La casa del acantilado Capítulo 6
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Capítulo 6

Adrián

Vimos como el coche del tasador desapareció tras la curva del pinar y durante unos segundos ninguno dijo una palabra.

El silencio que dejó tras de sí resultaba extraño, como si con él se hubiera marchado también la normalidad.

Permanecimos observando el camino hasta que el ruido del motor terminó por perderse entre el viento.

―Bueno... ―dijo Gabriel frotándose las manos―. Ya somos oficialmente millonarios.

―Todavía no hemos vendido nada ―respondí.

―Pero al menos ya sabemos que mamá no nos dejó una ruina.

Lucía sonrió mientras contemplaba el jardín.

―¿Os dais cuenta de que sigue todo prácticamente igual?

―Porque nadie ha tocado nada ―contestó Inés.

Y tenía razón.

Las hortensias seguían bordeando el sendero principal, aunque crecían descontroladas, las contraventanas verdes continuaban sujetas a la fachada por los mismos herrajes, aunque ahora oxidados, y el viejo banco de piedra donde mamá se sentaba cada tarde a leer permanecía bajo el ciprés, cubierto ahora de hojas secas.

Era como si la casa hubiera esperado pacientemente nuestro regreso.

Entramos de nuevo.

La humedad comenzaba a mezclarse con el aroma de la madera vieja, y el aire parecía un poco más violento, como si el cielo hubiera descendido unos metros sobre el acantilado.

Gabriel abrió las ventanas del salón.

―Esto necesita ventilarse.

Una ráfaga de viento irrumpió con tanta fuerza que hizo caer un marco de fotos desde una estantería.

El cristal estalló contra el suelo.

Los cuatro dimos un respingo.

―Buen comienzo ―murmuró Gabriel.

Lucía recogió la fotografía antes de que alguien pudiera pisarla.

Era una imagen de nosotros cuatro junto a nuestros padres, tomada muchos años atrás en aquella misma terraza. Sonreíamos a la cámara con una naturalidad que yo no recordaba haber sentido nunca.

―Éramos horribles ―dijo Gabriel.

―Habla por ti ―contestó Lucía.

Inés observó la fotografía un segundo antes de devolverla a la mesa.

―No recuerdo ese día.

Nadie respondió.

No era la primera vez que decía algo parecido.

Subimos a dejar las maletas en las habitaciones. Cada uno eligió la misma que había ocupado durante la infancia, sin necesidad de hablarlo, como si la casa hubiera decidido por nosotros.

Yo dejé la bolsa sobre la cama y me acerqué a la ventana.

El mar había cambiado de color. Ya no era azul. Se había vuelto gris.

Las olas golpeaban el acantilado con una violencia inusual y, en el horizonte, una línea negra avanzaba lentamente hacia la costa.

El móvil vibró en mi bolsillo, y lo saqué para mirar quien era.

No era una llamada, solo había un mensaje.

Quedan siete días

Nada más. Solo aquellas tres palabras. Sentí un nudo en el estómago.

Borré el mensaje antes de devolver el teléfono al bolsillo.

Cuando bajé de nuevo al salón, Gabriel ya había encontrado varias botellas de vino en la despensa.

―Milagro. Papá escondía alcohol hasta detrás de los libros.

Lucía soltó una risa.

―No lo escondía. Tú eras demasiado pequeño para llegar al estante y no lo veías.

Durante unos minutos la conversación volvió a parecer la de cualquier familia. Hablaron de sus trabajos, de Alba, la hija de Gabriel, de los viajes de Lucía, incluso Inés participó un poco más de lo habitual, aunque seguía escogiendo cuidadosamente cada palabra.

Entonces un trueno hizo temblar los ventanales.

Tan fuerte que las copas de cristal vibraron sobre la mesa.

Todos miramos hacia el exterior. La lluvia comenzó de golpe, y no fueron unas gotas insignificantes. Fue una cortina de agua tan espesa que el mar desapareció por completo.

―Pues parece que la despedida va a ser entretenida ―bromeó Gabriel.

No llegué a responder. Las luces de la casa parpadearon un par de veces. Y después se apagaron.

La oscuridad nos envolvió durante un minutos máximo, hasta que el generador de emergencia arrancó con un zumbido grave y varias lámparas de pared recuperaron una tenue luz amarillenta.

―¿Todavía funciona ese trasto? ―preguntó Lucía.

―Papá lo revisaba todos los inviernos ―respondí.

Otro relámpago iluminó fugazmente el jardín. Después llegó el trueno.

―Si preferís que nos vayamos ahora...

Gabriel soltó una carcajada.

―¿Irnos por cuatro nubes?

―No son cuatro nubes.

―Lucía, ¿te acuerdas de la tormenta del noventa y ocho? Aquella sí que fue una tormenta. El agua llegaba hasta el porche y papá tuvo que sujetar las contraventanas con cuerdas.

Sonreí sin querer.

También lo recordaba.

Nuestra madre había preparado chocolate caliente para todos mientras los rayos caían tan cerca que parecía que fueran a partir la casa en dos.

Y allí seguíamos.

La casa seguía allí.

―¿Y la del dos mil tres? ―añadí―. Estuvimos tres días sin luz.

Gabriel señaló la caseta del generador.

―Pero teníamos ese cacharro.

Lucía seguía dudando.

―No sé... el tasador parecía bastante convencido del mal tiempo.

―Los de ciudad siempre se ponen nerviosos cuando ven llover ―dijo Gabriel con una media sonrisa.

Inés, que hasta ese momento había permanecido callada, levantó la vista hacia las nubes.

―Si la carretera se corta estamos jodidos. Todavía no ha empezado lo peor.

La miré sorprendido.

―¿Entonces tú quieres irte?

―No creo que una noche vaya a cambiar gran cosa entre nosotros.

Aquella respuesta bastó para zanjar la discusión.

Miré el reloj.

Apenas eran las seis y media de la tarde.

Marcharnos ahora significaba volver cada uno a nuestra vida sin haber compartido ni siquiera unas horas. Quedarnos suponía despedirnos de la casa como quizá debimos hacerlo cinco años atrás.

―Nos quedamos ―dije finalmente.

Gabriel sonrió satisfecho.

―Eso quería oír.

Lucía terminó cediendo con un suspiro.

―Pero mañana salimos temprano ―dijo.

―Al amanecer, si quieres ―respondí.

Ninguno volvió a mirar el cielo.

Si lo hubiéramos hecho, quizá habríamos visto que todas las ramas comenzaban a doblarse debido a la fuerza del viento.

Quizá habríamos entendido que aquella no se parecía a ninguna de las tormentas de nuestra infancia.

Quizá habríamos subido a los coches mientras aún estábamos a tiempo.

Pero las casas donde uno ha crecido tienen una extraña manera de hacernos sentir invencibles. Y fue precisamente esa confianza la que terminó condenándonos.