Capítulo 14
Gabriel
La charla apenas duró unos minutos más. El teniente Salas cerró la libreta despacio y se levantó del sofá.
―Vamos a organizar una batida por la finca y el sendero del bosque.
También avisaremos a los bomberos y al GREIM ―hizo una pausa al ver que ninguno sabíamos a lo que se refería y aclaró―, disculpen, grupo de rescate e intervención de montaña, para que se incorporen en cuanto las condiciones lo permitan. Cuanto antes empecemos, mejor.
Ninguno respondió. Nadie sabíamos qué decir.
El cabo Molina se acercó a la puerta mientras el teniente se volvía una última vez hacia nosotros.
―Quédense en la casa. Si Inés consigue regresar por sus propios medios, es mucho más probable que venga aquí que a cualquier otro sitio. Si necesitan salir por cualquier motivo, háganlo juntos y avísennos antes.
Adrián asintió.
―¿Cómo avisamos? No hay cobertura.
El teniente le sostuvo su mirada durante unos segundos.
―No es lo propio, pero en este caso, les vamos a dejar un walkie .
Los vimos alejarse por el sendero con las linternas encendidas. Sus haces de luz desaparecieron poco a poco entre la niebla hasta confundirse con la oscuridad del bosque.
Gabriel cerró la puerta despacio.
Esta vez echó los dos cerrojos.
Nadie habló.
La casa parecía mucho más grande desde que Lucía ya no estaba.
Más vacía, más fría.
Fue Gabriel quien rompió el silencio.
―Tenemos que comer algo.
Lo miré sorprendido.
―¿Ahora?
―Precisamente ahora.
Se pasó ambas manos por la cara.
―Si los guardias van a estar horas buscándola, nosotros también necesitaremos fuerzas.
Nadie discutió.
Entramos en la cocina casi por inercia.
Gabriel abrió la despensa.
Se quedó quieto.
Demasiado quieto.
―¿Qué pasa? ―pregunté.
No respondió.
Se limitó a observar los estantes.
Después miró hacia nosotros.
―Juraría que aquí había dos latas de fabada.
Lucía frunció el ceño.
―¿Y?
―Ahora solo hay una.
Me acerqué.
No parecía gran cosa.
Una simple lata.
Sin embargo...
También faltaba la barra de pan que yo llevaba en el coche y que habíamos dejado aquella mañana envuelta en un paño.
Gabriel empezó a revisar los estantes uno por uno.
―No puede ser.
Abrió el frigorífico.
Volvió a cerrarlo.
Después miró la encimera.
―¿Quién ha preparado café?
Los dos negamos al mismo tiempo.
Seguí la dirección de su mirada.
La cafetera italiana seguía sobre el fuego.
Todavía estaba templada.
A su lado había una taza.
No estaba limpia.
En el fondo quedaba un pequeño dedo de café.
Inés fue la primera en hablar.
―Habrá sido alguno de nosotros.
Gabriel negó lentamente.
―No.
Yo la limpié después del desayuno.
Estoy completamente seguro.
Miré el cuchillo del pan.
Seguía sobre la tabla de cortar.
Tenía migas pegadas. Muy recientes.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
―¿Habéis entrado a la cocina mientras yo hablaba con la Guardia Civil en la puerta?
Gabriel negó.
―No.
Miré a Lucía.
―¿Y tú?
―He estado con vosotros todo el rato.
El silencio volvió a instalarse.
Fue Gabriel quien intentó romperlo.
―Quizá Inés...
Ninguno dijo nada.
Me crucé de brazos.
Gabriel dudó.
No dijo nada.
Lucía apoyó las manos sobre la encimera.
―Puede que simplemente no nos acordemos.
La miré.
―¿No nos acordemos los tres?
―Llevamos horas bajo una tensión terrible. Es normal.
Gabriel seguía observando la despensa.
Negaba muy despacio con la cabeza.
―No. No es eso. Yo mismo hice recuento de la comida esta mañana. Precisamente porque dije que había que racionarla. Sabía exactamente lo que había aquí.
Adrián ―dijo volviéndose hacia mí―, ¿has cogido algo?
Lo miré ofendido.
―¿En serio me lo preguntas?
―Solo quiero saberlo.
―Pues no.
―Entonces alguien sí lo ha hecho.
Lucía dio un paso atrás.
―¿Me estáis acusando?
―No he dicho eso.
―Es lo que estás insinuando.
Gabriel dejó escapar un suspiro.
―Solo intento entender qué ha pasado.
―Pues yo no he sido.
―Yo tampoco.
Gabriel fue el primero en verbalizarlo.
―Quizá fue ella. Quizá, antes de salir, cogió comida por si tardaba en volver.
No sonaba convencido, ni nosotros tampoco.
Porque había un detalle que ninguno mencionó, el café estaba caliente y Inés llevaba varias horas fuera.
Y, mientras los tres permanecíamos inmóviles en aquella cocina, el viento volvió a colarse por algún punto de la casa. O eso quisimos creer. Porque, durante apenas un segundo... nos pareció escuchar unos pasos lentos sobre el piso de arriba.