La casa del acantilado Capítulo 17
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Capítulo 17

Inés

La tormenta había terminado durante la noche.

No de golpe, sino poco a poco, como si el cielo hubiera ido perdiendo fuerzas hasta quedarse sin nada más que descargar sobre la casa.

Cuando abrí los ojos, ya no escuchaba los golpes violentos de la lluvia contra los cristales, sino un goteo constante que caía desde los tejados y una sucesión de pequeños chasquidos procedentes de las ramas mojadas que todavía rozaban la fachada.

Me quedé tumbada unos segundos, mirando el techo. La habitación estaba fría.

Había dormido con la ventana cerrada y, aun así, el aire olía a humedad, a madera mojada y a aquella casa vieja que parecía conservar en sus paredes todos los olores que ellos habían traído.

Me incorporé despacio.

Sobre la silla estaba la ropa que había llevado el día anterior, todavía húmeda en algunas zonas, y encima de la cómoda había dejado las prendas limpias que había sacado del armario.

Las miré durante unos segundos.

No pude evitar sonreír, me gustaba aquel olor. El jabón, la tela limpia. El calor que conservaban algunas prendas cuando habían sido secadas cerca de una estufa.

Durante años había conocido otras cosas. El polvo, la humedad, la madera. El olor cerrado de los rincones donde nadie entraba. Desde que ella había muerto, había aprendido a conformarme con muy poco.

Ahora tenía una habitación bonita, una cama y un armario lleno.

Me levanté y me vestí.

Antes de bajar, me miré en el espejo, solo para convencerme de que mi cara era la misma.

El pelo podía arreglarse, la ropa podía imitarse, hasta los gestos podían aprenderse.

Y si alguien encontraba algo extraño, siempre habría una explicación. Había pasado una noche horrible. Había estado perdida. Estaba en shock como había escuchado que ellos mismos decían.

Nadie esperaba que una persona volviera de aquello comportándose exactamente como antes.

Para ellos era suficiente.

Abrí la puerta y bajé, y en la cocina estaban los tres.

Gabriel preparaba café mientras Adrián permanecía junto a la ventana, mirando hacia el exterior. Lucía estaba sentada a la mesa, con las manos alrededor de una taza y el pelo recogido en una coleta alta sobre su cabeza.

Los tres se giraron cuando entré.

―Buenos días ―dijo Gabriel.

―Buenos días.

Lucía me sonrió.

―¿Has dormido?

―Sí.

―¿De verdad?

Asentí mientras me sentaba.

―Estoy mejor.

Gabriel dejó una taza delante de mí.

―Toma.

La acerqué a mi nariz. El olor del café me devolvió a esos pocos años en los que sí pude estar aquí.

Durante unos segundos nadie habló.

Era extraño estar allí sentados después de lo ocurrido la noche anterior, como si hubiéramos despertado de una pesadilla y ahora tuviéramos que fingir que la vida continuaba con normalidad. O al menos para lo que ellos sabían.

Adrián miró por la ventana.

―El camino parece despejado, aunque la única salida sea atravesar el camino del bosque, pero siempre será mejor que quedarnos aquí. Deberíamos dejar las cosas en los coches, llegar abajo por el camino andando y pedir ayuda.

Gabriel dejó la cafetera sobre la encimera y se acercó.

―El agua ha bajado muchísimo.

―¿Crees que podremos salir?

―Si sigue así, sí.

Lucía suspiró aliviada.

―Gracias a Dios.

Adrián se giró hacia nosotros.

―En cuanto terminemos de desayunar, recogemos todo y nos vamos.

Nadie protestó.

Yo bajé la mirada hacia mi café.

Me parecía bien. Cuanto antes saliéramos de allí, mejor. Necesitaba salir de aquella casa de una maldita vez.

Gabriel volvió a sentarse.

―Pues ya está decidido. Iremos por el bosque.

―No pienso volver a pasar por ahí ―dijo Lucía.

Sonrió intentando quitarle importancia, pero todavía tenía el miedo escrito en la cara.

―No digas tonterías no hay otra forma ―añadió Adrián.

Hubo un silencio.

Entonces Gabriel sonrió.

