La casa del acantilado Capítulo 16
62%

Capítulo 16

Lucía

Durante un buen rato nadie supo muy bien qué hacer con Inés.

Después de encontrarla en la puerta, empapada, cubierta de barro y con aquella expresión ausente que no había conseguido quitarse de encima ni siquiera cuando Gabriel la abrazó, la sentamos junto al fuego y empezamos a hacer por ella todas esas cosas que uno hace cuando alguien ha pasado por algo que no termina de comprender: le acercamos una manta, le preparamos algo caliente, le preguntamos si le dolía algo, si tenía frío, si recordaba dónde estuvo, si se ha había daño, aunque en realidad ninguna de nuestras preguntas parecía llegar hasta ella.

Inés respondía, pero lo hacía con una especie de retraso extraño, como si primero tuviera que escuchar nuestras palabras, después pensar qué significaban y solo entonces decidir si merecía la pena contestarlas.

―¿Te duele la cabeza? ―le preguntó Gabriel.

Ella tardó unos segundos en levantar los ojos de la taza.

―No.

―¿Estás segura?

―Sí.

―¿Y el brazo?

Inés miró su propio brazo, como si acabara de recordar que lo tenía.

―Tampoco.

―Tienes arañazos.

Ella bajó la manga.

―No es nada.

Adrián, que permanecía de pie cerca de la ventana, se volvió hacia ella.

―¿Qué ha pasado ahí fuera?

Inés no respondió inmediatamente.

El fuego crepitó detrás de nosotros y una ráfaga de viento hizo vibrar los cristales de las ventanas del salón, recordándonos que, aunque la tormenta parecía haber perdido algo de fuerza, seguíamos aislados en aquella casa y nadie sabía cuánto tardaríamos en volver a tener una carretera transitable.

―Me perdí ―dijo finalmente.

―¿Durante tantas horas?

Inés asintió.

―Había niebla.

―¿Y no encontrabas el camino?

―No.

Adrián parecía dispuesto a seguir preguntando, pero Gabriel le lanzó una mirada que consiguió detenerlo.

―Déjala ―dijo―. Acaba de volver.

Adrián apretó la mandíbula y se apartó de la ventana.

Yo no podía dejar de mirar a mi hermana.

Había algo en ella que me resultaba difícil de reconocer.

No era exactamente su aspecto, aunque estaba pálida y tenía el pelo pegado a la cara por la humedad, ni tampoco la ropa que llevaba, que estaba completamente destrozada por el barro y las ramas.

Era otra cosa, una especie de quietud que no le había visto nunca, porque incluso cuando Inés estaba triste, enfadada o agotada había algo dentro de ella que parecía estar siempre en movimiento, una tensión que la hacía hablar deprisa, discutir, defenderse antes incluso de que nadie la atacara.

Aquella noche no.

Aquella noche parecía estar muy lejos de nosotros.

Pensé que quizá era el shock .

Tenía que serlo.

Había pasado horas sola en mitad del bosque, bajo una tormenta, sin saber dónde estaba y sin saber si conseguiría regresar. Cualquiera habría vuelto diferente después de algo así.

―Voy a subir ―dijo finalmente.

Gabriel se levantó.

―Te acompaño.

―No.

La respuesta fue inmediata, demasiado rápida.

Gabriel se quedó mirándola.

Inés pareció darse cuenta de su tono y bajó un poco la cabeza.

―Quiero estar sola un rato.

Gabriel asintió.

―Está bien.

Inés dejó la taza sobre la mesa y se levantó.

La vi caminar hacia las escaleras.

Durante un segundo pensé que iba a tropezar porque avanzaba despacio, con una mano apoyada en la pared, pero consiguió subir sin ayuda y desapareció en la planta superior.

Nadie dijo nada hasta que escuchamos cerrarse una puerta.

―Está en shock ―murmuré.

Gabriel asintió.

―Yo también lo creo.

Adrián soltó el aire por la nariz.

―O no quiere contarnos lo que ha pasado.

Lo miré.

―No empieces.

―No estoy empezando nada.

―Acaba de volver después de estar perdida durante horas.

―Precisamente.

―Precisamente necesita que la dejemos respirar.

Adrián me sostuvo la mirada durante unos segundos, pero esta vez no discutió.

