Capítulo 8
Inés
Nunca me había gustado dormir en aquella casa. Ni siquiera de niña.
Mientras Lucía insistía en que el viento sonaba como una canción y Gabriel decía que las olas parecían rugidos de un gigante, yo solo escuchaba madera cediendo, hierro chirriando, tuberías golpeando dentro de las paredes y puertas que parecían respirar cuando cambiaba la presión del aire.
Aquella noche todavía estaba convencida de que todo tenía una explicación.
Después de cenar, cada uno dijo de retirarse a su habitación con la excusa del cansancio.
Gabriel fue el primero en subir. Escuché cómo sus pasos recorrían el pasillo del piso superior antes de desaparecer tras una puerta que chirrió al cerrarse.
Lucía se quedó un rato más en el salón recogiendo los platos, mientras Adrián fingía leer unos papeles que, en realidad, llevaba diez minutos mirando sin pasar de página.
Yo me ofrecí a bajar a la despensa donde se guardaba todo tipo de cosas.
―¿Necesitas algo? ―preguntó Lucía.
―Velas.
Miró las lámparas de emergencia.
―Todavía hay luz.
―Precisamente por eso, porque imagino que dejará de haberla en algún momento.
Conocía demasiado bien las tormentas del Cantábrico. Si el generador decidía fallar en mitad de la noche, sería mejor tenerlo todo preparado.
Atravesé el pasillo con una linterna que encontré dentro de un cajón de la cocina.
El olor a humedad me golpeó inmediatamente nada más atravesar la puerta.
Encontré una caja llena de velas casi consumidas y un par de linternas antiguas.
De repente escuché unos golpes cortos y suaves, y seguí aquel sonido hasta dar con el motivo.
Había una pequeña ventana situada al final del pasillo, y estaba abierta, pero eso no fue lo que me sorprendió.
Tenía la marca de cuatro dedos, huellas que habían levantado el polvo de años.
Primero me asusté, después pensé que lo lógico era que cualquiera de nosotros hubiésemos puesto la mano sobre la ventana, incluso el tasador.