―¿Os acordáis de aquella vez que nos perdimos allí cuando éramos pequeños?

Lucía levantó la cabeza.

―¿Cuando tú tenías ocho años?

―Nueve.

―Tenías ocho.

―Tenía nueve.

Adrián se rio.

―Tenías ocho y lloraste durante media hora.

Gabriel le lanzó una servilleta.

―No lloré.

―Lloraste.

―No lloré.

Lucía empezó a reír.

―Claro que lloraste.

Los observé.

No entendía de qué hablaban.

Gabriel se echó hacia atrás en la silla.

―Fue culpa de Lucía.

―¿Mía?

―Sí. Saliste corriendo.

Lucía abrió mucho los ojos.

―Porque tú me perseguías.

―Porque habías cogido mi gorra.

―Porque me la habías quitado antes.

Adrián se rio.

―Y luego pasó lo del brazo.

La conversación cambió de tono.

Gabriel bajó la mirada.

Lucía negó con la cabeza, sonriendo.

―No me lo recuerdes.

―¿Cómo olvidarlo? ―dijo Adrián―. Gabriel salió detrás de ti como un loco, tú te tropezaste con aquella raíz y te rompiste el brazo.

―No fue así.

―Fue exactamente así.

―No me rompí el brazo por culpa de Gabriel.

Gabriel levantó las manos.

―Yo nunca he dicho que fuera culpa mía.

Lucía lo miró con una sonrisa.

―Lo has dicho durante veinte años.

Los tres rieron.

Yo permanecí en silencio.

No tenía nada que decir.

Adrián dejó de reír poco a poco.

Me miró.

―¿Tú no te acuerdas?

Lo observé.

―¿De qué?

―De aquel día.

Negué con la cabeza.

―No.

El silencio que siguió fue inquietante, corto pero suficiente.

Gabriel dejó la taza sobre el plato.

Lucía miró a Adrián.

Adrián volvió a mirarme.

―Inés, estabas allí.

―No me acuerdo.

―Pero si fuiste tú la que estuvo con nosotros tratando de tranquilizarnos a pesar de lo pequeña que eras.

No respondí.

Sentí que algo se ocurría en el ambiente.

Gabriel intervino rápidamente.

―Bueno, era pequeña.

―Teníamos la misma edad ―dijo Lucía.

―Sí, pero...

―Además ―añadió Adrián―, Inés siempre ha contado esa historia, ahora no le apetece, aunque haya dicho que no lo recuerda.

Eso era un problema.

Lo comprendí inmediatamente.

―Cambiemos de tema ―dije.

Adrián frunció el ceño.

―Qué rara estás.

Lucía jugueteó con la cucharilla.

―Quizá está todavía desorientada por lo de ayer.

Gabriel asintió.

―Eso mismo estaba pensando.

Adrián lo dijo pero, pareció no estar completamente convencido, y finalmente se encogió de hombros.

―Sí, puede ser.

Volví a mirar el café.

No dije nada más, y es que no podía decir nada.

Porque aquella historia no existía para mí.

Yo no había estado allí. No había corrido detrás de Lucía, no había visto a Gabriel perseguirla, no había visto caer a nadie.

Nunca había vivido aquel verano. Y, sobre todo, no podía inventar recuerdos sin arriesgarme a equivocarme. Era mejor callar.

Terminamos de desayunar poco después.

Gabriel comenzó a recoger las tazas mientras Adrián subió a buscar algunas cosas.

Lucía se levantó y llevó los platos al fregadero.

―Voy a terminar de recoger mi habitación ―dijo.

La vi salir de la cocina, y esperé unos minutos.

Luego dejé la taza sobre la mesa y subí también.

No sabía exactamente qué iba a hacer.

Solo sabía que Lucía me había estado observando, y para mi gusto demasiado desde que había regresado. Había algo en su mirada que no me gustaba.

Cuando llegué al pasillo, vi que la puerta de mi habitación estaba abierta.

Lucía estaba dentro.

Me detuve.

―¿Qué haces aquí?

Se giró al escucharme.

―Quería hablar contigo.

Entré y cerré la puerta detrás de mí.

