La casa del acantilado Capítulo 10
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Capítulo 10

Lucía

Regresamos a la casa completamente empapados. Nadie se molestó en quitarse las botas al entrar. El barro fue dejando un rastro oscuro sobre el suelo del recibidor mientras cada uno intentaba asimilar lo que acabábamos de ver.

La carretera ya no existía tal y como la conocíamos, simplemente había desaparecido.

Gabriel cerró la puerta principal con llave y dejó escapar un largo suspiro antes de apoyarse contra la madera.

―Lo primero es tranquilizarnos.

Nadie respondió.

Entré en la cocina y abrí la despensa. Apenas tardé unos segundos en darme cuenta de que la situación era peor de lo que había imaginado.

―No tenemos comida para muchos días. Diría que ni siquiera para dos con los que somos.

Los tres levantaron la cabeza.

Fui sacando las cosas una a una y colocándolas sobre la encimera.

Cuatro latas de atún, dos de tomate triturado, un paquete de arroz empezado, algo de pasta, un bote de legumbres, galletas, café, varias latas de legumbres cocinadas. Poca cosa más.

Gabriel hizo un cálculo rápido.

―Si racionamos, tendremos para cuatro o cinco días.

―¿Y después qué? ―preguntó Inés.

Nadie contestó.

Adrián seguía caminando de una ventana a otra con el teléfono levantado, buscando una miserable raya de cobertura.

Se acercaba a un cristal. Esperaba. Negaba con la cabeza. Probaba junto al otro ventanal. Nada. Volvía a intentarlo una y otra vez.

―¿Quieres dejar ya el maldito móvil? ―gruñó Gabriel.

―Necesito llamar.

―Todos necesitamos llamar.

―Tú no lo entiendes.

―Pues explícalo y así lo entendemos todos, porque ese nerviosismo no es normal.

Adrián no respondió.

Guardó el teléfono en el bolsillo con un gesto brusco y volvió a sacarlo apenas diez segundos después.

Inés empezó a caminar de un lado a otro de la cocina.

Nunca la había visto tan nerviosa.

Se frotaba las manos constantemente.

―Tiene que haber otra salida.

―No la hay ―respondió Gabriel con calma.

―Algún camino por el bosque. Sí, hay uno que recuerdo de pequeña.

―Con este temporal sería peor que quedarnos aquí. Porque no se puede acceder con vehículo, solo andando.

―No pienso quedarme aquí encerrada esperando.

―Pues tendrás que hacerlo.

Inés levantó la voz.

―¡No!

Gabriel dio un paso hacia ella, parecía preocupado.

―Escúchame.

Ella evitó mirarlo.

―No.

―Sí. Mírame.

Terminó haciéndolo.

―Respira. Esto no va a durar para siempre. Protección Civil habrá visto el desprendimiento, la Guardia Civil acabará revisando la carretera, y cuando el tiempo mejore, vendrán hasta aquí.

Durante un instante pareció que aquellas palabras conseguían tranquilizarla.

Entonces hablé yo.

―Además, alguien terminará echándonos de menos.

Adrián soltó una risa seca. Una de esas que no tienen nada de humor.

―¿Quién?

Lo miré sorprendida.

―¿Cómo que quién?

―¿Quién va a venir a buscarnos, Lucía?

―No lo sé... algún vecino, algún conocido...

Negó lentamente con la cabeza.

―No tienes ni idea de cómo funciona esto.

Sentí un calor desagradable subir por el cuello.

―¿Perdona?

―Nunca has pasado suficiente tiempo aquí para saberlo.

En invierno esta zona se queda prácticamente desierta.

Los vecinos más cercanos viven a varios kilómetros y nadie aparece por casualidad en una finca privada.

Si no conseguimos avisar a alguien, pueden pasar días, incluso semanas antes de que echen en falta nuestra ausencia.

―Eso no es verdad.

―Sí lo es.

―Siempre estás convencido de que tienes razón.

―Porque esta vez la tengo.

Di un paso hacia él.

―No hace falta tratarme como si fuera una niña.

―Pues deja de comportarte como una.

Antes de que pudiera responder, otra voz rompió el silencio.

―Déjala.

Todos nos giramos hacia Inés.

Tenía la mandíbula apretada y los ojos completamente fijos en Adrián.

―Siempre haces lo mismo.

Él frunció el ceño.

―¿Ahora de qué hablas?

―De decidir quién sabe y quién no sabe.

―No empieces.

―No. Esta vez voy a empezar.

Respiró hondo.

―Claro que no conozco esta casa tan bien como vosotros. ―Su voz empezó a temblar­―. ¿Sabes por qué?

Adrián no contestó.

―Porque me pasé media adolescencia encerrada en un hospital psiquiátrico. Y mientras yo estaba allí, ninguno vino a buscarme.

Miró primero a Gabriel, después a mí y finalmente a Adrián.

―Ninguno os preguntasteis si de verdad tenía que estar allí encerrada.

Me dolió escuchar aquellas palabras.

Porque, mientras la observaba, comprendí algo que nunca me había permitido pensar. Y era que quizá tenía razón.

Yo era demasiado pequeña para entender lo que ocurría.

Siempre di por hecho que nuestros padres estaban haciendo lo correcto.

Nunca pregunté. Nunca insistí demasiado en que quería verla.

Y ahora sabía que había aceptado la versión de los adultos porque era mucho más fácil. Sentí una punzada de culpa.

―Ya basta ―dijo Gabriel.

Nadie lo miró.

―No vamos a arreglar veinte años de reproches encerrados aquí.

Inés soltó una carcajada.

―¿Porque estamos encerrados?

Se giró de golpe.

Cogió su impermeable del perchero y abrió la puerta.

Una ráfaga de viento lanzó lluvia al interior.

―¡Inés! ―grité.

No se volvió.

Salió al porche y comenzó a caminar cuesta abajo.

Cada vez más deprisa.

―¡Vuelve! ―gritó Gabriel.

El viento se llevó su voz.

Yo corrí detrás de ella sin pensarlo.

―¡Lucía! ―escuché gritar mi nombre a mi espalda. Era Adrián.

No hice caso.

La alcancé justo cuando se internaba entre los primeros árboles del sendero dirección al bosque. La lluvia volvía a caer con fuerza. Las ramas se agitaban sobre nuestras cabezas.

―¡Inés, espera!

No respondió. Ella solo siguió caminando.

Detrás de nosotras, las voces de Gabriel y Adrián se fueron apagando poco a poco. Hasta desaparecer por completo.

Y, cuando levanté la vista, me di cuenta de que la casa ya no se veía entre la cortina de agua y los pinos.