La casa del acantilado Capítulo 3
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Capítulo 3

Inés

Nunca entendí por qué las casas vacías siguen oliendo a quienes las habitaron.

Después de la muerte de mi madre, la humedad había ganado la batalla a la pintura, la sal del mar había mordido los marcos de las ventanas, y las malas hierbas cubrían parte del sendero de piedra que conducía hasta la entrada.

Sin embargo, bastó cruzar la verja para reconocer aquel olor imposible de describir, una mezcla de madera vieja, cera para muebles y lavanda que ningún perfume ha conseguido imitar jamás y que, para mi desgracia, seguía siendo capaz de devolverme a una época de mi vida que prefería mantener enterrada.

Me senté en el escalón de la entrada mientras esperaba al resto. Había llegado demasiado pronto, como casi siempre. La puntualidad no era una virtud para mí; era una forma de controlar aquello que todavía podía controlarse.

Desde allí la casa parecía mucho más grande de lo que recordaba, aunque sabía que era una ilusión. Seguía siendo una mole de piedra asomada al acantilado, orgullosa, elegante, casi desafiante. Como si llevara un siglo resistiendo al viento y estuviera convencida de que sobreviviría otro más.

Yo, en cambio, apenas había vivido allí.

La mayor parte de mi adolescencia transcurrió entre las paredes blancas de una clínica privada situada a trescientos kilómetros de aquella costa, un edificio tan impecable como frío, donde los días estaban medidos en calorías, análisis de sangre, sesiones de terapia y silencios interminables.

Según mis padres, sufría un grave trastorno de la conducta alimentaria.

Según los médicos, mi vida corría peligro.

Según los informes, estuve ingresada seis años.

Hay una parte de mí que acepta esos hechos porque existen documentos, historiales clínicos y decenas de profesionales dispuestos a jurar que ocurrieron.

Y luego está la otra parte. La que todavía se pregunta por qué no consigue recordar casi nada de aquel tiempo.

Recuerdo el jardín. Una enfermera que silbaba mientras regaba las plantas.

El sonido de una puerta cerrándose cada noche.

Pero no recuerdo haber querido dejar de comer.

No recuerdo sentir miedo a un plato de comida.

No recuerdo vómitos. No recuerdo ninguna de las conversaciones que, según los informes médicos, mantuve durante cientos de horas con distintos terapeutas.

Solo recuerdo querer volver a casa, siempre volver a casa.

Con el tiempo dejé de discutirlo. Resultaba agotador intentar convencer a los demás de que su memoria estaba equivocada. Es una batalla imposible de ganar cuando todo el mundo dispone de pruebas menos tú.

Me convertí en médico forense por una razón muy sencilla: los cadáveres no mienten. Los cuerpos conservan respuestas incluso cuando las personas las han olvidado. Lástima que los vivos no funcionemos igual.

Levanté la vista hacia las ventanas del piso superior. Permanecían cerradas, oscuras, devolviendo únicamente el reflejo.

Hacía cinco años que no ponía un pie allí.

Cinco años evitando aquella casa y todo lo que representaba.

Y, aun así, cuando Adrián envió aquel mensaje diciendo que había llegado el momento de venderla, no dudé ni un segundo en aceptar.

No porque me interesara el dinero. Ni porque creyera que vender aquella casa fuera una buena idea. Sino porque una parte de mí seguía convencida de que, entre aquellos muros, había respuestas que nadie había querido darme y así seguiría siendo. Con lo cual mejor acabar con aquello.

El ruido de un motor ascendiendo por el camino de grava me obligó a girar la cabeza.

Gabriel.

Podía reconocer su viejo todoterreno antes incluso de verlo aparecer entre los árboles.

Respiré hondo.

Si la casa seguía siendo exactamente igual que en mis recuerdos, las personas que iban a llenarla dentro de unos minutos, también. Y eso, me daba mucho más miedo que volver a cruzar aquella puerta.

Gabriel detuvo el todoterreno junto al mío y permaneció unos segundos con las manos apoyadas sobre el volante, contemplando la fachada de la casa como si esperara que, en cualquier momento, alguien saliera a recibirnos.

