Capítulo 19
Encontré a Gabriel antes de que él pudiera llegar hasta mí. Estaba mucho más serio de lo normal.
Cuando me vio caminar hasta él, levantó la cabeza.
―¿Dónde estabas? ―preguntó.
Me detuve.
―Con Adrián ―respondí tranquilamente.
Su mirada se dirigió inmediatamente hacia la puerta del cobertizo.
―¿Dónde está? ―quiso saber.
No respondí enseguida.
Gabriel dio un paso hacia mí.
―¿Dónde está Adrián? ―volvió a preguntarme, esta vez más serio.
―Ha ido al bosque.
―¿Al bosque? ―Asentí―. A buscar a Lucía.
Gabriel permaneció inmóvil.
―¿Por qué iba a buscarla en el bosque?
―Porque pensamos que quizá está allí.
―¿Por qué?
―No lo sé, ¿qué te pasa?
Mi respuesta pareció dejarlo incómodo.
―¿Y por qué no habéis ido los dos?
―Me dijo que no me moviese de aquí.
―¿Por qué?
Me encogí de hombros. Debía parecer confundida por sus preguntas, aunque sabía bien porqué las hacía. A estas alturas había encontrado algo extraño, incluso era probable que la hubiera encontrado a ella.
―Adrián me dijo que viniera a comprobar si tú necesitabas ayuda para cerrar la casa y que él volvería con Lucía para irnos.
Gabriel no respondió.
Me observó durante unos segundos, y tuve que hacer un esfuerzo para no apartar la mirada.
―¿Has visto a Lucía? ―me preguntó.
―No.
―¿Adrián la ha visto ir hacia el bosque?
―No que yo sepa.
Gabriel bajó lentamente su mirada de mí.
―Ha ocurrido algo, necesito que me escuches y que no te alteres cuando lo veas, ¿me escuchas?
―¿Qué quieres decirme?
No contestó. Me cogió de la mano y caminamos juntos hasta el interior de la casa.
―Ven.
Lo seguía, su mano apretaba fuertemente la mía mientras caminábamos. Una vez dentro subimos al piso de arriba.
Había algo diferente en su manera de caminar. Parecía concentrado.
Se detuvo frente a la puerta de mi habitación, en ese momento supe lo que quería enseñarme.
Yo me puse nerviosa, no sabía lo que él estaba pensando.
―He encontrado algo.
―¿Qué?
Me miró.
―A Lucía.
No dije nada.
―Está en tú habitación.
Esperó mi reacción.
Yo dejé que el silencio durara un poco más de tiempo antes de llevarme una mano a la boca.
―¿Qué estás diciendo?
Gabriel asintió.
―Está muerta.
Di un paso atrás.
―No.
―Sí.
Negué con la cabeza.
―No puede ser.
―La he encontrado debajo de la cama.
Miré hacia el suelo.
―¿Cómo?
―No lo sé todavía.
―¿Está...?
―Sí.
―¿Has llamado a la Guardia Civil?
―No hay cobertura.
Me acerqué a la mesa y apoyé las manos sobre ella.
―Dios mío.
Tenía que parecer realmente afectada.
Gabriel se quedó observándome.
―Por eso te estaba buscando.
―¿Por qué está aquí, quién lo ha hecho?
―Eso es precisamente lo que no sé y voy a averiguar.
Levanté la mirada.
―Claro que no lo sabes. ¿Quién iba a querer matar a Lucía?
―¿Qué ocurrió en el bosque, Inés?
―¿Por qué me haces esa pregunta ahora, acaso sospechas de mí, crees de verdad que podría hacerle daño a mi propia hermana?
No respondió.
Gabriel caminó hasta la ventana.
―Porque tú sabes como yo que desde que os fuisteis al bosque nada fue como antes. ¿Dónde está Adrián?
―Fuimos al cobertizo y como no estaba allí, él fue al bosque a buscarla.
―¿Y tú?
―Yo le dije de ir con él, pero me pidió que me quedase por si regresaba. Ya te lo he dicho.
Gabriel permaneció mirando hacia el exterior, al poco volvió a mirarme
―Esto no tiene sentido.
No dije nada.
Se acercó a la cómoda.
―¿Qué te dijo Adrián exactamente?
―Que iba a buscarla.
―¿Nada más?
―No.
―¿Discutisteis?
Lo miré.
―No ―exageré mi respuesta.
―¿Seguro?
―Sí.
Gabriel asintió lentamente.
―Bien. Nos vamos.
―¿A dónde?
―Al bosque.
Lo miré.
―¿Ahora?
―Ahora.
Sentí una punzada de satisfacción que tuve que ocultar inmediatamente.
Gabriel era práctico, no iba a sospechar de mí a la primera. Eso podía ser una ventaja. Mientras tanto, yo tendría tiempo para pensar.
―¿No deberíamos esperar a la Guardia Civil?
―He intentado llamar. No hay cobertura y la carretera ha desaparecido. ¿A qué quieres que esperemos?
Se guardó el teléfono en el bolsillo.
―Si Adrián está herido o se ha perdido, no podemos quedarnos aquí esperando. Quien le haya hecho esto a Lucía puede hacérnoslo a cualquiera de nosotros.
Me acerqué a la puerta.
―Qué miedo.
Salimos de la casa. Gabriel caminaba deprisa y yo iba detrás. Ni muy cerca ni demasiado lejos, lo suficiente para que pareciera natural.