Yo tampoco quería hacerlo.

Estaba cansada.

Todos lo estábamos.

Y quizá lo único que necesitábamos aquella noche era dejar de buscar explicaciones para cada cosa.

Pasó casi una hora, o quizá fue más tiempo.

El fuego fue consumiéndose lentamente y el salón adquirió esa luz anaranjada y triste que dejaba la casa llena de sombras, mientras fuera la lluvia continuaba cayendo con menos fuerza pero sin parar, de manera constante, como si el cielo hubiera decidido no terminar de concedernos una tregua para poder marcharnos.

Gabriel estaba revisando por tercera vez las provisiones.

Adrián había intentado conseguir cobertura con el teléfono y, después de recorrer media casa con el móvil levantado por encima de la cabeza, había terminado dejándolo encima de la mesa con una expresión de absoluta frustración.

Yo estaba sentada junto a la chimenea cuando recordé el colgante, y decidí subir a mi dormitorio para devolvérselo a mi hermana.

Recordé cómo había aparecido en mi mano, cómo había pensado que quizá era mejor guardarlo antes de que nadie lo viese y pensase cosas extrañas, y cómo después, entre una cosa y otra, había terminado olvidándome de él.

Mamá se lo había regalado cuando éramos pequeñas.

Yo recordaba perfectamente aquel verano.

Inés acababa de aprender a nadar y estaba orgullosísima de sí misma, aunque fingía que no le importaba. Mamá había comprado el colgante en una tienda pequeña cerca del puerto y se lo había dado después de cenar.

Inés había pasado el resto de la noche tocándolo. Siempre lo llevaba. Incluso años después. Pensé que le haría bien tenerlo de nuevo. Quizá una cosa pequeña, algo conocido, podía ayudarla a sentirse segura.

Me levanté y subí las escaleras.

El pasillo estaba oscuro salvo por la luz que escapaba de algunas habitaciones, y el suelo de madera crujía bajo mis pies.

La casa parecía distinta cuando todos dormíamos o permanecíamos en silencio, porque entonces uno podía escuchar cosas que durante el día quedaban ocultas bajo nuestras voces: el viento filtrándose por alguna rendija, una tubería que golpeaba de vez en cuando, el rumor de las ramas contra la fachada.

Cuando salí de mi dormitorio y llegué a la habitación de Inés vi que la puerta estaba entreabierta.

Iba a llamar cuando escuché un ruido dentro.

Me detuve.

Parecía el sonido de una percha deslizándose por la barra del armario.

Después escuché un cajón.

―¿Inés?

No respondió.

Empujé un poco la puerta.

―Soy yo.

―Pasa ―respondió.

Abrí.

Y entonces me quedé mirándola.

Inés estaba delante del armario, de espaldas a mí.

Se había cambiado. Llevaba unos pantalones secos y una camiseta clara, y tenía el pelo todavía húmedo, aunque ya no chorreaba. Había extendido varias prendas encima de la cama y estaba tocando una de ellas con una atención que me pareció extraña.

No estaba buscando nada.

Simplemente la acariciaba entre los dedos.

―¿Qué haces?

Inés se giró.

―Nada.

―Te he traído una cosa.

Ella me miró sin responder.

Entonces volvió a coger la camiseta que tenía entre las manos y se la llevó lentamente a la cara.

La olió.

Me quedé quieta.

No porque fuera algo especialmente raro, pero sí porque lo hizo de una manera que me llamó la atención, aspirando profundamente el olor de la tela, como si aquel aroma significara algo para ella.

―¿Está limpia? ―preguntó.

―Claro.

―Huele bien.

Sonreí ligeramente.

―Bueno, espero. La lavarías antes de venir.

Inés volvió a acercarse la camiseta a la nariz.

―Huele diferente.

―¿Diferente a qué?

No respondió.

Dejó la camiseta sobre la cama y cogió otra.

También la olió.

Después una tercera.

Aquello empezó a parecerme un poco extraño.

―¿Quieres que te prepare algo? ―pregunté.

―No.

―¿Seguro?

―Sí.

La miré unos segundos.

Tenía la piel muy pálida y los labios ligeramente azulados por el frío, aunque la habitación estaba templada porque había una pequeña estufa encendida.

―Podrías meterte en la cama.