Cuando apagó el motor el silencio regresó de golpe, roto únicamente por el rumor constante del mar golpeando las rocas del acantilado.

―Sigue igual de fea ―murmuró al bajar.

No pude evitar sonreír.

―Pues tú siempre decías que era un castillo.

―Cuando tenía ocho años. Luego crecí.

Esperé a que rodeara el coche y, antes de que pudiera decir nada más, lo abracé.

No fue un abrazo largo, ni especialmente efusivo. Gabriel nunca había sido un hombre dado a las muestras de cariño, pero tampoco se apartó. Noté cómo me daba dos palmadas torpes en la espalda, exactamente igual que hacía nuestro padre cuando no sabía expresar lo que sentía.

―Me alegro de verte, idiota ―le dije.

―Tú también estás guapa ―respondió con esa media sonrisa burlona que llevaba toda la vida utilizando para esconder cualquier emoción.

Me separé un poco para observarlo mejor.

Tenía más canas de las que recordaba y unas profundas ojeras que no lograba ocultar, aunque seguía siendo el mismo hermano enorme que parecía capaz de cargar el mundo sobre los hombros sin darse cuenta del peso.

―Has adelgazado ―le dije.

―Trabajo demasiado ―respondió.

―Mientes fatal ―negué con la cabeza.

Se encogió de hombros.

―Y tú sigues siendo igual de impertinente por lo que veo.

Aproveché para acercarme a mi coche, cogí mi bolsa del maletero y empezamos a caminar hacia la entrada.

La grava crujía bajo nuestros pies y el viento traía ese olor a salitre que solo existía en aquel lugar.

Durante unos metros ninguno habló. A veces los silencios con Gabriel nunca resultaban incómodos; bastaba caminar a su lado para saber que seguíamos siendo hermanos, aunque hubieran pasado meses sin vernos.

―¿Cómo está Alba? ―pregunté al fin.

Su expresión cambió al instante.

―Muy bien. Ya tiene once años y empieza a creer que sabe más que yo.

―Eso lo ha heredado de su padre.

Soltó una carcajada.

―No, eso lo ha heredado de su tía Inés.

Nos reímos los dos.

―¿Hace mucho que no la ves? ―pregunté.

―¿A Alba? Una semana.

Negué con la cabeza.

―No hablaba de ella.

Su sonrisa desapareció.

―Ah.

Tardó unos segundos en responder.

―Desde Navidad.

No insistí. Sabía que el divorcio seguía siendo una herida abierta y que Gabriel prefería cambiar de tema antes que reconocer cuánto echaba de menos a su ex.

Cuando llegamos frente a la puerta principal levanté la vista hacia las ventanas. Todas permanecían cerradas. La casa parecía contener la respiración frente a nosotros.

―¿Sabes qué es lo primero que voy a hacer cuando vendamos esto? ―pregunté.

―¿Qué?

―Viajar durante seis meses sin mirar el correo electrónico.

―Yo voy a cambiar el tejado del taller. Veo que no tienes preocupaciones.

―Muy emocionante lo tuyo. No, no demasiadas, la verdad.

―Me alegro por ti. Yo sí tengo cosas importantes que resolver, al menos mucho más que ir a fotografiar pájaros al fin del mundo.

Le di un pequeño codazo.

―No fotografío pájaros en mis ratos libres.

―No sé qué fotografías exactamente, pero siempre volvías llena de barro.

Sonreí.

Aquellas conversaciones absurdas eran las que más había echado de menos durante todos esos años. Siempre pensé que, si eliminabas las discusiones familiares, nosotros cuatro habríamos sido una familia bastante normal.

La cerradura giró desde dentro.

Gabriel y yo nos miramos al mismo tiempo.

―Parece que está aquí el señor Notario ―murmuró.

La puerta comenzó a abrirse lentamente.

Y allí estaba Adrián.

Con una sonrisa correcta. Como si llevara varios minutos ensayándola delante del espejo. Que no digo que no lo estuviese haciendo.