La casa del acantilado Capítulo 1
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La casa del acantilado

La casa del acantilado

Por MCL

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Capítulo 1

ADRIÁN

―No puedo seguir esperando, Adrián. Has tenido mucho tiempo para pagarme.

La voz al otro lado del teléfono había perdido cualquier rastro de paciencia, y por extraño que pareciera, eso resultaba mucho más inquietante que los gritos de las primeras llamadas, porque cuando un hombre dejaba de amenazar era porque ya había empezado a tomar decisiones mucho más peligrosas.

Me quedé mirando la plaza desde el ventanal de mi despacho mientras jugueteaba con el bolígrafo entre los dedos.

A esa hora la notaría ya debía de estar llena de clientes esperando su turno y, sin embargo, hacía varios minutos que era incapaz de pensar en otra cosa que no fuera aquella deuda que crecía como una grieta bajo mis pies y amenazaba con engullirme.

―Te he dicho que tendrás tu dinero.

―Llevas diciéndome lo mismo tres meses.

Respiré despacio, procurando que mi voz sonara mucho más segura de lo que yo mismo me sentía.

―Solo necesito unas semanas más.

Hubo un silencio breve.

―¿Cuántas? ―terminó diciendo.

Cerré los ojos un instante. La respuesta no existía, pero necesitaba inventarla.

―Tres semanas, quizá cuatro.

Escuché una risa seca.

―Después de esas semanas dejaré de llamar.

La comunicación se cortó antes de que pudiera responder, y durante unos segundos permanecí inmóvil, con el teléfono todavía pegado a la oreja, contemplando mi propio reflejo en el cristal.

Cuarenta y seis años, una notaría consolidada, una reputación impecable y una vida construida con tanto cuidado que cualquiera habría jurado que nada podía salir mal, aunque la realidad era muy distinta, porque bastaba un pequeño empujón para que todo aquello empezara a derrumbarse.

Dejé el móvil sobre la mesa y abrí lentamente el cajón inferior del escritorio.

Allí seguía el sobre, exactamente donde lo había guardado hacía tres años, el mismo día en que enterramos a mi madre y acudimos al despacho donde se leyó el testamento.

El notario había esperado a que los demás abandonaran la sala antes de entregármelo en secreto, asegurándome que ella le había dado instrucciones muy precisas.

―Solo para Adrián. Nadie más debe verlo.

Recuerdo que incluso entonces me sorprendió aquel sobre. No era grueso, apenas contenía una carta, pero al sostenerlo tuve la absurda sensación de que llevaba dentro algo mucho más importante que unas cuantas hojas de papel.

En el anverso solo había una frase escrita con la letra firme e inconfundible de mi madre.

Nunca, nunca, vendáis la casa del acantilado.

Y yo no dejaba de preguntarme por qué demonios me había elegido a mí para asegurarme de que esa casa nunca se pudiese vender.

Porque ahora me encontraba posponiendo una decisión que todos sabíamos inevitable, porque ninguno de nosotros vivía ya en aquella casa y mantener una mansión vacía sobre un acantilado era un capricho demasiado caro incluso para una familia como la nuestra.

Mis hermanos habían insistido varias veces en venderla.

Yo siempre encontraba una excusa para retrasarlo, unas veces porque el mercado inmobiliario no era favorable, otras porque todavía había documentos pendientes, o porque la reforma necesaria para no mal venderla reduciría demasiado el precio de venta, y ellos acabaron creyendo que se trataba de la obstinación habitual del hermano mayor, del hombre que necesitaba controlarlo todo.

La verdad era mucho más sencilla y bastante más ridícula: nunca había reunido el valor suficiente para desobedecer lo que mi madre me pedía en aquella carta.

Hasta esa mañana.

Porque había llegado el momento de admitir que ya no podía seguir retrasándolo todo.

Mi madre ya estaba muerta, la casa llevaba años vacía, y yo apenas disponía de unas cuantas semanas antes de que los problemas llamaran a mi puerta de una forma mucho menos educada que una simple llamada telefónica.

Volví a dejar la carta en el cajón, lo cerré despacio y marqué el primer número de una lista que llevaba demasiado tiempo evitando.

Había llegado la hora de reunir a mis hermanos.

Y si algo había aprendido de mi familia era que siempre resultaba más fácil enfrentarse a los acreedores que sentarse de nuevo a la misma mesa con ellos.