Capítulo 9
Lucía
No recuerdo en qué momento dejó de llover exageradamente para hacerlo con aquella nueva intensidad que jamás había sospechado que podría ocurrir.
Me despertó un golpe tan fuerte que durante un instante pensé que un rayo había caído sobre la casa.
Abrí los ojos sobresaltada y tardé varios segundos en reconocer la habitación.
La oscuridad seguía siendo casi absoluta.
El viejo generador continuaba funcionando, pero apenas alimentaba dos lámparas del pasillo, de modo que toda la planta superior estaba sumida en una penumbra amarillenta que hacía que los muebles parecieran más grandes y los rincones mucho más profundos.
Otro golpe, pero esta vez reconocí el sonido. Eran las contraventanas. El viento las sacudía con tanta fuerza que parecía querer arrancarlas de cuajo. Los anclajes debían haberse roto con aquel fuerte viento.
Miré el reloj. Eran exactamente las cuatro y diecisiete.
Suspiré. Sabía que no volvería a dormirme así que me puse una sudadera, abrí la puerta con cuidado y salí al pasillo. La casa no dejaba de emitir sonidos, crujidos, golpes, ruidos con los que ya no estaba familiarizada.
Al pasar frente a la habitación de Gabriel vi una rendija de luz bajo la puerta.
Pensé en llamar, pero no lo hice. Continué caminando hasta las escaleras.
El salón estaba vacío. Solo el fuego de la chimenea seguía vivo, convertido ya en un montón de brasas rojizas.
Me acerqué a echar un tronco con el fin de reavivarlo, y entonces fue cuando vi que la puerta principal estaba entreabierta. Sentí un escalofrío.
Juraría que la habíamos cerrado con llave antes de acostarnos, pero no estaba segura de que todos subiésemos a las habitaciones.
Me acerqué despacio.
La lluvia había formado un pequeño charco sobre el recibidor. Empujé la puerta hasta cerrarla, y después giré la llave. Fue entonces cuando apareció Gabriel por la cocina, donde había una puerta trasera.
Llevaba un impermeable sobre los hombros y las botas completamente empapadas.
Nos miramos durante un segundo.
―¿Has salido? ―pregunté.
Se quitó el chubasquero.
―Las contraventanas del ala oeste estaban golpeando como demonios. Si nadie las cerraba iban a terminar siendo arrancadas, y después el viento iba a destrozar los cristales.
Miré sus botas.
Estaban cubiertas de barro. Muchísimo barro.
―Podías haberme avisado, estaba despierta.
Se encogió de hombros.
―Pensé que dormías.
No insistí, pues aquella era una respuesta perfectamente lógica.
A la mañana siguiente ninguno mencionó la tormenta durante el desayuno.
Gabriel preparó café.
Adrián continuaba revisando el móvil cada pocos minutos buscando una cobertura que nunca aparecía.
Inés observaba por la ventana.
Yo fui la primera en hablar.
―Cuando amaine un poco deberíamos irnos.
Adrián levantó la vista.
―Sí.
Pero el viento parecía tener otros planes.
Después del desayuno Gabriel decidió bajar hasta la carretera para comprobar cómo estaba el camino.
―Voy contigo ―dije.
―No hace falta.
―Hace falta.
Inés también dejó la taza sobre la mesa.
―Yo voy.
Adrián suspiró.
―Bien. Iré yo también.
Salimos los cuatro juntos.
El aire soplaba tan fuerte que costaba caminar. Las ramas cubrían el sendero. Varias macetas habían terminado hechas añicos contra la fachada de la casa. Y la lluvia había vuelto a aparecer, aunque no con tanta violencia.
Descendimos lentamente por el camino de grava que llevaba hasta la entrada de la finca. Ninguno de nosotros hablábamos, solo escuchábamos el viento silbar y el mar que insistía una y otra vez en golpear la pared de roca donde la casa estaba situada.
Fue Gabriel quien se detuvo y sin decir ni una palabra levantó el brazo para que todos frenásemos. Miró al frente y señaló el lugar donde debería estar la carretera que ahora no había.
Un enorme desprendimiento había arrancado varios metros de terreno. Donde el día anterior había asfalto ahora solo quedaba un vacío inmenso por el que el agua descendía como una cascada hacia el acantilado.
Nos acercamos con muchísimo cuidado.
El borde seguía desprendiéndose poco a poco con la ayuda del agua.
―Madre de Dios... ―susurré.
Gabriel dio un paso atrás.
―No podemos cruzar.
Adrián sacó el teléfono buscando de nuevo cobertura.
Volvió a guardarlo.
Inés permanecía inmóvil observando.
―Esperad ―dijo señalando al suelo.
Los tres seguimos la dirección de su dedo.
Gabriel frunció el ceño.
―Esto son pisadas, son pies descalzos…
Me agaché para comprobar si lo que veían mis ojos era cierto. Y las vi perfectamente. Parecían hechas aquella misma noche. O incluso más recientes.
Miré alrededor, porque no tenía sentido, ninguno habría salido descalzo bajo aquella tormenta.
Nadie dijo una palabra durante el camino de regreso.