Capítulo 7
Gabriel
Siempre había dicho que aquella casa era demasiado grande para mi familia. Y, sin embargo, bastaron unas cuantas voces de mis hermanos para que dejase de parecerme tan grande.
Lucía había encontrado un viejo mantel de lino en uno de los aparadores del comedor, y lo sacudía desde el porche mientras protestaba porque llevaba veinte minutos tragando polvo.
Adrián rebuscaba entre los armarios de la cocina con la misma expresión de quien intenta poner orden en un archivo clasificando documentos.
Más que buscar vasos y cubiertos era como si estuviera organizando un despacho.
Inés permanecía apoyada en el marco de la puerta con una copa de vino en la mano, observándonos sin intervenir demasiado, exactamente igual que cuando éramos pequeños y prefería mirar antes que participar.
―¿Alguien ha comprobado si la nevera funciona? ―preguntó Lucía.
Abrí la puerta.
Una luz amarillenta iluminó el interior.
―Milagro. Todavía debe enfriar porque hay luz.
―Mamá siempre decía que esa nevera sobreviviría a todos nosotros ―comentó Adrián.
―Como el sofá del salón ―añadí mientras sacaba unas verduras algo arrugadas que alguien había dejado olvidadas años atrás en el interior de la nevera―. Creo que si un meteorito cayera sobre la casa, el sofá sería lo único que encontrarían entero.
Lucía soltó una carcajada.
―Y tú sentado encima.
―Tengo que vigilar que todo vaya bien. Por el momento no te he visto perder el control, pero aún hay tiempo…
Ella me lanzó un paño de cocina que conseguí atrapar antes de que me diera en la cara.
Durante unos minutos todo resultó extrañamente fácil.
Parecía que los años hubieran retrocedido y que solo fuéramos cuatro hermanos intentando improvisar una comida de domingo con alimentos saludables que Lucía había llevado.
Encontramos también varias conservas, aceite y especias. No era un gran banquete, pero bastaba.
Mientras cortaba cebolla, observé de reojo a Adrián. Tenía el móvil boca abajo sobre la encimera y, aun así, cada pocos segundos desviaba la mirada hacia él, como si esperara una llamada.
―¿Qué pasa? ―le pregunté.
Levantó la vista.
―¿Cómo?
―Llevas media tarde mirando el teléfono.
―Trabajo.
No insistí.
Lucía empezó a poner los platos sobre la mesa del comedor y sonrió al descubrir que seguían siendo los mismos de cuando éramos niños, con aquel filo azul que mi madre decía que jamás volvería a encontrarse.
―¿Os acordáis de las cenas de Nochebuena?
―¿Las de papá empeñado en cortar el cordero con un cuchillo que nunca afilaba? ―respondí.
Lucía asintió riéndose.
―Acababa pidiendo la sierra del garaje.
Hasta Inés sonrió.
―Yo no lo recuerdo ―dijo ella.
Se empeñaba en continuar diciendo que no estuvo casi viviendo en la casa, y en realidad solo la ingresaron unos años.
Por un momento volví a sentirme un crío. No el hombre divorciado, endeudado y demasiado cansado que era ahora, sino aquel chaval que pasaba los veranos saltando desde las rocas al mar y que estaba convencido de que la vida nunca podría terminarse.
Fue Adrián quien rompió aquella ilusión.
―Mañana deberíamos hablar con el abogado y poner en marcha la venta cuanto antes.
El ambiente cambió de golpe.
Lucía dejó un plato sobre la mesa con demasiada fuerza.
Inés bebió un sorbo de vino antes de hablar.
―Hace una semana decías exactamente lo contrario. Dinos de una vez qué es lo que ha cambiado.
Adrián siguió doblando una servilleta.
―He cambiado de opinión.
―¿Así de repente? Es curioso.
―Las personas cambian de opinión.
Negué despacio.
―No, tú no.
Levantó la cabeza.
Nuestros ojos se encontraron.
―¿Qué quieres decir?
―Que llevas cinco años diciendo que la casa no se tocaba porque era el último deseo de mamá y ahora resulta que quieres venderla cuanto antes. No me lo creo.
Durante unos segundos nadie dijo nada.
El viento golpeó las contraventanas con tanta fuerza que toda la cocina vibró.
Lucía carraspeó.
―No empecéis.
Pero ya era tarde.
―¿Y qué más da el motivo? ―respondió Adrián con una calma que me irritaba todavía más―. Todos necesitamos el dinero.
No era cierto, a todos nos vendría bien el dinero, pero no lo necesitábamos.
Inés fue la primera en reaccionar.
―Habla por ti.
Adrián se volvió hacia ella.
―¿De verdad eres la única de esta familia que no necesita casi un millón de euros?
Ella sostuvo su mirada sin pestañear.
―Acosta de vender los recuerdos de nuestros padres no. Vamos, que no es exactamente lo que tenía en mente para dejar de trabajar.
Yo apoyé el cuchillo sobre la encimera.
―Pues hace una hora tú también querías vender. Me pareció verte contenta cuando el tasador dijo la cifra.
―Porque una persona sola en contra no puede negarse.
Lucía dejó escapar un suspiro.
―¿Podemos pasar una sola noche sin discutir?
Nadie respondió.
El silencio volvió a instalarse entre nosotros.
Solo se escuchaba la lluvia.
Cuando levanté la vista hacia el ventanal, el mar había desaparecido. Solo existía una pared de agua que se deslizaba sobre el cristal
―Esto sí que no lo esperaba... ―murmuró Lucía.
Un relámpago iluminó toda la estancia.
Un segundo después llegó un trueno tan cercano que hizo vibrar la casa entera.
Me levanté para cerrar mejor una de las contraventanas que el viento golpeaba sin descanso. Fue entonces cuando escuché el ruido.
Sonó como si alguien hubiera dejado caer una herramienta sobre piedra.
Fruncí el ceño.
―¿Qué pasa? ―preguntó Lucía.
No respondí. Abrí la puerta de la cocina y salí al porche. Al hacerlo el aire me golpeó la cara con una violencia inesperada, la lluvia era tan intensa que apenas conseguía ver más allá de unos pocos metros.
Miré hacia la casita de invitados. Allí todo parecía estar bien, pero entre dos destellos de un relámpago, distinguí una figura inmóvil junto a la puerta.
No era alta, no muy alta. No se movía.
―¡Eh! ―grité.
Pero no respondió.
Bajé los escalones del porche. La lluvia me empapó antes de dar el tercer paso.
Avancé hasta el sendero de piedra sin apartar la vista del lugar donde la había visto, pero allí no había nadie, solo las ramas de los árboles agitadas por las fuertes rachas de viento.
―¿Gabriel?
La voz de Lucía llegó desde la casa.
Me giré.
Ella permanecía bajo el porche, abrazándose a sí misma para protegerse del frío.
―¿Qué haces ahí?
Volví a mirar hacia el invernadero.
Negué con la cabeza.
―Nada.
Seguramente había sido un juego de luces.
Eso fue lo que me repetí mientras regresaba al interior. Aunque, por alguna razón que no supe explicar, antes de cerrar la puerta eché un último vistazo al jardín. Y tuve la incómoda sensación de que alguien acababa de esconderse.