La casa del acantilado Capítulo 4
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Capítulo 4

Lucía

Los vi antes incluso de apagar el motor.

Gabriel permanecía de pie junto a la escalinata principal con las manos hundidas en los bolsillos de la cazadora, mirando el mar como si estuviera completamente solo, mientras Inés miraba a Adrián.

No hablaban. O quizá acababan de hacerlo.

Entre ellos siempre existía esa forma tan extraña de estar juntos sin necesidad de llenar el silencio que no comprendía.

Apagué el coche y permanecí unos segundos contemplándolos a través del parabrisas.

Cinco años sin reunirnos los cuatro en aquel lugar y, sin embargo, bastó verlos allí para que desaparecieran de golpe todos esos años de distancia.

Gabriel seguía siendo incapaz de estarse quieto más de treinta segundos y terminaba balanceándose sobre los talones como hacía de niño; Inés seguía adoptando esa postura tan rígida, como si incluso sentarse requiriera disciplina.

Cogí la mochila y salí del coche.

Fue Adrián quien me vio primero.

―Mira quién ha decidido aparecer. Siempre tarde, por supuesto.

Sonreí mientras cerraba la puerta.

―¿Os habéis puesto de acuerdo para llegar antes solo para criticarme?

―No. Eso lo hacemos hasta estando a distancia.

Negué con la cabeza y subí los escalones de dos en dos. Sin pensarlo demasiado abracé primero a Adrián. Noté cómo soltaba un bufido exagerado antes de rodearme con los brazos.

―Vas a romperme una costilla ―se quejó.

―No seas exagerado casi no estoy apretando

Me aparté riéndome.

―Te he echado de menos.

Durante un instante su expresión perdió esa ironía que utilizaba como escudo.

―Yo también, peque.

Aquella palabra no la había escuchado en años.

Después me giré hacia Inés.

Ella ya se había levantado.

Nos miramos un segundo.

Con Inés los abrazos siempre eran distintos. Nunca sabía si dárselos o no, como si necesitara calcular antes la distancia exacta entre dos personas. Fui yo quien dio el paso y la rodeé con los brazos.

Noté cómo se volvía dura como una piedra.

Luego apoyó una mano en mi espalda.

―Hola.

―Hola.

―Estás muy morena ―me dijo.

―Ventajas de trabajar al aire libre ―respondí.

Esbozó una pequeña sonrisa.

―Me alegro de verte.

―Yo también.

Gabriel carraspeó detrás de nosotras.

―Qué momento tan emotivo.

Los dos lo miramos al mismo tiempo.

―¿Quieres un abrazo tú también? ―pregunté.

―Ni se te ocurra.

No le hice caso.

―Pesada...

―Lo sé.

Nos quedamos los cuatro un momento frente a la casa. El viento soplaba con fuerza desde el acantilado y hacía bailar las copas de los cipreses que bordeaban el camino. Nadie parecía tener prisa por entrar.

―Está peor de lo que imaginaba ―dije observando la fachada.

Gabriel siguió mi mirada.

―Cinco años cerrada pasan factura.

―Sigue siendo preciosa.

―Eso lo dices porque no has visto las goteras.

―¿Muchas?

Negó despacio.

―Acabo de echar un ojo junto con el tasador, y como esperábamos, una casa así siempre tiene goteras.

Inés deslizó la mano por la barandilla de piedra y observó el polvo que había quedado en la yema de sus dedos.

―También necesita pintura.

―Y cambiar media instalación eléctrica ―añadió Gabriel.

―¿Cómo lo sabes?

―Porque la hizo papá.

Los tres nos echamos a reír.

Nuestro padre tenía muchas virtudes, la electricidad no era una de ellas.

Todavía recordaba el verano en que decidió instalar él mismo un ventilador de techo y consiguió dejar sin luz a toda la casa durante dos días.

Mamá no le dirigió la palabra en cuarenta y ocho horas, mientras Adrián recorría el pueblo buscando a un electricista que quisiera subir hasta el acantilado en pleno mes de agosto.

―¿Os acordáis de aquellos días sin luz? ―pregunté entre risas.

―Cómo olvidarlo ―respondió Gabriel―. Papá jurando que solo era un fusible y el salón lleno de velas porque no encontraba el fallo en el cuadro eléctrico.

―Y mamá diciendo que iba a prender fuego a la casa antes de dejar que volviera a tocar un cable.

Inés empezó a reírse tanto que los tres nos miramos sorprendidos, como si ninguno recordara la última vez que la habíamos oído reír de verdad.

―Al final no estuvo tan mal crecer aquí... ―murmuré casi para mí.

El silencio volvió despacio.

Gabriel desvió la vista hacia la puerta.

―No idealices las cosas, Lucía.

Comprendí que cada uno guardaba una casa distinta en la memoria. Yo recordaba los veranos, los juegos en los jardines y las cenas interminables en la terraza. Gabriel recordaba las discusiones. Inés, quizá fue la que menos estuvo. Y Adrián... probablemente las responsabilidades.

La puerta principal seguía cerrada.

―¿Dónde demonios se ha metido el señor tasador? Hace un minuto estaba a mi lado, ha sido entrar a la casa y perderlo de vista ―refunfuñó Adrián, sacando el móvil del bolsillo.

―¿Dónde están vuestros coches? ―pregunté.

―Se quedaron abajo, insistió en que debía ver todo el acceso bien. A pie.

Y al poco, como si hubiera estado esperando que termináramos de hablar, la cerradura giró lentamente.

Los cuatro levantamos la vista al mismo tiempo.