CAPÍTULO 21 #3
Gabriel intentó ponerse en pie y levantó la mano para protegerse cuando avancé.
Le di una patada en el costado y cayó de nuevo, esta vez contra la pared del recibidor.
El impacto hizo temblar un cuadro antiguo, que se desprendió del clavo y se estrelló a su lado, esparciendo cristales sobre el suelo.
Él apenas reaccionó.
Se quedó sentado, respirando con dificultad, con una mano apretada contra las costillas y la otra apoyada en la pared. Sus ojos se encontraron con los míos y, aunque tenía la cara ensangrentada, todavía conservaba algo que me enfurecía más que su resistencia: no parecía odiarme.
Parecía tenerme lástima.
―No me mires así ―le advertí.
―¿Cómo quieres que te mire?
―Como lo que soy.
―No sé qué eres.
―Soy la hija a la que escondieron. La hermana a la que negaron una vida. La niña a la que enseñaron que no merecía salir de la oscuridad.
―Y ahora eres la mujer que ha matado a sus hermanos.
Apreté la llave inglesa hasta que me dolieron los dedos.
―Ahora soy la mujer que va a salir de esta casa.
Gabriel intentó arrastrarse hacia la puerta principal, quizá buscando escapar, quizá intentando alejarme de Inés, pero ya no tenía fuerzas para levantarse. Lo alcancé antes de que llegara al primer escalón y lo agarré del cuello de la camisa, obligándolo a mirarme.
―No vas a contarle nada a nadie.
―No vas a salirte con la tuya.
Lo solté y retrocedí un paso para colocarme frente a él. La llave inglesa pesaba en mis manos, fría y húmeda por la sangre que había quedado en el metal. Gabriel levantó la vista hacia mí y, por primera vez, vi el miedo verdadero en sus ojos.
No el miedo a una hermana que había regresado cambiada, ni el miedo a una desconocida que había ocupado el lugar de Inés, sino el miedo de un hombre que comprendía que iba a morir y que no tenía fuerzas para impedirlo.
―Por favor ―susurró.
Aquella palabra me devolvió durante un instante a la niña que había sido, a la que se quedaba inmóvil detrás de las paredes mientras escuchaba a los demás reír, a la que había aprendido que pedir algo era inútil porque nadie iba a acudir en su ayuda.
Por eso levanté la llave inglesa.
Gabriel cerró los ojos y se cubrió la cabeza con los brazos, pero yo sabía que no podría detener el golpe. Bastaba con dejar caer el peso del metal, con terminar lo que había empezado, con eliminar al último de mis hermanos para que nadie pudiera volver a encerrarme.
―Adiós, Gabriel.
El estruendo llegó antes de que pudiera golpearlo.
No fue un grito ni el ruido de algo cayendo, sino una detonación seca que pareció atravesar las paredes de la casa y sacudir el aire a nuestro alrededor.
Sentí un impacto brutal en el costado, una fuerza que me arrancó el equilibrio y me lanzó hacia atrás.
La llave inglesa se me escapó de las manos y chocó contra el suelo mientras yo caía de lado, incapaz de comprender por qué el cuerpo había dejado de obedecerme.
Durante unos segundos no escuché nada. Después llegaron las voces, los pasos rápidos y el sonido de una puerta golpeando contra la pared.
―¡Guardia Civil! ¡Al suelo!
Intenté incorporarme, pero un dolor abrasador me atravesó el costado y me hizo caer de nuevo. Me llevé una mano a la herida y, cuando la aparté, vi la sangre entre mis dedos.
Gabriel seguía junto a la pared, inmóvil, con los ojos abiertos y la respiración entrecortada. Dos agentes entraron en el recibidor con las armas levantadas, mientras un tercero se arrodillaba a su lado y le pedía que no se moviera.
―¡No se acerque a ella! ―gritó uno de los agentes, apuntándome―. ¡Las manos donde pueda verlas!
Quise reírme, pero solo conseguí toser.
Habían llegado demasiado tarde para Lucía y para Adrián, demasiado tarde para todo lo que había ocurrido detrás de aquellas paredes durante años, pero no para Gabriel. No para el último de mis hermanos, que me miraba desde el suelo con una expresión que no conseguí descifrar.
Entonces oí un ruido débil a mi espalda.
La verdadera Inés estaba en la puerta del pasillo de servicio, apoyada contra el marco, con el rostro blanco y la sangre seca en la frente. Apenas podía mantenerse en pie, pero sus ojos estaban abiertos y no los apartaba de mí.
Había sobrevivido al bosque.
Había sobrevivido a mí.
Y ahora estaba allí, delante de todos, dispuesta a recuperar la vida que yo había intentado arrebatarle.
Quise decir algo, explicarles que no entendían nada, que yo también era uno de ellos, que había pasado años escuchándolos vivir mientras ellos fingían que no existía.
Pero los agentes se acercaron, me apartaron la mano de la herida y me inmovilizaron contra el suelo antes de que pudiera pronunciar una sola palabra.
Mientras uno de ellos pedía asistencia médica por la radio, Gabriel giró la cabeza hacia Inés, que acababa de aparecer.
―Inés… ―murmuró.
Ella intentó responder, pero no le salió la voz.
Y yo, tendida sobre las baldosas frías, comprendí que había perdido mucho antes de que llegara el disparo: había perdido en el instante en que la mujer a la que creía muerta había conseguido regresar de aquel bosque, porque, por primera vez en mi vida, ya no era la única que podía contar lo que había sucedido detrás de las paredes.