La casa del acantilado CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

Gabriel no levantó la voz al formular la primera pregunta, pero había algo en su expresión que me hizo comprender que ya no estaba dispuesto a aceptar otra de mis mentiras.

Miraba a Inés, que yacía en el suelo y después a mí, comparando nuestros rostros, nuestras manos, nuestros cuerpos, como si de pronto todas las diferencias que había pasado por alto durante aquellos días se hubieran vuelto evidentes y necesitara encontrar una explicación antes de que fuera demasiado tarde.

Podría haber seguido fingiendo. Podría haberme arrodillado junto a mi hermana, haberle acariciado el pelo ensangrentado y haber llorado hasta convencerlo de que yo también estaba aterrorizada, pero la auténtica Inés había regresado del bosque y, con ella, había vuelto todo aquello que llevaba años intentando enterrar.

Ya no podía salir de aquella casa fingiendo, porque ahora había dos mujeres con la misma cara y solo una tenía derecho a llevar aquel nombre.

―Apártate de ella.

―Te he preguntado quién eres.

―Soy tu hermana.

―No.

Pronunció aquella palabra con una seguridad que me hirió más de lo que habría querido admitir, y algo se volvió muy oscuro dentro de mí, algo que llevaba demasiado tiempo escondiendo, igual que aquel peso, el de una vida que nunca había podido tener.

―¿No? ―repetí, dejando escapar una risa seca―. ¿Y quién decide eso? ¿Tú? ¿Mamá? ¿Papá? ¿Quién tiene derecho a decirme lo que soy?

Gabriel se interpuso entre Inés y yo.

―No te acerques.

―Quítate de en medio.

―No voy a dejar que le hagas más daño.

No sé cuál de los dos se movió primero. Solo recuerdo que avancé hacia él y que Gabriel me agarró de los brazos, intentando detenerme antes de que pudiera llegar hasta ella.

Forcejeamos junto a la puerta del cuarto de las tuberías, chocando contra el marco, y cuando trató de apartarme de un empujón le clavé las uñas en la muñeca con tanta fuerza que soltó una maldición.

―¡Estás loca!

Aquellas dos palabras me activaron realmente.

¡Loca!

Era una palabra que conocía desde mucho antes de que la utilizara él, una palabra que había escuchado detrás de las puertas cerradas, en susurros que cesaban en cuanto yo me acercaba, una palabra que mis padres nunca pronunciaron delante de mí porque para ellos yo era algo peor.

A mí me habían explicado que estaba rota, que había nacido estropeada, que había algo defectuoso en mi interior que jamás podría arreglarse, y que por eso debía permanecer donde nadie pudiera verme, donde nadie sufriese.

―No vuelvas a llamarme así ―le advertí.

Gabriel intentó sujetarme otra vez, pero le golpeé la cara con la palma abierta y conseguí que retrocediera.

Él respondió agarrándome por la cintura y ambos caímos contra una estantería, de la que se desprendieron varios botes de comida que estallaron contra el suelo.

Durante unos segundos solo escuché nuestros jadeos, el golpe de nuestras piernas contra las baldosas y el crujido de la madera bajo nuestros cuerpos.

Gabriel era más fuerte de lo que había imaginado.

Consiguió inmovilizarme contra la pared, sujetándome las muñecas, y me miró con una mezcla de miedo y desconcierto que me hizo sentir, una vez más, como aquella niña a la que observaban desde el otro lado de una puerta para asegurarse de que no saliera.

―Se acabó ―dijo entre dientes―. No vas a hacerle nada más.

―¿Eso es lo que crees?

―Pronto vendrá la Guardia Civil y vas a tener que explicarles lo que has hecho.

―¿Y qué crees que van a hacer conmigo? ¿Meterme en una habitación cerrada? ¿Esconderme otra vez? ¿Decir que estoy enferma y que es mejor que nadie sepa que existo?

Conseguí liberar una mano y le arañé el cuello. Gabriel aflojó la presión por un instante, lo suficiente para que le golpeara con la rodilla y lo obligara a soltarme. Se apartó con una mano sobre el pecho, respirando con dificultad, y yo aproveché para ponerme en pie.

―Mis padres decidieron que todos vosotros merecíais una vida feliz ―dije, mientras él intentaba recuperar el equilibrio―.

Una casa bonita, habitaciones con ventanas, cumpleaños, fotografías, vacaciones, amigos.

Vosotros podíais salir a la calle y hacer lo que quisierais, mientras yo tenía que aprender a no hacer ruido para que nadie sospechara que estaba aquí.

―¿De qué estás hablando?

―De mí, Gabriel. Estoy hablando de mí.

Se abalanzó sobre mí antes de que pudiera continuar, quizá porque comprendió que no iba a detenerme, quizá porque temía lo que pudiera hacerle a la mujer que seguía inconsciente en el suelo.

Me empujó contra la puerta y el golpe me dejó sin aire.

Le sujeté la camisa y tiré de ella hasta que perdió el equilibrio; ambos tropezamos con la caja de herramientas y caímos de rodillas entre las llaves, los tornillos y las piezas metálicas que se habían desparramado por las baldosas.

Noté un dolor agudo en una de las manos, pero apenas le presté atención. Gabriel intentó levantarse y lo agarré por el cuello de la camisa, arrastrándolo conmigo hasta que chocó contra el armario.

