La casa del acantilado CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

El silencio de Gabriel no me tranquilizaba, porque yo había aprendido a distinguir el silencio de quien ha dejado de buscar respuestas del de quien necesita tiempo para ordenar las preguntas que todavía no se atreve a formular.

Caminaba unos pasos por delante de mí, apartando las ramas mojadas que se cruzaban en el sendero, con los hombros encogidos bajo la chaqueta y la cabeza ligeramente inclinada, atento a las huellas que la lluvia había dejado en el barro.

De vez en cuando se detenía para mirar hacia los árboles, como si esperara descubrir a Adrián detrás de alguno de los troncos, y yo aprovechaba esos segundos para observarlo sin que se diera cuenta, calculando cuánto tardaría en comprender que su hermano no iba a regresar y que la mujer que caminaba detrás de él era la responsable de que nunca pudiera hacerlo.

No quería matarlo allí, en medio del bosque.

No porque me importara su vida, sino porque todavía necesitaba la suya para salir de aquella casa sin levantar más sospechas de las imprescindibles.

Dos cadáveres podían explicarse con dificultad; tres, en una vivienda aislada donde solo quedábamos dos personas, empezarían a contar una historia que ni siquiera la Guardia Civil podría ignorar.

Además, Gabriel era diferente de Adrián.

Mi hermano mayor había confiado en que las cosas podían arreglarse hablando, discutiendo o imponiendo su voluntad, y aquella seguridad lo había vuelto previsible.

Gabriel, en cambio, no necesitaba tener razón para desconfiar de alguien.

Le bastaba con encontrar una pequeña grieta en lo que le contaban para quedarse mirando el agujero hasta descubrir qué había detrás.

―¿Cuánto falta? ―preguntó sin volverse.

―No lo sé. ¿Cinco minutos?

―Tú conoces mejor este camino que yo, ya lo has hecho antes, deberías saberlo.

La observación parecía inocente, pero me hizo levantar la cabeza.

―Has vivido mucho más en esta casa que yo, también deberías conocer los caminos mejor.

―Claro.

Continuó caminando y yo apreté los dientes, molesta por aquella manera suya de responder, como si cada palabra que pronunciaba quedara guardada en algún lugar de su cabeza, pendiente de ser utilizada cuando llegara el momento adecuado.

Entonces vi la casa entre los árboles. El tejado oscuro sobresalía por encima de la vegetación, y las ventanas devolvían una luz grisácea que apenas permitía distinguir lo que había al otro lado de los cristales.

La lluvia había cesado por completo, aunque el viento seguía arrastrando las ramas y hacía crujir los árboles con un sonido que recordaba al de una estructura vieja a punto de romperse.

La puerta principal estaba entreabierta.

Me detuve. Estaba segura de haberla cerrado cuando salí con Gabriel de allí. No había echado la llave, pero había empujado la hoja hasta escuchar el golpe seco.

Gabriel también se había detenido. Miró la puerta y después se volvió hacia mí.

―¿La has dejado así?

―No.

―¿Adrián? ―pronunció en voz alta.

―Quizá haya regresado ―dije, aun sabiendo que no podía ser verdad.

No pareció convencido, pero tampoco respondió. Subió los escalones de la entrada y empujó la puerta con la palma de la mano, despacio, como si esperara que alguien apareciera al otro lado.

El olor me llegó antes de que pudiera ver nada. Era un olor tenue, metálico, mezclado con la humedad de la madera y el aire frío que se había colado desde el exterior. Sangre, pensé. Era extraño, hasta que distinguí las pequeñas manchas oscuras que salpicaban el suelo del recibidor.

Gabriel las vio al mismo tiempo que yo.

―Quédate aquí.

No obedecí, naturalmente. Me coloqué a su lado mientras él avanzaba con cuidado, siguiendo el rastro hasta el pasillo. Había gotas junto a la pared, una marca alargada cerca de la escalera y una huella rojiza sobre la alfombra que conducía hacia el salón.

