La casa del acantilado Capítulo 18
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Capítulo 18

Inés

Adrián cerró el maletero de un golpe y se quedó unos segundos mirando la casa.

―¿Dónde cojones se ha metido Lucía?

Gabriel levantó la cabeza desde el otro lado del coche.

―Arriba. Dijo que terminaba de recoger sus cosas.

Adrián miró el reloj.

―Lleva demasiado tiempo.

―Ya sabes cómo es.

―Precisamente por eso.

Gabriel sonrió.

―¿Quieres que vaya a buscarla?

―No. Voy yo.

Me quedé junto al coche, observándolo.

―Yo sé dónde está.

Adrián se volvió hacia mí.

―¿Dónde?

―Juraría que caminaba dirección al porche.

―¿Salió?

Asentí.

―La vi por la ventana.

Era una mentira sencilla y totalmente creíble.

No necesitaba más.

―¿A dónde dices?

―Hacia el cobertizo.

Adrián frunció el ceño.

―¿Para qué iba a ir allí?

Me encogí de hombros.

―No lo sé. Quizá a buscar algo.

Gabriel miró hacia el camino que llevaba hasta la pequeña construcción de piedra que había detrás de la casa.

―¿Estás segura de que era ella?

―Sí. ¿Quién más sino?

Adrián soltó el aire.

―Voy a traerla.

―Voy contigo.

Me miró durante un segundo.

―No hace falta.

―Quiero ir, así echo un vistazo dentro, no recuerdo qué puede haber ahí dentro.

No discutió.

Gabriel abrió el maletero otra vez y colocó una mochila que se había quedado fuera.

―Yo voy a terminar de cerrar todo. Si vuelve a llover, prefiero que no nos encontremos con media casa inundada cuando salga comprador.

―No tardamos ―dijo Adrián.

Gabriel levantó una mano.

―Pues daos prisa.

Empezamos a caminar.

El suelo todavía estaba empapado y las botas se hundían ligeramente en el barro, y el cielo seguía cubierto por nubes grises que se desplazaban lentamente sobre el acantilado.

Adrián caminaba delante de mí, y para mi tranquilidad no parecía preocupado. Eso me gustaba.

―¿Dónde dices que la viste?

―Por aquí.

Seguimos avanzando.

El cobertizo apareció detrás de unos árboles.

Era una construcción pequeña, antigua, con las paredes cubiertas de musgo y una puerta de madera que había perdido parte de la pintura.

Adrián se paró frente a la puerta al ver que estaba cerrada.

―No creo que esté dentro, hubiese dejado la puerta abierta.

―¿Habrá entrado y la puerta se cerró?

―No lo creo, pero ya que estamos miraré.

―Sí.

Se acercó a la puerta.

―Lucía ―la llamó.

Esperó su respuesta, pero como era evidente no iba a responderle.

Volvió a llamar.

―¡Lucía!

Me quedé unos pasos detrás.

Adrián giró la cabeza.

―¿Seguro que la viste?

―Sí.

―Ok, entremos ―dijo.

Me acerqué. Adrián empujó la puerta. El interior estaba oscuro.

―Lucía ―continuaba llamándola.

Entró y yo lo seguí.

Había una mesa, unas estanterías, cajas viejas y varias herramientas apoyadas contra la pared.

Adrián miró alrededor.

―Aquí no está.

―Quizá se ha escondido.

Me miró.

―¿Qué?

Sonreí ligeramente.

―Nada, era broma.

―Qué buen momento para hacer bromas, Inés.

Entonces se giró hacia la puerta, y fue en ese instante cuando entendió que algo no iba bien.

No sé exactamente qué vio en mi cara.

Quizá fue la tranquilidad, o puede que la forma en la que cerré la puerta detrás de mí.

Quizá simplemente comprendió demasiado tarde que no habíamos ido allí para buscar a Lucía.

―¿Dónde está? ―preguntó.

No respondí.

―¿Dónde está Lucía?

