Capítulo 13
Adrián
Dos agentes permanecían bajo el porche. El impermeable verde oliva les caía casi hasta las botas, y ambos llevaban la ropa empapada pese a las capas. Detrás de ellos, dos motos esperaba con las luces encendidas, apenas visibles entre la niebla.
El más alto se quitó la gorra, sacudió unas gotas de agua, y nos dedicó una leve inclinación de cabeza.
―Buenas tardes. Soy el teniente Álvaro Salas y él es el cabo Molina.
Su voz era tranquila, grave, de esas que consiguen imponer orden sin necesidad de elevar el tono.
―Venimos porque la carretera de acceso ha quedado completamente inutilizada. Hemos estado comprobando las fincas de la zona para asegurarnos de que no hubiera nadie aislado. Conseguimos llegar por un sendero forestal, aunque no recomendaría utilizarlo salvo en una emergencia.
Gabriel respiró aliviado.
―Pensábamos que nadie podría llegar hasta aquí.
El teniente dirigió una rápida mirada hacia el exterior.
―Con ellas hemos podido avanzar hasta donde termina el camino. El último tramo lo hemos hecho con cierta dificultad. No ha sido precisamente agradable.
El cabo esbozó una media sonrisa cansada mientras se quitaba un guante.
―Y espero no repetirlo más.
El teniente volvió a fijarse en nosotros.
―Además, hace unas horas escuchamos unos gritos procedentes de esta zona. Con el temporal era difícil precisar de dónde venían, pero nos pareció suficiente motivo para comprobar si la casa estaba habitada.
Sentí que Gabriel se ponía tenso a mi lado.
Antes de que ninguno pudiera reaccionar, Adrián dio un paso al frente.
―¿Gritos?
El teniente lo observó.
―Sí.
―¿Hace cuánto?
―Quizás han pasado varias horas
Noté cómo la respiración de ambos se aceleraba.
Fue Gabriel quien habló esta vez.
―Nuestra hermana ha desaparecido.
El cabo dejó de escribir en la libreta que acababa de sacar.
El teniente no dijo nada durante un segundo.
Solo esperó.
―¿Desaparecida, cómo? ―preguntó finalmente.
Tomé aire.
―Se llama Inés. Salió de la casa con ella durante la tormenta. Discutimos y fue tras ella para convencerla de volver. Lucía regresó hace unas horas, pero Inés aún no ha llegado.
―¿Hace cuánto fue eso exactamente?
―Cuatro horas, más o menos.
El cabo ya estaba anotando.
―Necesito una descripción.
Gabriel respondió antes que ninguno.
―Treinta y tres años. Un metro sesenta y cinco aproximadamente. Pelo castaño oscuro, largo, algo ondulado. Ojos verdes. Llevaba un impermeable amarillo mostaza, unos vaqueros oscuros y botas de montaña marrones.
―¿Alguna prenda especialmente llamativa?
Durante una fracción de segundo sentí que Lucía contenía la respiración.
―No... ―respondió Gabriel―. Bueno... siempre llevaba un colgante plateado con una estrella de mar. Eso nunca se lo quita.
Los dedos de Lucía se crisparon, lo vi.
El teniente tomó nota sin levantar la vista.
―Entendido.
Lucía carraspeó.
―Seguro que no es para tanto. Estoy convencida de que de un momento a otro aparecerá por esa puerta.
Todos la miramos.
Ella intentó sonreír.
―Quiero decir que Lucía es muy cabezota. Probablemente encontró algún sitio donde resguardarse de la lluvia y estará esperando a que escampe. El temporal nos ha puesto nerviosos a todos.
El teniente levantó la vista despacio.
No la contradijo, pero tampoco asintió.
―Es posible.
Su tono era neutro.
―Y es cierto que la tormenta está remitiendo. Eso juega a favor de que, si simplemente se desorientó, pueda regresar por sus propios medios.
Hizo una breve pausa.
―Pero también llevamos varias horas de condiciones meteorológicas muy adversas, y en estas circunstancias, cualquier desaparición merece tomarse en serio.
Nadie dijo nada.
―¿Podemos pasar?
Gabriel se apartó inmediatamente.
―Claro.
Los agentes entraron en la casa quitándose las botas en el recibidor. El suelo de madera crujió bajo su peso mientras observaban discretamente el interior. No parecía que buscaran nada concreto; más bien daba la impresión de que lo estaban registrando todo con la mirada.
El teniente dejó la gorra sobre una silla.
―Necesito que me cuenten exactamente qué ocurrió desde que llegaron a la casa. Sin omitir detalles, aunque les parezcan insignificantes.
Nos condujo hasta el salón.
El cabo abrió la libreta de nuevo.
―Empezaremos por algo sencillo. ¿Quién fue la última persona que vio a Inés?
Nadie habló durante unos segundos.
Entonces todas las miradas recayeron sobre Lucía.
Ella tragó saliva.
―Yo.
―¿A qué hora aproximadamente?
―No lo sé.
―¿Discutieron?
Lucía bajó la vista.
―Sí.
―¿Por qué motivo?
―Una tontería.
―¿Qué clase de tontería?
Noté cómo mi hermana se llevaba una mano al antebrazo izquierdo.
―Solo discutimos ―dijo ella.
El teniente no apartó los ojos de Lucía.
Su expresión seguía siendo amable, pero había empezado a observarla con mucha más atención.
En ese preciso instante sonó un golpe seco en la cocina.
¡Clonc!
Como si algo metálico hubiera caído al suelo.
Los cinco giramos la cabeza al mismo tiempo.
El cabo Molina dio un paso instintivo hacia el pasillo.
Gabriel levantó una mano.
―No se preocupen ―dije sonriendo―. Esta casa es muy vieja. Con el viento siempre hay alguna ventana que vibra, el aire se cuela por cualquier rendija, y algo termina cayéndose.
Nadie respondió.