―¿Crees que es de Adrián? ―pregunté.

Gabriel se agachó sin tocar las manchas.

―No lo sé.

Levantó la mirada hacia mí.

Sentí que algo se tensaba en mi interior, una reacción pequeña y rápida que tuve que disimular bajando los ojos hacia el suelo.

Gabriel se incorporó y siguió el rastro hasta el salón, donde las cortinas se agitaban ligeramente junto a una ventana mal cerrada.

No había nadie allí, pero una silla estaba volcada y una de las puertas que daban al pasillo de servicio había quedado abierta.

Desde el otro lado llegaba una corriente de aire que olía a tierra mojada.

―¿Has oído eso? ―preguntó.

―No.

―¿No lo has escuchado?

―Gabriel, ¿qué quieres que te diga? No he escuchado nada.

Se volvió hacia mí con una expresión cansada, más triste que enfadada.

―La verdad, Inés. Por una vez, me gustaría que alguien me dijera la verdad.

No tuve tiempo de responder.

Desde algún lugar de la casa llegó un golpe.

No fue muy fuerte, apenas un ruido, como si algo hubiera caído. Gabriel giró la cabeza hacia el pasillo de servicio y yo noté que el cuerpo se me quedaba inmóvil antes incluso de comprender por qué.

Detrás de esa pared había un espacio estrecho, un pasadizo oculto entre los muros que comunicaba con el antiguo cuarto de las tuberías.

Yo había recorrido aquellos huecos durante años, aprendiendo dónde podía apoyar las manos, qué tablones crujían y qué zonas debía evitar para no revelar mi presencia.

Sabía que algunas partes de la casa podían oírse desde dentro sin que nadie imaginara que había alguien al otro lado.

Pero aquel golpe revelaba que allí había alguien, pero ¿quién?

Había sonado demasiado cerca.

―¿Qué ha sido eso? ―preguntó Gabriel.

―La casa. Con el viento… ―dije tratando de disimular, pues no había sido buena idea decir lo que sabía.

Otro golpe interrumpió mi respuesta, esta vez acompañado de un roce prolongado, como el de una mano arrastrándose por la madera.

Gabriel avanzó hacia el pasillo.

―Espera ―dije, y mi voz salió más alta de lo que pretendía―. Puede ser una ventana.

Me miró un instante. Después siguió andando.

Lo acompañé porque no tenía alternativa, aunque cada paso me acercaba a una posibilidad que había descartado desde el momento en que abandoné el bosque: la posibilidad de que Inés no estuviera muerta.

No. Eso era imposible, me dije.

La había dejado tendida entre los árboles, con la cabeza golpeada y el cuerpo inmóvil.

Había comprobado que no respondía cuando la llamé y que su respiración, si todavía existía, era tan débil que no había conseguido percibirla.

Después me había marchado, convencida de que la lluvia y el frío terminarían el trabajo que yo había empezado.

La había visto caer.

Y, sin embargo, al acercarnos al pasillo de servicio, distinguí una nueva mancha de sangre en el suelo, más grande que las anteriores, y comprendí que alguien había llegado hasta la casa herido.

Gabriel encontró la puerta del cuarto de las tuberías entreabierta.

―¿Hay alguien ahí dentro?

Nadie respondió.

Empujó la puerta y encendió la luz. El pequeño cuarto estaba desordenado, con una caja de herramientas volcada junto a la pared y varias toallas viejas esparcidas por el suelo.

Al fondo, junto al armario donde nuestra madre guardaba los productos de limpieza, había una figura sentada contra la pared.

Durante un segundo no la reconocí.

Tenía el pelo pegado a la cara, apelmazado por la lluvia y la sangre; una herida abierta le atravesaba la parte superior de la frente y le había dejado un reguero oscuro hasta la sien.

La ropa estaba cubierta de barro y una de sus manos descansaba sobre el vientre, mientras la otra se aferraba al borde de una estantería como si aquel pequeño esfuerzo fuera lo único que la mantenía consciente.