Lucía estaba junto a la cama.

Parecía nerviosa.

―¿Sobre qué?

―Sobre ti.

No respondí.

Ella se cruzó de brazos.

―Desde que volviste estás rara.

―Estoy cansada.

―No es eso.

―¿Entonces qué es?

Lucía dudó.

―No lo sé.

Sonreí.

―Pues entonces no tienes nada que preguntarme.

―Sí tengo.

Se acercó un poco.

―Ayer no eras tú.

Sentí cómo algo se volvió oscuro dentro de mí.

―¿Qué quieres decir?

―No sé explicarlo.

―Pues inténtalo.

Lucía bajó la voz.

―Te conozco.

―¿Sí?

―Sí.

Dio otro paso.

―Y tú no te comportas así.

―He pasado buena parte de la noche perdida en el bosque.

―Lo sé.

―Entonces ya sabes por qué estoy diferente.

―No.

La miré.

Ella sostuvo mi mirada.

―No creo que sea solo eso.

Mi cuerpo se quedó completamente quieto.

―¿Qué estás insinuando?

―Nada.

―Sí estás insinuando algo.

―Solo quiero saber qué te ha pasado.

―Ya te lo he dicho.

―No me lo has contado todo.

Sentí la mano de Lucía moverse ligeramente.

No sabía qué iba a hacer.

Pero estaba demasiado cerca.

Y entonces recordé el colgante, ese mismo colgante que mi madre me puso en el cuello igual que se lo puso a …

Entonces recordé la conversación de la noche anterior, ella había venido a mi habitación a decirme algo, y todo cambió seguramente al verme el colgante en el cuello. Ella se había dado cuenta.

―Lucía ―dije despacio―, tienes que dejarlo.

―¿Dejar qué?

―De hacer preguntas.

―¿Por qué?

No contesté.

Ella dio otro paso.

―¿Quién eres?

La pregunta me sacó de todas esas dudas que tenía. Lo sabía.

En ese momento comprendí que ya no podía dejarla salir de aquella habitación.

Mi mano bajó lentamente hacia la cintura de mi pantalón, mis dedos encontraron el mango del cuchillo que había guardado allí antes de subir.

Lucía no lo vio.

―Inés...

―Lo siento.

Frunció el ceño.

―¿Por qué?

Me acerqué hasta ella y todo ocurrió muy deprisa.

No le dio tiempo de gritar ni de pedir ayuda, mi movimiento fue rápido y preciso.

Después Lucía cayó al suelo. Me quedé mirándola durante unos segundos. No sentí nada.

Me agaché y comprobé que no había posibilidad de que se levantara. Después arrastré su cuerpo hasta el lateral de la cama.

La empujé debajo. El espacio era oscuro y muy estrecho, pero suficiente.

Recogí lo que había quedado fuera, limpié rápidamente lo imprescindible y me quedé unos segundos mirando el suelo.

Dos segundos después me estaba lavando las manos, me arreglé el pelo delante del espejo.

Abrí la puerta. Antes de salir, miré una última vez debajo de la cama, tenía que asegurarme de que no se veía nada.

Cerré la puerta del dormitorio y bajé las escaleras.

En el exterior, Adrián y Gabriel ya estaban junto a los coches.

Gabriel metía una mochila en el maletero.

Adrián llevaba dos bolsas en las manos.

―¿Todo bien? ―preguntó Gabriel al verme.

Asentí.

―Sí.

―¿Lucía?

Miré hacia la casa.

―Dijo que salía a tomar el aire, creí que estaba aquí.

Gabriel cerró el maletero.

―Pues más le vale que se dé prisa en aparecer.

Sonreí.

Me quedé junto a ellos mientras terminaban de cargar el equipaje.

La mañana parecía en calma después de la tormenta.

El cielo comenzaba a abrirse.

Adrián cerró la puerta del maletero.

―Por fin nos vamos.

Gabriel soltó una pequeña risa.

―No sabes las ganas que tengo.

Yo miré hacia la casa. Nadie podía ver lo que había quedado arriba.

Nadie sabía que Lucía no iba a aparecer, tenía que pensar en algo.