Seguí mirándolo.

Adrián retrocedió un paso.

―Inés.

―No me llames así.

Se quedó inmóvil.

―¿Qué?

―Ese no es mi nombre.

Adrián frunció el ceño.

―¿De qué estás hablando?

No tuve tiempo de contestarle.

Se abalanzó sobre mí.

Me agarró por los brazos y me empujó contra una de las estanterías. Una caja cayó al suelo y varias herramientas rodaron por las tablas del suelo.

Era más fuerte de lo que esperaba.

O quizá yo había subestimado lo desesperado que podía ponerse un hombre cuando comprendía que estaba en peligro.

―¿Qué coño te pasa? ―gruñó.

Intenté apartarlo.

―Suéltame.

―¿Dónde está Lucía?

Me agarró con más fuerza.

―¡Te estoy preguntando dónde está!

Le golpeé en el pecho con las manos.

No cedió nada, era más pesado que yo, pero estaba cansado y no tenía mi resistencia. Llevaba días durmiendo poco, comiendo mal y soportando aquella tormenta, y llevaba demasiado tiempo arrastrando el cuerpo de alguien que ya no estaba en forma.

Conseguí zafarme de uno de sus brazos.

Él volvió a agarrarme, caímos contra la mesa.

El golpe hizo que una lámpara vieja se balanceara sobre nuestras cabezas.

―¡¿Quién eres?! ―gritó.

Lo empujé.

Esta vez cayó hacia atrás.

Aproveché para apartarme.

Adrián respiraba con dificultad.

―Estás loca.

―No.

―¿Qué has hecho con Lucía?

―Eso ya no importa.

Se abalanzó otra vez.

Esta vez lo estaba esperando. Así que me aparté a tiempo y él chocó contra la pared.

Su mano buscó algo para apoyarse y levantarse, y fue cuando yo vi la pala.

Estaba apoyada junto a una de las estanterías, la cogí.

Adrián se volvió.

―No hagas una tontería.

Lo miré, y durante unos segundos solo escuchamos nuestra respiración.

―Tú siempre fuiste el que menos observaba ―dije.

―¿Qué?

―Aunque estuviera delante no me habrías visto jamás.

Adrián consiguió levantarse y dio un paso hacia mí.

―Suelta eso.

No lo hice.

―Tú nunca escuchabas.

―Inés...

―Ese nombre no es.

Se acercó.

Yo levanté la pala.

Él intentó quitármela.

Forcejeamos un poco, sus dedos alcanzaron el mango y durante un instante pensé que iba a arrebatármela, pero tiré con todas mis fuerzas y conseguí liberarla.

Adrián perdió el equilibrio.

Aproveché para coger aire y con todas mis fuerzas le di un golpe seco con la pala sobre su cabeza.

El sonido fue brutal.

Adrián se quedó quieto.

Después se llevó una mano a la frente.

Cuando la apartó, tenía sangre en los dedos que corría a borbotones.

Me miró sin entender.

―Tú...

Retrocedió.

Tropezó con una caja y cayó de rodillas.

La sangre empezó a descenderle desde la frente, siguiendo una línea oscura hasta la ceja.

Respiraba cada vez más deprisa.

―¿Quién eres? ―preguntó.

Esta vez no había rabia en su voz, solo asomaba el miedo.

Me quedé frente a él.

Y por primera vez desde que había salido de las paredes, sentí que podía decírselo.

―Soy tu hermana.

Adrián levantó la cabeza.

―¿Qué?

―Tu hermana.

Negó lentamente.

―No.

―Sí.

―Eso es imposible.

Sonreí.

Se quedó mirándome.

―No sé de qué estás hablando.

―Claro que no.

Me acerqué un poco.

―Soy la hermana a la que escondieron para protegeros.

Adrián no apartaba los ojos de mí.

―No digas estupideces, Inés.

―Mamá nunca quiso deshacerse de mí. ―Me arrodillé frente a él―. Nunca.

Su respiración se volvió más irregular.