Durante varios minutos ninguno pronunció una sola palabra. Solo se escuchaban nuestras pisadas hundiéndose en el barro y el agua que todavía caía de los árboles cuando el viento soplaba sus hojas.
Finalmente Gabriel se detuvo.
―¿Por dónde fuisteis cuando estuvisteis vosotras aquí?
―Por allí.
Señalé un sendero estrecho.
Gabriel lo observó.
―¿Y luego?
―Seguimos recto.
―¿Cuánto tiempo estuvisteis allí?
―No lo sé.
Gabriel me miró.
―¿Cómo que no lo sabes?
―No miré el reloj.
Continuó caminando, seguimos unos metros y entonces se detuvo de nuevo.
―¿Por qué dijiste que habías visto a Lucía entrar en el cobertizo?
Lo miré.
―Porque la vi.
―¿Desde dónde?
―Desde la casa.
―¿Sabes que eso es imposible, verdad? Cuando la encontré estaba muerta, ¿lo entiendes? No respiraba. Asi es que es científicamente imposible que tú pudieses verla en el cobertizo.
No contesté inmediatamente.
―No lo sé. Pues me pareció verla.
Gabriel me miró de reojo.
―¿No sabes si la viste?
―No. Ahora ya estoy dudando, quizá era otra persona.
―¿Y confundiste a otra persona con Lucía?
―Sí.
―¿Qué llevaba puesto? ¿Qué ropa llevaba la persona que viste?
Sentí una presión en el pecho, tenía claro que no era por miedo, era más bien por irritación. Me estaba cabreando con tanta pregunta.
―No lo recuerdo.
Gabriel se detuvo.
―Ayer llevaba una chaqueta oscura ―dijo.
―Sí.
―Y botas.
Asentí.
―Sí.
―Pero esta mañana no llevaba botas.
Lo miré.
No dije nada. Porque yo qué sabía si llevaba o no putas botas, no estaba segura de sí era una trampa esperando a que cayese en ella.
Gabriel bajó la mirada hacia el suelo.
―¿Por qué creíste que era ella?
―Porque vi a alguien, y como no estaba conmigo pensé que estaba ahí fuera.
―Eso no responde a mi pregunta.
―Gabriel, no puedo responder a tu maldita pregunta.
―Ya…
Su tono había cambiado lo suficiente para entender que no confiaba nada en lo que le estaba diciendo.
―Todos estamos cansados.
Reanudó la marcha, caminé detrás de él, pensé en matarlo, pero no podía matarlo allí, estaba claro que físicamente estábamos en desigualdad. Y Gabriel sí estaba en forma.
Me puse a pensar y decidí que lo mejor sería encontrar una forma de hacer que su muerte pareciera una consecuencia de lo que había ocurrido. Señalarlo como el culpable de ambas muertes.
Llegamos al lugar donde el sendero se dividía.
Gabriel se agachó al ver un par de huellas sobre el barro.
―¿Crees que estas marcas son de las botas de Adrián?
―No tengo la menor idea. Puede, o puede que no ―respondí.
―El caso es que si fuesen sus huellas no podríamos explicar porque hay otras huellas de un tamaño similar a su lado.
―Estás haciendo demasiadas preguntas.
Gabriel sostuvo mi mirada.
―Y tú estás dando demasiadas respuestas que no explican nada.
Durante unos segundos ninguno de los dos se movió.
Entonces Gabriel apartó la vista.
―Volvamos.
―¿Sin encontrarlo?
―No sabemos dónde está.
―Pero...
―Volvemos he dicho.
Echó a andar.
Yo me quedé quieta porque no me gustaba. No me gustaba nada. No podía saber en lo que estaba pensando, pero sí que intuía que lo que fuese que imaginaba estaba todo el tiempo dando vueltas a mí.
Cuando ya estábamos cerca de la casa, Gabriel habló sin mirarme.
―Hay algo que quiero preguntarte.
―¿Qué?
―Lo de esta mañana.
Sentí cómo se tensaban mis dedos dentro de mis puños apretados.
―¿Qué pasa con esta mañana?
―La historia del brazo de Lucía.
No respondí.
―Dijiste que no recordabas nada.
―Eso es porque no lo recuerdo.
―Pero estabas allí.
―Eso habéis dicho.
―No.
Gabriel se detuvo.
―Yo lo recuerdo.
Lo miré.
―¿Qué recuerdas?
―Que tú estabas allí.
Esperé.
―Recuerdo que Lucía corría.
―Eso ya lo habéis dicho.
―Y recuerdo que tú ibas detrás de ella.
No contesté.
Gabriel dio un paso hacia mí.
―No sé porque no lo recuerdo, pero juro que no tengo ni una sola imagen de ese día.
―También recuerdo que después fuiste tú quien corrió a buscar a papá.
No aparté la mirada.
―No lo recuerdo ―solo dije aquello.
Gabriel permaneció callado hasta que después de unos cuantos segundos volvió a hablar.
―Eso es lo que me preocupa.
―¿Por qué?
―Porque hay cosas que una persona puede olvidar. Pero no creo que se olvide de quién es.
No dije nada.
Él siguió caminando.
El tiempo se estaba acabando para mí, tenía que hacer algo cuanto antes.
Cuando llegamos a la casa, él abrió la puerta y entró primero. Yo me quedé fuera. Miré el cielo.