Capítulo 12
Lucía
El calor de la chimenea tardó varios minutos en atravesar la ropa empapada. Aun así seguía temblando. No sabía si era por el frío o por la sensación de que algo muy malo acababa de ocurrir ahí fuera, entre los árboles.
Permanecía sentada frente al fuego mientras Gabriel insistía en acercar otro tronco a las brasas, y Adrián caminaba de un lado a otro del salón sin dejar de mirar por los ventanales.
Cada pocos segundos apartaba con la manga el vaho del cristal para intentar distinguir algo más que lluvia y niebla, pero el exterior se había convertido en una masa gris que parecía tragarse el paisaje.
―¿Estás completamente segura de que Inés regresó por ese camino? ―preguntó Gabriel.
Fruncí el ceño.
―Claro que sí. Cuando la vi de lejos solo faltaban unos metros para llegar aquí.
Gabriel se acuclilló frente al fuego, y sin dejar de remover las brasas con el atizador, volvió a mirarme. Había algo en sus ojos que no parecía solo miedo.
―¿La viste?
Asentí.
―Sí.
―Dime exactamente dónde.
Tardé unos segundos en responder.
Recordaba perfectamente el momento en que nos separamos. Inés me había sonreído con esa paciencia que solo ella tenía cuando parecía entrar en razón.
Ve tú, venga, solo necesito unos minutos a solas.
Y eso hice.
La vi caminar entre los árboles lenta, por eso yo caminé delante.
La lluvia ya era tan intensa que apenas distinguía su silueta.
Y, finalmente, la perdí de vista.
―Lucía.
Levanté la cabeza.
Gabriel seguía esperando una respuesta.
―La vi caminar, lo juro, y después también la vi por delante de mía.
―¿Y después?
―Después nada.
Adrián dejó de caminar. El suelo de madera crujió bajo sus botas cuando se volvió hacia mí.
―¿Cuánto rato has dicho?
Me encogí de hombros.
―No lo sé seguro.
Cinco minutos, diez, veinte.
―Ya os lo he dicho antes, cuando regresé pensaba que ella ya estaría aquí.
El silencio volvió de nuevo al salón.
Solo se escuchaba el chisporroteo de la leña y el golpeteo constante de la lluvia contra los cristales.
Gabriel bajó la mirada. Adrián volvió a sacar el teléfono del bolsillo por pura inercia.
Miró la pantalla y seguramente vio de nuevo que no había ni una sola raya de cobertura.
Maldijo entre dientes antes de volver a guardarlo.
No necesitaba que nadie me culpase de que nuestra hermana no hubiese regresado, se les veía en la cara.
Bajé la vista y vi un destello plateado asomando del bolsillo de mi pantalón. En ese momento sentí que el estómago se me cerraba de golpe.
Con movimientos lentos, procurando que ninguno de mis hermanos se fijase en ello, deslicé mi mano hasta mi bolsillo, y guardé bien el colgante de estrella de mar, la cadena estaba rota.
Cualquiera de los dos la hubiera reconocido de inmediato, era de Inés, ella no se la quitaba nunca.
Decía que nuestra madre se lo había regalado el verano que aprendió a nadar y que le daba suerte.
De pequeñas, cuando íbamos a la playa, se lo metía dentro del bañador para no perderlo entre las olas.
¿Cómo había llegado hasta mi bolsillo?
Mi respiración se aceleró y recordé el forcejeo. No había sido un forcejeo violento, yo solo intenté detenerla, ella quiso apartarme, las dos resbalamos sobre el barro. Nada más. La cadena debió romperse entonces.
Apreté el colgante dentro del puño.
Nadie podía verlo. Porque si lo encontraban...
¿Cómo iba a explicar que lo llevaba yo después de haber visto las dudas de los dos sobre mí?
Noté que Gabriel seguía observándome.
Por un instante tuve la absurda sensación de que podía escuchar los latidos de mi corazón por encima del ruido que el viento hacía.
―Necesito descansar un poco ―dije.
Subí las escaleras procurando caminar despacio, aunque en realidad solo quería encerrarme en mi habitación cuanto antes.
Cerré la puerta, apoyé ambas manos sobre el aparador mientras miraba mi reflejo en el espejo. Respiré hondo.
Saqué el colgante de mi bolsillo. La diminuta estrella plateada parecía mirarme desde la palma de mi mano. Abrí el neceser que tenía sobre el mueble, y lo escondí en el fondo, debajo de la ropa interior.
Después levanté la vista hacia el espejo de nuevo, y entonces vi mi brazo. Tres arañazos recorrían el antebrazo izquierdo desde la muñeca hasta casi el codo. Tenía piel inflamada.
Todavía quedaban pequeños restos de barro mezclados con sangre seca. Los observé largo rato sin moverme. No recordaba exactamente cuándo me los había hecho. Quizá entre las zarzas. Quizá al caer. Quizá...
Aparté aquel pensamiento rápidamente de mi cabeza.
Fui directa al baño, abrí el grifo de la ducha y cuando el agua caliente cayó sobre la herida comenzó a escocer.
Cogí una esponja, froté despacio, después un poco más fuerte, hasta que la sangre volvió a aparecer. Cerré los ojos.
Tenía que limpiar todo rastro de sangre, y después debía taparme bien, no podía verla nadie, nadie debía hacer preguntas. Porque ni siquiera yo tenía claro cómo responderlas.
Cuando bajé de nuevo al salón llevaba ropa seca y el pelo todavía húmedo.
Gabriel ya se había cambiado también. Adrián terminaba de ponerse un impermeable mientras dejaba tres linternas sobre la mesa del comedor. A su lado había una cuerda, un botiquín y una mochila en la que Gabriel metía botellas de agua.
La tormenta seguía golpeando la casa, aunque con menos fuerza. Las ráfagas de viento habían perdido intensidad y la lluvia empezaba a caer de forma más irregular.
―Voy a buscarla ―dijo Gabriel.
Negué inmediatamente.
―Voy contigo.
―Los tres ―dijo Adrián mientras cogía una linterna.
―No podemos seguir esperando.
Nadie discutía eso.
―Nos separaremos lo justo para no perder contacto.
―No ―respondí casi sin pensar.
Los dos me miraron.
―No nos separemos.
Gabriel asintió lentamente.
―De acuerdo.
Nos dirigimos los tres a la puerta, Adrián agarró el picaporte, giró lentamente la llave y entonces sonaron aquellos tres golpes.
Yo pensé en Inés, pero una voz amortiguada detrás de la madera sonó.
―¡Guardia Civil!
Ninguno reaccionó. Nos miramos unos a otros, y la voz volvió a sonar.
―¡Si hay alguien dentro, abran, por favor! ¡Venimos a comprobar que están bien!
Quizá todo pasó más rápido de lo que recuerdo, pero yo sentí mucho alivio al saber que alguien había podido llegar a nosotros.
Pero, mientras Adrián abría la puerta, una idea absurda cruzó mi cabeza.
Si la Guardia Civil estaba allí, yo tendría que explicar por qué el colgante de Lucía seguía escondido entre mis cosas si alguien lo descubría.