―Todavía no.

―Has estado horas bajo la lluvia.

―Lo sé.

―Entonces deberías descansar.

Inés se volvió hacia mí.

―No tengo sueño.

Aquello me hizo pensar que quizá estaba más alterada de lo que parecía.

Me acerqué un poco.

―Inés, si recuerdas algo de lo que pasó ahí fuera...

Ella levantó los ojos hacia mí.

―No quiero hablar.

Lo dijo sin enfado.

Simplemente no quería hacerlo.

Asentí.

―Está bien.

Me parecía lógico.

Había algo en su mirada que me recordó a aquella época en que volvía de la clínica y pasaba horas encerrada en su habitación, sin querer hablar con nadie, como si cada pregunta que le hacíamos fuera una puerta que no estaba preparada para abrir.

Quizá estaba ocurriendo lo mismo ahora.

Quizá la tormenta había despertado recuerdos.

Quizá simplemente necesitaba tiempo.

Saqué la mano del bolsillo.

―Te he traído esto… ―me quedé paralizada―. Solo quería...

Inés dio un paso hacia mí y fue en ese momento que lo vi.

La cadena plateada que rodeaba su cuello. Me quedé completamente inmóvil. La estrella de mar colgaba sobre su pecho. La misma que yo todavía apretaba en mi puño.

Durante unos segundos fui incapaz de entender lo que estaba viendo.

Miré mi mano.

Después su cuello.

Volví a mirar mi mano.

―¿Qué pasa? ―preguntó Inés.

No respondí.

Ella tocó la cadena que llevaba puesta.

―¿Qué?

―Nada.

La voz me salió demasiado baja.

Me acerqué un poco, casi sin darme cuenta.

No había ninguna duda.

Era exactamente el mismo colgante.

Lo tenía en la mano, su colgante yo lo tenía en mi mano, pero ella lo tenía puesto.

Sentí un pequeño escalofrío recorrerme la espalda.

―¿Ese...?

Me detuve.

Inés me miró.

―¿Qué?

―Nada.

Cerré los dedos alrededor del colgante que tenía en la mano.

Intenté pensar.

Quizá había otro. Claro que podía haber otro. Quizá mamá había comprado dos.

Quizá...

No.

No tenía sentido.

Pero tampoco tenía sentido preguntárselo.

No después de verla regresar de aquella manera.

―Nada, acabo de recordar que dijiste que no tenías hambre, no voy a insistir más en que comas algo.

―Gracias.

―Sí.

Di un paso hacia la puerta.

―Voy a bajar.

―Lucía.

Me giré.

―¿Sí?

Durante unos segundos permaneció en silencio.

La observé.

Parecía querer decir algo, pero no encontraba las palabras.

Finalmente negó con la cabeza.

―Nada.

―Vale.

Sonreí, aunque aquella vez me costó un poco más.

―Descansa.

Cerré la puerta detrás de mí.

Me quedé en el pasillo con la mano dentro del bolsillo y la estrella de mar apretada contra la palma.

No bajé inmediatamente.

Me quedé allí, escuchando.

Dentro de la habitación no se oía nada.

Ni pasos.

Ni cajones.

Ni la voz de Inés.

Solo el viento.

Respiré profundamente y traté de convencerme de que estaba exagerando.

Habíamos vivido demasiadas cosas en demasiado poco tiempo. Todo aquello estaba empezando a afectarnos.

Quizá por eso había visto algo que no existía, quizá el colgante que llevaba puesto era otro.

Tenía que ser otro. No había otra explicación.

Bajé las escaleras lentamente.

Cuando llegué al salón, Gabriel levantó la cabeza.

―¿Cómo está?

Miré hacia arriba antes de contestar.

―Cansada.

―¿Ha dicho algo?

Negué con la cabeza.

―No mucho.

Gabriel asintió y volvió a mirar el fuego.

Yo me senté en el sofá y dejé la mano sobre mi rodilla.

No saqué el colgante.

No se lo enseñé a nadie.

Y, aunque intenté convencerme de que no significaba nada, durante el resto de la noche no pude dejar de pensar en una sola cosa. La estrella de mar que yo llevaba en el bolsillo era la misma que Inés llevaba puesta en el cuello.

Y no tenía ni idea de cómo podía ser posible.