Capítulo 2
Lucía
Siempre he pensado que Gabriel escogía las cafeterías igual que escogía a las personas: cuanto más escondidas estuvieran del resto del mundo, mejor.
Aquella estaba metida en una calle estrecha del casco antiguo, con apenas cuatro mesas junto al ventanal y un camarero que parecía conocer por su nombre a todos los clientes.
Evidentemente a todos menos a mí, porque nunca antes había estado allí.
Cuando llegué, mi hermano ya llevaba un buen rato, porque el café estaba casi terminado y el cenicero, aunque había dejado de fumar hacía meses, seguía delante de él por pura costumbre.
―Llegas tarde ―dijo sin levantar la vista del móvil.
Dejé el bolso sobre la silla y sonreí.
―Cinco minutos.
―Siete.
―Sigues siendo un maniático.
―Y tú sigues creyendo que el tiempo se detiene para esperarte.
El camarero se acercó antes de que pudiera responderle y pedí un café con leche. Cuando volvió a dejarnos solos, Gabriel deslizó el teléfono por la mesa hasta detenerlo frente a mí.
―Supongo que has leído esto.
Ni siquiera necesitaba mirar la pantalla. El mensaje de Adrián llevaba dos días dando vueltas en mi cabeza.
Necesito que nos reunamos este fin de semana en la casa. Es importante que estemos los cuatro. He concertado la visita de un tasador. No faltéis.
Nada más. Sin un puto saludo, sin explicaciones, y sin evidentemente una despedida. Ni un qué tal os va todo. Nada.
Tan propio de él que casi pude imaginar el gesto serio con el que habría pulsado el botón de enviar.
―Lo he leído ―respondí―. ¿Y?
Gabriel arqueó una ceja.
―¿Y? ¿Eso es todo?
―¿Qué esperas que diga?
―Lleva años negándose a vender esa casa y, de repente, le entra la prisa.
Me encogí de hombros.
―A lo mejor, por fin ha entrado en razón. Y ahora que mamá no está, ya no siente que le está fallando.
Gabriel soltó una risa breve.
―No conoces a Adrián.
Le sostuve la mirada.
―Lo conozco desde que nací.
―Precisamente por eso deberías saber que nunca cambia de opinión porque sí.
No respondí enseguida. Miré a través del ventanal, donde la gente cruzaba la plaza cargada de bolsas, completamente ajena a las tormentas familiares que podían desatarse por un simple mensaje de móvil.
La casa llevaba demasiado tiempo vacía. Aproximadamente cinco años, pues mamá tampoco se sintió con fuerzas de quedarse allí sola después de que nuestro padre se tirase por aquel acantilado.
Desde el entierro de mi padre ninguno de nosotros había vuelto a pasar una noche allí y, aun así, seguíamos pagando impuestos, mantenimiento, y reparaciones para una vivienda en la que nadie vivía.
Era un disparate, especialmente teniendo en cuenta dónde estaba construida.
El acantilado era uno de los lugares más codiciados de toda la costa y cualquier promotor pagaría una fortuna por una finca de aquellas dimensiones.
―No podemos conservarla eternamente ―dije al fin―. Tarde o temprano había que tomar una decisión.
―Eso llevo diciéndole a Adrián desde hace años.
―Pues ahora parece que te ha hecho caso. Deberías de estar contento.
Gabriel negó lentamente con la cabeza.
―No. Lo que me preocupa es que nunca hace caso a nadie.
Había algo en su tono que me hizo dejar la cucharilla sobre el plato.
―¿Crees que ocurre algo?
―Creo que nuestro querido hermano mayor no mueve un dedo si no tiene un motivo.
―Todos tenemos motivos para vender.
―Sí, pero el suyo debe ser más importante.
Lo dijo con tanta seguridad que durante un instante dudé.
Conocía a Adrián. O, al menos, eso me gustaba creer.
Era controlador, orgulloso y desesperadamente incapaz de admitir que necesitaba ayuda, pero también era el tipo de persona que llevaba cinco años soportando el coste de mantener una casa que ninguno quería porque, según él, todavía no era el momento adecuado para desprenderse de ella.
Y ahora, de pronto, sí lo era. Sí, era extraño.
―Quizá simplemente se ha cansado ―aventuré.
Gabriel sonrió.
―Tú siempre buscas la explicación más amable.
―Y tú la más catastrófica por lo que parece.
―Por experiencia suele ser la correcta.
No pude evitar reírme.
Seguía teniendo el mismo gesto de cuando éramos niños, esa media sonrisa que aparecía justo antes de decir algo inconveniente.
Durante años pensé que acabaría metido en cualquier lío imaginable, pero el tiempo había demostrado que, debajo de toda aquella apariencia de hombre irascible, seguía siendo el hermano que primero aparecía cuando alguien necesitaba ayuda, aunque después se pasara media hora quejándose de haber ido.
―¿Sabes qué es lo peor? ―dijo mientras terminaba el café de un trago.
―¿Qué?
―Que vamos a acabar encerrados todo un fin de semana bajo el mismo techo.
Sonreí.
―No exageres. No será tan horroroso.
―¿Recuerdas el último cumpleaños de mamá?
Lo recordaba demasiado bien.
Adrián y Gabriel estuvieron a punto de llegar a las manos por una discusión absurda sobre unas obras en la casa, Inés dejó de hablarles a los dos antes de que sirvieran el postre, y mi madre consiguió que la comida terminara sin una tragedia únicamente porque tenía ese extraño talento para imponer silencio con una sola mirada.
Pensándolo bien, tal vez Gabriel tenía razón. Reunir de nuevo a los cuatro hermanos Vilchedo bajo el mismo techo era una idea que difícilmente podía acabar bien.