―¿Sabes qué es lo peor? ―le pregunté, tan cerca de su cara que pude ver una pequeña gota de sangre en la comisura de sus labios―. Que ni siquiera me dieron la oportunidad de demostrar que podía ser como vosotros. Decidieron que estaba defectuosa antes de dejarme vivir.

―Suéltame, maldita zorra.

―De pequeña os veía correr por el jardín. Os escuchaba reír durante las comidas y os oía discutir por tonterías que a mí me habrían parecido maravillosas. A vosotros os castigaban sin salir una tarde y yo pasaba semanas sin ver el cielo. ¿Te parece justo?

Gabriel consiguió empujarme hacia atrás y se incorporó apoyándose en el armario.

Tenía la respiración agitada y una expresión que ya no era de horror; estaba intentando comprenderme, y eso me enfureció todavía más, porque no quería su comprensión ni su compasión.

No después de tantos años en los que ninguno se dio cuenta de nada.

―¿Y por eso has matado a Lucía? ¿A Adrián?

―No me hables de ellos como si fueran inocentes.

―¡Eran tus hermanos!

―¡Y yo era su hermana! ¿Qué vida es más importante? ¿Quién decide eso?

Mi grito resonó en el cuarto y, por un instante, ninguno de los dos se movió.

Desde el suelo llegó un quejido débil. La auténtica Inés había recuperado la consciencia, aunque no parecía tener fuerzas para incorporarse.

Sus ojos se abrieron apenas un segundo antes de volver a cerrarse, y Gabriel desvió la mirada hacia ella.

Fue suficiente para que yo me abalanzara de nuevo.

Le golpeé en el hombro y lo empujé contra la estantería.

Gabriel me sujetó por la cintura, tratando de apartarme de la puerta, pero yo me aferré a él y lo hice caer conmigo.

Rodamos por el suelo, golpeándonos contra las patas de un pequeño banco, hasta que consiguió ponerse encima de mí y sujetarme los brazos contra las baldosas.

―¡Escúchame! ―me gritó―. No tienes que seguir haciendo esto. Podemos ayudarte.

Solté una carcajada que se convirtió en un gemido cuando intenté liberarme.

―¿Ayudarme? ¿Como ayudasteis a Inés?

Gabriel se quedó inmóvil una fracción de segundo.

Ahí estaba. Había encontrado el lugar exacto donde herirlo.

―¿Qué sabes tú de eso? ―preguntó.

―Lo sé todo. Fui yo quien convenció a mamá para que la internaran.

Vi cómo cambiaba su expresión.

―¿Qué?

―La odiaba, Gabriel. Siempre la he odiado.

Era la que más se parecía a mamá, la que recibía sus atenciones, la que podía enfadarse, llorar y conseguir que todo el mundo corriera a consolarla.

Y cuando empezó a ponerse enferma, cuando dejó de comer y todos os preocupasteis por ella, yo vi mi oportunidad.

Gabriel aflojó un poco las manos, sin darse cuenta de que seguía sujetándome.

―¿Tú hiciste que la ingresaran?

―Le dije a mamá que Inés necesitaba ayuda, que podía hacerse daño, que no sabíamos cómo tratarla en casa. No tuve que inventarme demasiado, porque ella ya estaba asustada. Solo tuve que insistir en que lo mejor era apartarla durante un tiempo.

―Estás mintiendo.

―¿Por qué iba a hacerlo? ―Le sonreí―. Quería que se fuera.

Quería que desapareciera de mi vista y que, por una vez, mamá me mirara a mí.

Pensé que si Inés se marchaba, podría ocupar su lugar durante unos años, salir de aquella maldita casa, sentarme a la mesa con vosotros y tener una vida que no estuviera hecha de sobras y ropa usada.

Gabriel me soltó como si acabara de quemarse.

―Dios mío…

Aproveché el instante para girarme y escapar de debajo de él.

Me puse en pie a trompicones, con una mano apoyada en la pared, y él hizo lo mismo, pero ahora había algo distinto en su mirada.

No era miedo. Era la expresión de alguien que acababa de descubrir que las personas a las que había amado durante toda su vida habían construido su historia sobre una mentira mucho más terrible de lo que podía imaginar.

―Pero mamá volvió a esconderte ―dijo, casi para sí mismo.

―Porque cometí un error.

―¿Qué error?

―Uno solo ―respondí, sintiendo que la rabia me subía por la garganta―. Un maldito error que me costó todo.

Gabriel negó con la cabeza, como si necesitara que yo me detuviera antes de escuchar el resto.

No lo hice.

―Había un perro que no dejaba de perseguirme.

Siempre estaba ladrando, olisqueándome, acercándose a las paredes como si supiera que yo estaba allí.

No me dejaba tranquila ni siquiera cuando conseguía salir unos día.

Sí, cuando a Inés le daban unos días, supuestamente, no era ella, era yo.

Un día me siguió hasta el cobertizo y empezó a ladrar como un condenado. Tuve que matarlo.

―¿Qué has dicho?

―Que tuve que matarlo. Era un animal estúpido, Gabriel. Ni siquiera era listo, no merecía estar entre nosotros.

Me miró como si no reconociera mi voz.

―Era un perro.

―¡Era un peligro para mí!

―No era ningún peligro.

―¡Tú no estabas allí!