Capítulo 5
Gabriel
El sonido de la cerradura nos hizo volver la vista a todos hacia la puerta principal al mismo tiempo.
Quien apareció fue el tasador, un hombre de unos sesenta años, de estatura media y cabello completamente blanco, vestido con una americana azul marino, y llevaba una carpeta de piel bajo el brazo.
Sonrió con esa amabilidad que le salió automática, imaginé que llevaba toda una vida tratando con propietarios ilusionados.
―Buenos días. Imagino que ustedes son la familia Vilchedo. Bueno a Adrián ya lo conozco como saben todos.
Asentí mientras me adelantaba un paso.
―Perdonen que haya empezado sin ustedes ―dijo adelantándose un paso hacia mí.
Le estreché la mano.
―Enrique Montero, tasador. He terminado de revisar el exterior y estaba tomando algunas medidas en el salón. Si les parece, podemos entrar y comentar lo que he visto.
Mis hermanos fueron pasando delante de mí.
Lucía se detuvo un instante en el umbral antes de cruzarlo, como si necesitara despedirse de la casa incluso antes de haber vuelto a entrar, Adrián recorrió el vestíbulo con la mirada buscando algo que solo él sabía, e Inés respiró profundamente, con esa expresión indescifrable que siempre adoptaba cuando intentaba controlar sus emociones.
Yo no miraba la casa. Miraba la carpeta. Allí dentro había una cifra. Y aquella cifra era mucho más importante que cualquier recuerdo.
Mientras el tasador nos guiaba por las distintas estancias fue señalando detalles que, sinceramente, nunca me habían interesado demasiado.
Habló de la piedra original de la fachada, del valor arquitectónico de la escalera central, de las vigas de roble que todavía conservaban un estado excepcional, de los ventanales orientados al mar y de la enorme extensión de terreno que rodeaba la vivienda.
Escuchaba sus explicaciones como quien oye llover, respondiendo con algún asentimiento de vez en cuando, incapaz de concentrarme en otra cosa que no fuera la pregunta que llevaba días repitiéndose dentro de mi cabeza.
¿Cuánto valía realmente aquella casa?
Lucía parecía recorrer las habitaciones con una nostalgia casi infantil. De vez en cuando acariciaba un mueble o sonreía al detenerse frente a una fotografía olvidada sobre una cómoda.
―¿Eso habrá que repararlo? ―preguntó Adrián.
―Sin duda ―respondió el tasador―, aunque no afecta al valor de la propiedad.
Lo verdaderamente importante aquí es la ubicación.
Hoy en día es prácticamente imposible encontrar una finca de estas dimensiones construida sobre un acantilado y con acceso privado a la cala.
Pero las reparaciones serán interesantes de realizar si lo que desean es venderla rápido.
Inés apenas intervenía. Caminaba unos pasos por detrás de nosotros, observándolo todo con un silencio que empezaba a resultarme incómodo.
Terminamos de nuevo en el salón. El señor Montero dejó la carpeta sobre la mesa de nogal, se quitó las gafas, las limpió con un pañuelo y se las volvió a colocar. Después, nos miró uno a uno antes de hablar.
―Naturalmente tendré que elaborar un informe completo y estudiar el mercado de la zona, pero puedo adelantarles una estimación bastante aproximada. Hasta estoy seguro que me sorprenderé después cuando la ajuste, no suelo equivocarme nunca con el valor de las propiedades.
Noté que Adrián cruzaba los brazos.
Lucía dejó de sonreír.
Incluso Inés levantó la vista.
―Si realizan pequeñas reparaciones y presentan la vivienda adecuadamente, podrían ponerla en el mercado por una cantidad cercana a los tres millones de euros. Quizá algo más si aparece el comprador adecuado.
Nadie habló durante unos segundos, solo se escuchó el viento golpeando los ventanales.
Tres millones no eran demasiado, pero empecé a sentir que una presión invisible abandonaba mi pecho por primera vez en meses. No era suficiente para convertirme en un hombre rico, pero sí para vivir infinitamente más cómodo de lo que lo hacía hasta ahora.
