La casa del acantilado CAPÍTULO 21 #2
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CAPÍTULO 21 #2

Volví a empujarlo cuando intentó acercarse a la auténtica Inés, y esta vez fue él quien me golpeó con el hombro para apartarme.

Tropezamos con el banco, que cayó de lado con un estruendo, y Gabriel me agarró del brazo, tratando de inmovilizarme otra vez.

Le lancé un manotazo a la cara y sentí que mis uñas le rozaban un ojo.

Él retrocedió maldiciendo, con una mano sobre el rostro, y yo me abalancé sobre él antes de que pudiera recuperarse.

―Papá lo descubrió ―continué, jadeando―.

Se enfadó tanto que creí que iba a matarme allí mismo.

Pero no lo hizo. Se lo contó a mamá, y yo los escuché discutir.

Escuché cómo le decía que yo era un peligro, que no podían seguir escondiéndome, que algún día haría algo peor y que la única solución era acabar conmigo.

Gabriel se llevó una mano a la cabeza.

―No…

―Sí. Quería matarme. Mi propio padre quería acabar conmigo.

¿Y sabes qué hizo mamá? ―La pregunta me arrancó una sonrisa amarga―.

Ella no quería. Le dijo que no podía hacerlo, que yo era su hija.

Intentó convencerlo de que encontrarían otra solución, pero él no escuchaba.

Entonces mamá dijo algo que nunca he olvidado: que, si alguien tenía que morir, debía ser él.

Gabriel retrocedió un paso.

―No puede ser verdad.

―Yo estaba detrás de la pared, escuchándolo todo. Y comprendí que mamá quería librarse de él, que necesitaba que alguien hiciera lo que ella no se atrevía a hacer. Así que fui yo quien lo hizo.

―Tú lo tiraste por el acantilado…

―Me defendí ―lo corregí, acercándome a él―. Eso fue lo que hice. Papá vino a acabar conmigo y yo me defendí. Si terminó al otro lado de la barandilla, fue porque él no comprendió que yo también podía luchar.

―Lo mataste.

―¡Y en cierto modo solo quería hacer feliz a mamá!

Gabriel se llevó las dos manos a la cabeza y se quedó mirándome, con los dedos hundidos en el pelo y los labios entreabiertos.

Parecía que todo lo que había conocido acababa de derrumbarse a su alrededor: la imagen de nuestra madre, los recuerdos de nuestra infancia, la historia de la muerte de nuestro padre.

Yo lo observé sin sentir la menor compasión, porque durante años había imaginado el día en que alguien de la familia escucharía por fin lo que me habían hecho, y ahora que Gabriel lo sabía no veía en él comprensión ni justicia, sino el mismo rechazo de siempre.

―Mamá nunca te pidió que lo mataras ―dijo al fin.

La frase me golpeó con más fuerza que cualquiera de sus puñetazos.

―¿Cómo lo sabes?

―Porque mi madre no quería acabar con mi padre.

―No tienes ni idea de lo que yo escuché.

―Estás loca.

Gabriel bajó las manos y me miró con una tristeza que no soporté.

―No sé qué te hicieron, pero sé lo que tú has hecho. Lucía está muerta. Adrián está muerto. Inés está aquí, herida, porque has intentado matarla. No puedes convertir todo lo que alguien te ha hecho en una venganza como esta.

―Cállate.

―No vas a conseguir lo que pretendes.

―¡He dicho que te calles!

Se abalanzó hacia mí, quizá para sujetarme antes de que volviera a atacar a Inés, pero yo ya había visto la llave inglesa junto a la caja de herramientas. Me agaché, la recogí con ambas manos y me volví hacia él justo cuando llegaba a mi altura.

El primer golpe no alcanzó su cabeza porque Gabriel levantó el brazo y el metal chocó contra su antebrazo con un sonido seco.

Él soltó un grito, segura estaba que le había roto un hueso.

Después él me agarró por la muñeca, intentando arrancarme la herramienta, pero yo tiré con todas mis fuerzas y le golpeé en el costado con el codo.

Nos estrellamos contra la puerta, que se abrió de golpe, y caímos al pasillo, donde la luz gris de las ventanas dibujaba sombras sobre el suelo.

La llave inglesa salió despedida y rodó hasta los pies de la escalera.

Gabriel se lanzó hacia ella, pero yo fui más rápida. Me agarré a su chaqueta, tiré de él hacia atrás y lo hice caer de espaldas. El golpe le arrancó el aire de los pulmones y, antes de que pudiera incorporarse, me coloqué sobre él y le golpeé la cara con el puño.

Una y otra vez, hasta que a la tercera consiguió detenerme, sujetándome las muñecas con una fuerza desesperada, y durante unos segundos nos quedamos inmóviles, mirándonos a los ojos, mientras yo intentaba liberarme y él luchaba por mantenerme apartada.

―No tienes por qué hacerlo ―jadeó.

―Siempre tenéis que decir lo mismo.

―Todavía puedes parar.

―¿Parar? ¿Y volver a dónde, Gabriel? ¿A las paredes? ¿A escuchar cómo los demás viven mientras yo espero a que alguien se acuerde de que existo?

Conseguí soltarme una mano y le golpeé la nariz. Gabriel cerró los ojos por el dolor y aflojó la presión; me bastó aquel instante para girarme, alcanzar la llave inglesa y volver hacia él.

Se incorporó apoyándose en la pared, tambaleándose, con la sangre resbalándole desde la nariz hasta el labio. Intentó levantarse del todo, pero su brazo herido no respondió como esperaba y volvió a caer de rodillas.

Por primera vez desde que habíamos empezado a luchar, supe que podía ganar.

No porque fuera más fuerte que él, sino porque estaba dispuesta a llegar mucho más lejos.

Gabriel todavía intentaba detenerme sin convertirse en alguien como yo, todavía buscaba una manera de terminar aquello sin tener que matarme, y esa diferencia entre nosotros era lo único que necesitaba para vencerlo.

Me acerqué despacio, sujetando la llave inglesa con las dos manos.

―Tú podrías haberme ayudado ―le dije―. Todos podríais haberlo hecho.

―No sabía que existías.

―¡Ese es precisamente el problema!