocurrido mientras yo creía conocer a mi familia.
Gabriel tampoco quería regresar.
Cuando nos dieron el alta, nos quedamos un tiempo en un hotel cercano, esperando a que los investigadores terminaran de tomar declaración a los vecinos y de revisar los documentos que nuestra madre había dejado. Mi hermano hablaba poco, dormía mal y se despertaba cada vez que escuchaba un ruido.
Una tarde, el teniente Salas vino a vernos con una carpeta bajo el brazo.
Nos informó de que la impostora había sobrevivido a la intervención y de que, cuando recuperara las fuerzas, tendría que responder por los asesinatos y por las pruebas relacionadas con la muerte de nuestro padre.
También nos dijo que habían encontrado una carta de nuestra madre, guardada en un cajón del escritorio de su dormitorio, dentro de un sobre que llevaba nuestros nombres.
―No sabemos si la escribió para vosotros o si pretendía que alguien la encontrara durante la investigación ―explicó―. Pero creemos que deberíais leerla.
Gabriel cogió el sobre.
Lo sostuvo entre las manos durante un buen rato, observando la letra de nuestra madre, y después me lo entregó sin abrirlo.
―Léelo tú.
Lo hice despacio, sentada junto a la ventana de la habitación del hotel, mientras Gabriel permanecía de pie a mi lado.
La carta no era muy larga. Nuestra madre hablaba de su miedo, de las decisiones que había tomado y de la vergüenza que le había impedido pedir ayuda.
Reconocía que había cometido errores que no podían justificarse, que había permitido que una hija creciera escondida y que había intentado proteger a los demás sin comprender que, al hacerlo, estaba destruyendo a aquella niña.
Pero al llegar al último párrafo, mis manos empezaron a temblar.
Había escrito que, después de la muerte de nuestro padre, comprendió que ya no podía seguir ocultando lo ocurrido, pero que tampoco soportaba la idea de entregar a su hija a la policía.
Había decidido contar que él había caído por el acantilado, convencida de que aquella mentira era la única forma de evitar que la familia se desmoronara.
Y terminaba con una frase que no conseguí leer en voz alta:
No escondí a una hija porque no la quisiera. La escondí porque tuve miedo de lo que podía hacer, y después tuve miedo de lo que le harían si alguien descubría quién era.
Gabriel se sentó a mi lado.
Durante mucho tiempo no dijimos nada.
Comprendí que nuestra madre había pasado el resto de su vida atrapada en la misma casa que había utilizado para encerrar a su hija.
Había intentado protegernos, pero también había protegido el secreto de una muerte, había permitido que una niña creciera sin nombre y había convertido el silencio en la única forma de mantener unida a su familia.
No había una explicación que pudiera devolvernos a Lucía y a Adrián.
―Tenemos que decidir qué vamos a hacer con la casa ―dijo Gabriel al cabo de un rato.
Lo miré.
―¿De verdad crees que importa?
―No ―respondió―. Pero no quiero que sea ella quien decida qué hacemos con nuestras vidas, ni siquiera después de todo esto.
Por primera vez en muchos días, estuve de acuerdo con él. La casa del acantilado podía quedarse donde estaba, con sus paredes abiertas y sus secretos expuestos, porque nosotros ya no teníamos ninguna obligación de seguir viviendo dentro de ellos.
Lo que no sabíamos era que la carta de nuestra madre contenía una última página, escrita con una letra distinta y guardada en el mismo sobre, una página que había quedado pegada al fondo y que ninguno de los dos había visto todavía.
La encontraríamos al día siguiente.
Y entonces comprenderíamos que nuestra madre no había contado toda la verdad.