Capítulo 11
Adrián
Las cuatro horas más largas de mi vida transcurrieron sin que apenas intercambiáramos una docena de palabras.
Al principio ninguno quiso reconocer que aquello empezaba a preocuparnos.
Gabriel y yo permanecimos en el salón, cada uno ocupando un extremo del sofá, fingiendo ojear unos viejos álbumes de fotografías que se habían quedado olvidados en la casa.
De vez en cuando alguno se levantaba para mirar por la ventana, aunque lo único que podía distinguirse eran las ramas de los árboles cuando el aguacero no se estampaba contra los cristales por las fuertes rachas de viento.
El reloj de pared marcó las tres, después las cuatro, más tarde las cinco. La tormenta no daba tregua.
Gabriel había encontrado una vieja radio de pilas en el despacho de nuestro padre y pasó casi media hora moviendo el dial entre un mar de interferencias que solo devolvía un zumbido constante.
Estábamos completamente incomunicados.
Gabriel dejó la radio sobre la mesa y se pasó ambas manos por la barba.
―Esto ya no me gusta.
Levanté la vista.
Era la primera vez que lo oía admitirlo.
Gabriel nunca había sido de los que se asustaban con facilidad.
De pequeño era el primero en lanzarse al mar durante los temporales, y el último en abandonar el agua cuando mi madre empezaba a gritar desde el porche.
Si él comenzaba a perder la tranquilidad, significaba que la situación era realmente seria.
Miré el reloj otra vez.
Cuatro horas.
Cuatro horas desde que Lucía había salido detrás de Inés.
―Tendrían que haber vuelto hace mucho ―murmuré.
Gabriel asintió despacio.
―Quizá encontraron algún refugio ―dijo, pero ni él mismo parecía creerse aquella explicación.
Me levanté y caminé hasta la ventana.
El sendero que descendía hacia el bosque había desaparecido bajo el agua.
No había rastro de ellas.
Sentí un nudo en el estómago.
―Voy a buscarlas.
Gabriel levantó la cabeza de golpe.
―Ni hablar.
―No podemos seguir esperando.
―Y tampoco podemos salir…
No terminó la frase, un golpe seco contra la puerta principal nos hizo dar un respingo. Después otro.
Gabriel fue el primero en reaccionar. Cruzó el salón en dos zancadas y corrió el cerrojo.
La puerta se abrió de golpe empujada por el viento.
Empapada de pies a cabeza y cubierta de barro apareció Lucía por la puerta. Con el pelo pegado a la cara y la respiración completamente descompuesta.
―¡Joder, Lucía!
La hizo pasar al interior mientras yo cerraba la puerta para impedir que el viento siguiera entrando.
Estaba tiritando, no era capaz de controlar el temblor de sus manos.
Le acerqué una manta mientras Gabriel encendía otra vez la chimenea.
―¿Dónde está Inés? ―pregunté casi sin darme cuenta.
Lucía levantó la cabeza lentamente.
Parpadeó varias veces.
―¿No está aquí?
Fruncí el ceño.
―¿Cómo que aquí?
―Pensaba... pensaba que había vuelto.
Gabriel dejó de avivar el fuego.
―¿No venía contigo? ¿No estabais juntas?
Negó despacio.
―No.
―Explícate.
Se pasó una mano temblorosa por la frente.
―Después de discutir aquí la alcancé en el bosque.
Hablamos un rato, después la convencí para volver, pero me dijo que necesitaba unos minutos sola.
Estoy segura de que al menos le sacaba una ventaja de diez minutos.
Y al poco me pareció verla por delante, pensé que había corrido por otro camino y me adelantó.
Miró a su alrededor como si de verdad esperara encontrarla allí.
―Daba por hecho que ya había llegado.
Gabriel fue el primero en romper el silencio.
―¿Hace cuánto la viste por última vez?
―No lo sé, quizá media hora, quizá más.
―Han pasado más de cuatro horas desde que os fuisteis.
Lucía abrió mucho los ojos.
―¿Qué?
―Llevamos cuatro horas esperándoos.
Su respiración empezó a acelerarse.
Negó con la cabeza varias veces.
―No.
―Lucía...
―No puede ser, no nos alejamos tanto de la casa.
Nos miró a Gabriel y a mí. Después volvió a mirar la casa, como si siguiera convencida de que Inés iba a aparecer en cualquier momento.
―No me miréis así.
Ninguno dijo una palabra.
―¡No me miréis así! ―volvió a repetir.
Su voz retumbó por toda la casa.
Se puso de pie, quitándose la manta de sus hombros.
―No es mi culpa, ¿vale?
Gabriel intentó acercarse.
―Nadie está diciendo eso.
―¡Claro que lo estáis diciendo! Os lo veo en la cara.
―Nadie te echa la culpa de nada, es solo que no comprendemos que con este tiempo aún esté por ahí por decisión propia.