La casa del acantilado Capítulo 15
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Capítulo 15

Adrián

Durante unos segundos ninguno de los tres se movió, porque aquellos pasos que habíamos creído escuchar en la planta superior habían desaparecido de repente y, sin embargo, ninguno parecía dispuesto a ser el primero en admitir que seguíamos esperando volver a oírlos, como si la casa entera se hubiera quedado en un silencio extraño que no tenía nada que ver con el silencio normal de una vivienda vacía, sino con esa clase de silencio que parece esconder algo justo al otro lado de una pared.

Gabriel fue el primero en apartar la vista del techo y soltó el aire que llevaba reteniendo.

―No ha sido nada.

Lo dijo con una seguridad que no tenía.

―Probablemente una tubería, una rama contra alguna ventana o cualquier cosa de esas que hacen ruido cuando cambia el viento.

―Las tuberías no caminan ―murmuré.

Gabriel me lanzó una mirada cansada.

―No empieces, Adrián. El tasador nos dijo que llamásemos a un exterminador, recordad que él también escuchó ruidos, deben ser ratas.

No pensaba añadir nada más, pero tampoco podía fingir que no había escuchado aquellos pasos, del mismo modo que ninguno de nosotros podía fingir que aquella casa no llevaba toda la noche produciendo sonidos que no sabíamos explicar.

Me acerqué a la encimera y llené un vaso de agua, intentando concentrarme en algo tan sencillo como el frío del cristal contra mis dedos, mientras Gabriel recogía las cosas que habíamos dejado sobre la mesa y yo seguía mirando de reojo la puerta que comunicaba la cocina con el pasillo.

Entonces escuchamos un ruido.

No fue un crujido de madera ni el golpe de una contraventana.

Fue el sonido inconfundible de una llave entrando en una cerradura.

Los tres levantamos la cabeza al mismo tiempo.

Después escuchamos el sonido del cerrojo desplazándose.

Gabriel dejó el vaso que tenía en la mano sobre la mesa y se quedó mirando hacia el recibidor.

―¿Habéis oído eso?

No contesté. Nadie necesitaba hacerlo.

La puerta principal comenzó a abrirse muy despacio, empujada desde fuera, y una ráfaga de aire húmedo atravesó la casa antes de que apareciera aquella figura bajo el marco.

Era Inés.

Completamente empapada, con el cabello oscuro pegado a las mejillas y al cuello, la misma ropa con la que había salido horas antes pero ahora casi tapada por todo aquel barro, y las botas cubiertas hasta casi los tobillos, permanecía inmóvil bajo el umbral mientras el agua caía de sus mangas al suelo del recibidor.

La sensación de alivio fue tan intensa que me dejó prácticamente sin aire.

―Inés...

Gabriel llegó hasta ella en dos zancadas y la sujetó por los hombros.

―Dios mío, ¿dónde demonios estabas?

Ella no respondió.

Gabriel la miró de arriba abajo, comprobando que no tuviera ninguna herida evidente, y volvió a agarrarla con más suavidad.

―¿Estás bien?

Inés levantó los ojos hacia él.

No parecía asustada.

Tampoco parecía aliviada de encontrarnos allí.

Simplemente lo miraba, con una expresión difícil de interpretar, como si estuviera intentando recordar qué esperaba encontrar cuando abrió aquella puerta.

―Inés ―insistí yo, acercándome―, llevamos horas pensando que te había pasado algo.

Sus ojos se desplazaron lentamente hacia mí y durante un segundo tuve la impresión de que su mirada no terminaba de reconocerme, aunque aquella sensación desapareció tan rápido que enseguida me convencí de que había sido cosa mía.

―¿Dónde has estado? ―pregunté.

No respondió.

Gabriel se volvió hacia mí.

―Deja que entre primero.

La ayudó a pasar y cerró la puerta detrás de ella, echando el cerrojo casi por instinto.

Inés seguía sin hablar.

Tenía una pequeña mancha oscura junto a la sien y una de las mangas estaba rasgada a la altura del antebrazo. El barro cubría parte de sus pantalones y, cuando dio un paso, escuchamos el agua acumulada dentro de una de sus botas.

―Tienes que cambiarte ―dijo Gabriel―. Vas a enfermar.

Ella no pareció escucharlo.

Seguía mirando alrededor.

Lo miraba todo como si esa vez fuese la prima que lo veía. El salón, la cocina, la escalera, la mesa.

Fue entonces cuando comprendí que algo en ella era diferente.