―¿Qué estás diciendo?

―Que mamá y papá me escondieron. Que ella fue quien permitió que siguiera viviendo en la casa.

Adrián abrió la boca, pero no encontró palabras.

―No ocurrió lo mismo con papá ―continué―. Él vino una noche a acabar conmigo.

Sus ojos se abrieron.

―Pero yo me defendí.

Miré hacia la puerta.

―Y terminé tirándolo por el acantilado.

Adrián se quedó completamente inmóvil.

―¿Lo... mataste?

―Sí.

El silencio que siguió fue casi agradable.

―¿No sabías? Qué vas a saberlo, ninguno os preguntasteis porqué papá se quitó la vida eh, estabais todos muy ocupados con vuestros miserables problemas.

Adrián negó con la cabeza.

―No.

Me reí suavemente.

―Sí, estabas demasiado ocupado preocupándote por tu trabajo.

Adrián me miró con una mezcla de terror y desconcierto.

―No puede ser.

―Sí, puede ser.

―Mi madre nunca...

―Mamá me quería, ¿sabes? ella nunca quiso que yo fuera mala, pero dentro de mí hay algo oscuro que no supo hacer que desapareciera.

―Sí. Siempre he sabido quiénes erais cada uno.

Adrián tragó saliva.

―¿Cómo?

―Os escuchaba siempre.

Me acerqué a él.

―He vivido todo este tiempo escondida detrás de las paredes de esta casa, escuchándoos a todos.

Adrián me miraba como si estuviera intentando reconstruir toda su vida en unos pocos segundos.

―Os oía hablar ―Señalé la casa―. Os oía discutir.

Mi voz empezó a endurecerse.

―Os oía lamentaros de vuestra vida, de vuestros trabajos, de vuestros matrimonios, de vuestro dinero, de vuestras desgracias...

Adrián cerró los ojos.

―Ninguno sabíamos de tu existencia.

―Mientras yo vivía como una rata.

Abrí las manos.

―Comiéndome vuestras sobras ―Di un paso más―. Vistiéndome con las ropas que ya no usabais.

Adrián intentó incorporarse.

―Esto no...

―¿Sabes lo que era escucharos reír mientras yo estaba al otro lado de una pared?

No contestó.

―¿Sabes lo que era escuchar a mamá llamaros por vuestro nombre?

La voz se me quebró ligeramente, pero no por tristeza. Por rabia.

―Yo también quería un nombre.

Adrián respiró con dificultad.

―¿Qué quieres ahora?

Lo miré.

―Ya no quiero esconderme.

Una sonrisa apareció lentamente en mi rostro.

―Ahora voy a ser libre.

―¿Qué le has hecho a Inés?

Entonces escuché una voz.

―¡Inés!

Me giré hacia la puerta y vi a Gabriel a través de la ventana casi opaca.

―¡Adrián!

Venía caminando rápido desde la casa.

―¡Inés, Adrián! ¿Dónde estáis?

Adrián me miró.

Yo no dije nada.

Gabriel volvió a gritar.

Esta vez su voz sonaba diferente. No era una llamada normal. Había miedo.

―¡INÉS!

Unos segundos de silencio.

―¡DIOS MÍO! ―dijo Adrián en un susurro.

Lo había entendido todo, estaba segura de que Adrián había atado cabos y sabía que no íbamos a encontrar nunca a Lucía con vida.

Gabriel ya la había encontrado. Lo supe antes de que volviera a hablar.

―¡Lucía está muerta!

Adrián intentó levantarse.

Me miró y vio en mi cara que su vida ya había terminado.

Le asesté un palazo justo donde antes le había golpeado, y cayó al suelo de inmediato.

Abrí la puerta del cobertizo.

La luz gris de la mañana entró de golpe. Me limpié una pequeña mancha de sangre que tenía en la mano contra el pantalón y miré una última vez a Adrián. Después salí.

Cerré la puerta y empecé a caminar hacia Gabriel.