Disimulé la exhalación apoyando ambas manos sobre el respaldo de una silla situada frente a mí.
―Es una cifra mayor de la que esperaba ―comentó Lucía.
―La ubicación lo cambia todo ―respondió el tasador con una sonrisa―. Las casas se pueden reformar. Un terreno como este no puede fabricarse. Está o no está, y en su caso, está.
Adrián dejó escapar un silbido.
―Pues resulta que mamá tenía mejor ojo para los negocios del que pensábamos.
Ninguno respondió.
Mi madre jamás compró aquella casa pensando en hacer negocio.
La compró porque decía que aquel era el único lugar del mundo donde podía escuchar el mar sin que nadie la molestara.
El tasador abrió la carpeta y comenzó a guardar sus papeles.
―Les enviaré el informe definitivo en unos días, aunque, sinceramente, si deciden vender, no creo que tarde demasiado en aparecer un comprador. Eso sí, quizá deberían de llamar a alguna empresa de control de plagas, se oyen ruidos detrás de algunas paredes. Casi por toda la casa.
Lo acompañamos hasta la puerta. Antes de marcharse se volvió hacia nosotros con una expresión cordial.
―Permítanme un consejo, aunque no tenga nada que ver con mi trabajo. Disfruten hoy de la casa. Lugares como este tienen algo especial cuando vuelven a llenarse de vida.
Nadie le respondió, estaba claro que ninguno de nosotros quería estar allí. Si no lo habíamos hecho en tantos años, ¿por qué ahora?
―Una cosa más.
Nos acercamos los cuatro.
El hombre levantó la vista hacia el cielo. Las nubes habían terminado por cubrir el sol y avanzaban desde el mar con una rapidez poco habitual.
―No sé si han consultado la previsión, pero anuncian un temporal bastante serio para esta noche.
Gabriel también miró al horizonte.
―Aquí siempre exageran.
El tasador sonrió.
―Puede ser, pero si tienen intención de marcharse, yo no esperaría demasiado. La carretera de acceso nunca me ha parecido especialmente segura y, cuando llueve con fuerza, suele haber pequeños desprendimientos.
―Llevamos cuarenta años subiendo y bajando por ese camino ―respondió Gabriel con una confianza que solo podía tener alguien criado allí―. Ha soportado tormentas mucho peores.
―Seguro que sí, pero nunca está de más ser prudentes.
Lucía dio un paso antes de hablar.
―Gracias por avisarnos.
―Solo es un consejo.
Se colocó las gafas de nuevo y sonrió antes de engranar la marcha.
―Espero equivocarme y que mañana amanezca un día espléndido.
Esperé a que desapareciera por el camino de grava antes de volverme hacia mis hermanos.
Fue Lucía quien rompió el silencio.
―Ya que estamos aquí...
Todos la miramos.
―No sé cuándo volveremos a coincidir los cuatro. Si mañana vamos a marcharnos y probablemente esta sea la última vez que pisemos esta casa, podríamos quedarnos esta noche, preparar algo de cenar y despedirnos de ella como se merece.
Gabriel hizo una mueca.
―¿Una cena familiar? Eso nunca acabó especialmente bien entre nosotros.
―Precisamente por eso ―respondió ella sonriendo―. Quizá ya va siendo hora de cambiar las estadísticas.
Inés sorprendió a todos.
―A mí me parece bien.
Gabriel la observó unos segundos.
―No esperaba oír eso de ti.
Ella se encogió de hombros.
―Yo tampoco.
Las tres miradas terminaron clavándose en mí.
Había organizado aquella reunión con la única intención de vender la casa y marcharme cuanto antes. No tenía ninguna necesidad de pasar una noche entre aquellas paredes, rodeado de recuerdos que llevaba años intentando mantener a raya.
Sin embargo, asentí.
―De acuerdo. Nos iremos mañana.
Lucía sonrió satisfecha.
Gabriel resopló con resignación.
Inés volvió a mirar la casa.
Y yo tuve la absurda sensación de que, al aceptar quedarnos, acabábamos de tomar una decisión que ninguno de nosotros tendría oportunidad de deshacer.