No sabía decir qué. Quizá era la manera de quedarse quieta demasiado tiempo antes de responder, o aquella expresión ausente que no le había visto nunca, porque incluso cuando estaba enfadada, incluso cuando discutíamos, Inés siempre había tenido una mirada intensa, directa, casi desafiante, mientras que ahora parecía observar las cosas como si estuviera tratando de reconocerlas.

―¿Qué ha pasado? ―preguntó Gabriel.

Ella parpadeó.

―Nada.

Su voz sonó extrañamente baja.

―¿Nada?

―No.

Gabriel la soltó despacio.

―Entonces dime dónde has estado.

Inés bajó los ojos hacia sus propias manos, que estaban completamente enrojecidas por el frío.

―En el bosque.

―Eso ya lo sabemos ―intervine―. Lo que no sabemos es por qué has tardado tanto en regresar.

Ella levantó la mirada hacia mí.

Durante unos segundos no dijo nada.

―Me perdí.

Gabriel frunció el ceño.

―¿Te perdiste?

Inés asintió.

―La niebla...

Se quedó callada.

―No veía el camino.

―¿Estás bien? ―pregunté preocupada.

Esta vez la pregunta pareció producirle algún tipo de reacción, aunque fue mínima.

Su rostro se tensó.

―No lo sé.

Gabriel y yo nos miramos.

―¿Cómo que no lo sabes? ―pregunté.

Inés volvió a mirar hacia la puerta, después cerró los ojos durante un instante.

―No lo recuerdo bien.

Aquello hizo que Gabriel cambiara inmediatamente de expresión.

―¿Te has golpeado la cabeza?

―No.

―¿Estás segura?

―No.

―¿Te duele algo?

―No.

―Inés, mírame.

Ella lo hizo.

Gabriel permaneció frente a ella durante unos segundos y finalmente pareció convencerse de que, al menos físicamente, no estaba herida de gravedad.

―Sube, quítate esa ropa y ponte algo seco, ¿de acuerdo?

Inés asintió.

Antes de que pudiera subir el primer escalón, volví a hablar.

―Espera.

Ella se detuvo.

―La Guardia Civil ha estado aquí.

Por primera vez su expresión cambió de verdad.

Fue sorpresa.

―¿La Guardia Civil?

―Sí.

―¿Por qué?

―Porque escucharon gritos durante la tormenta y vinieron a comprobar si la casa estaba ocupada. Les contamos que habías desaparecido.

Inés permaneció inmóvil.

―¿Qué gritos?

―No lo sabemos.

Gabriel se acercó.

Inés bajó la cabeza.

―Inés ya está aquí.

Pronunció su nombre muy despacio, casi para sí misma.

―¿Qué pasa? ―pregunté.

Ella levantó los ojos.

―Nada.

Aquella respuesta me produjo una incomodidad difícil de explicar.

―¿Cómo que nada?

Gabriel respiró profundamente y apoyó una mano en mi hombro.

―Déjala descansar.

Quise protestar, pero antes de hacerlo Inés comenzó a subir las escaleras.

La observé hasta que llegó al primer rellano.

Fue entonces cuando se detuvo.

Se volvió lentamente.

―¿Habéis estado todos aquí mientras yo no estaba?

La pregunta nos dejó desconcertados.

―Sí ―respondí.

Ella miró hacia la cocina.

Después hacia el pasillo.

―¿Solo vosotros?

Gabriel frunció el ceño.

―¿Qué quieres decir?

Inés negó con la cabeza.

―Nada.

Y continuó subiendo.

Sus pasos fueron desapareciendo poco a poco por el piso superior hasta que dejó de escucharse cualquier sonido.

Gabriel y yo permanecimos en silencio.

―¿La has notado rara? ―pregunté finalmente.

Él tardó en responder.

―Está agotada.

―No me refiero a eso.

Gabriel miró hacia la escalera.

―Lo sé.

―Parecía no reconocernos.

―Estaba desorientada.

―Y ha preguntado si estábamos solos.

Gabriel volvió a mirarme.

―También ha pasado cuatro horas bajo una tormenta, Adrián.

Tenía razón.

Todo podía atribuirse al frío, al cansancio, a la tensión, al miedo o a haber pasado demasiado tiempo sola en aquel bosque.

Sin embargo, mientras seguía mirando las escaleras, tuve una sensación que no conseguí quitarme de encima.

Inés había regresado.

Eso era lo importante.

Había vuelto a casa.

Y, aun así, por primera vez desde que éramos niños, tuve la impresión de que no sabía exactamente quién había entrado por aquella puerta.