Después levantó la cabeza. Y vi mis propios ojos mirándome desde el rostro de otra mujer.

Gabriel se arrodilló junto a ella.

―¡Inés! ¿Me oyes?

Ella intentó responder, pero solo consiguió emitir un sonido ronco.

Parpadeó varias veces, desorientada, y sus ojos pasaron de Gabriel a mí.

Cuando se detuvieron en mi cara cambió su expresión: el miedo se convirtió en una certeza tan profunda que, por primera vez desde que había salido de detrás de las paredes, sentí que yo era quien estaba encerrada en aquella casa.

Ella sabía quién era yo, y ahora Gabriel no tardaría en darse cuenta.

―No te muevas ―le ordenó Gabriel, quitándose la chaqueta para cubrirle los hombros―. Voy a buscar algo para detener la hemorragia. ¿Puedes decirme qué te ha pasado?

Abrió los labios. Le temblaba tanto la mandíbula que tuvo que inclinarse para escucharla.

―El bosque…

Gabriel se acercó un poco más.

―¿Te has caído?

Ella negó lentamente con la cabeza.

Yo no podía apartar los ojos de la herida. Había sangre seca entre sus cabellos y una inflamación considerable alrededor del golpe, pero seguía respirando. Estaba viva. La había dejado morir y, de algún modo, había conseguido regresar.

―¿Quién te ha hecho esto? ―preguntó Gabriel.

Ella volvió a mirarme, y yo supe que aquello debía de detenerse allí mismo. Pero cualquier movimiento precipitado confirmaría unas sospechas que todavía podía mantener bajo control. ¿Por qué ella era la buena y yo la mala? Aún podía darle la vuelta a todo.

La auténtica Inés tragó saliva. Sus dedos se cerraron con fuerza alrededor de la manga de Gabriel.

―No la dejes acercarse ―susurró.

Gabriel se quedó inmóvil.

Yo sentí que la casa entera se estrechaba a mi alrededor, que las paredes se aproximaban lentamente hasta dejarme sin espacio para respirar.

Durante años había aprendido a vivir en sus entrañas sin que nadie me descubriera, y había imaginado muchas veces el día en que saldría al mundo llevando una identidad que me pertenecía tanto como a ella.

Porque nuestros padres decidieron que yo debía permanecer escondida, mientras ella disfrutaba de una vida plena.

―¿Quién es, Inés? ¿Sabías que existía?

Ella intentó levantar una mano, pero el esfuerzo la venció. Se le cerraron los ojos y su cabeza cayó hacia un lado.

―¡Inés!

Gabriel le sostuvo la cara y comprobó que seguía respirando. Después levantó la vista hacia mí, y en sus ojos ya no vi únicamente sospecha. Había algo más, una alarma que comenzaba a darle sentido a todas las piezas que no habían encajado desde aquella mañana.

―¿Tú le has hecho esto? ―me gritó.

No me moví.

Él se puso en pie lentamente.

―¿Quién eres?

Miré a Inés tendida en el suelo, a la sangre que había dejado sobre las baldosas y a la mano de Gabriel, que seguía protegiéndola incluso después de haber dejado de hablar.

Podía mentir. Podía fingir que estaba conmocionada, que no entendía nada, que el golpe le había provocado delirios.

Podía seguir siendo Inés durante unos minutos más, y tratar de convencerle de que no sabía quien era ella y no intentar justificar quien era yo.

Pero, parecía un esfuerzo estúpido, porque Gabriel sabía qué había visto a la verdadera Inés.

Y eso no podía evitarlo ya.

Gabriel dio un paso hacia mí.

―Mírame.

Levanté la cabeza.

―¿Qué?

Sus ojos descendieron un instante hacia mis manos, después hacia mi ropa y, finalmente, volvieron a mi rostro.

―Quiero que me expliques dos cosas.

No respondí.

―¿Por qué Inés te tiene miedo, y quien eres tú?