Capítulo 56
Cuando eran niños, la casa de verano se utilizaba como cuarto de juegos y para celebrar fiestas de cumpleaños. Kitty colgaba pancartas de colores en las paredes y globos en la puerta. Había patatas fritas, porciones de pizza, botellas de refresco con gas y tarta.
Para cuando Camille, Lana y Ollie llegaron a la adolescencia, había dejado de interesarles. Permanecía vacía y descuidada, porque ellos preferían ir al pueblo a pasar el rato con sus amigos.
Al final había sido Camille quien decidió adecentarla, poniendo accesorios nuevos y confeccionando cortinas para las ventanas y fundas para los cojines del sofá.
Se convirtió en su refugio. Un lugar al que podía escapar del parloteo ruidoso de sus hermanos pequeños para hacer los deberes o leer tranquilamente y, más adelante, donde podía estar a solas con Sebastian y, finalmente, cuando sus gustos se volvieron más oscuros, con el Dr. Angus Palmer.
Desde la muerte de Camille, había quedado abandonada: un lugar sin alma, cargado de recuerdos trágicos, cuyo aire estaba impregnado de un olor rancio.
Lana solo había bajado allí una vez; Ollie no había vuelto desde que encontró el cuerpo de Camille.
Y aunque para los dos era difícil estar allí de nuevo, Lana entendía que para él lo era aún más.
Él no había dicho gran cosa desde que Trudy había aparecido con el cuchillo apoyado en su garganta, pero, aunque el arma ya había desaparecido, apenas opuso resistencia cuando ella lo empujó al suelo y le ató los tobillos con una cuerda.
Tenía el rostro pálido y la mirada gacha, y parecía haberse replegado sobre sí mismo, incapaz de enfrentarse a lo que estaba ocurriendo.
Lana no tenía ni idea de qué planeaba Trudy para los dos, pero no pensaba morir sin luchar. Mientras Trudy estaba concentrada en su hermano, ella se centró en los nudos que la sujetaban a la silla, tratando de no pensar que estaba sentada en el mismo lugar donde había muerto Camille.
En serio, ¿cómo se les habían podido pasar por alto todas las señales con Trudy?
¿O es que de verdad no había habido ninguna?
Era un año menor que Lana y Ollie, la hija reservada del médico.
En aquella época, Lana no le había prestado demasiada atención.
Sí, era simpática cuando se cruzaban, pero Trudy siempre parecía confundirse con el fondo.
Las cosas habían sido distintas desde que habían vuelto al pueblo. Trudy había ganado confianza, pero aun así resultaba difícil aceptar que aquella mujer cálida y aparentemente profesional, que cuidaba de su padre discapacitado, fuera en realidad una asesina a sangre fría.
Lana la observó mientras se alejaba de Ollie, sacaba de su bolsillo una caja de cerillas y encendía unas velas. ¿Qué estaba haciendo? Cuando ella había bajado antes a la casa de verano, las velas no estaban allí, ¿verdad?
La luz de las velas suavizaba el abandono de la habitación, pero también resultaba un tanto inquietante y añadía otra capa de extrañeza a aquella espantosa situación.
Cuando Trudy se acercó a las ventanas y corrió lo que quedaba de las cortinas, se apoderó de Lana una sensación de claustrofobia.
Aquella pesadilla titilante se había vuelto demasiado real.
Lana no tenía ni idea de qué hora era, pero el hecho de que aún quedara algo de luz fuera le indicaba que debían de ser más de las ocho, pero antes de las nueve. ¿Por qué no había llegado Xav? ¿O estaría arriba, en la casa, preguntándose dónde demonios se habían metido?
En ese momento, él era su única esperanza real de salir de allí.
Miró a Ollie, tratando de conseguir que le devolviera la mirada.
Tenían que permanecer unidos y elaborar algún tipo de plan.
Escapar no parecía una opción, teniendo en cuenta lo apretados que estaban los nudos, pero, si de algún modo conseguían distraer a Trudy, al menos hasta que Xav regresara, quizá tuvieran una oportunidad.
Cuando Trudy se colocó entre ellos, ocultando a Ollie de la vista de Lana, esta se tensó. Intentó no reaccionar al ver el cuchillo.
No le demuestres que tienes miedo.
Más fácil decirlo que hacerlo, pero Lana alzó la barbilla con gesto desafiante.
—Puedes maquillarlo como quieras. Que mi hermana tuviera una aventura con tu padre no justifica lo que le hiciste.
Trudy frunció el ceño, pero no dijo nada, así que Lana continuó.
—Y mira lo que nos estás haciendo ahora. No hemos hecho nada para merecer esto.
—¡Te equivocas!
El veneno de aquella única palabra hizo que Lana se estremeciera.
—Los Hamilton os creéis muy especiales. Volvéis al pueblo pensando que todo está a vuestra disposición. ¡Él era mío!
¿Qué?
Lana debió de parecer confundida, porque Trudy decidió explicarse y se lanzó a despotricar.
—No necesitaba que vinieras. Una vez ya le rompiste el corazón. ¿Tienes idea del tormento al que lo sometiste? ¿De lo difícil que fue para él volver a verte?
¿Estaría hablando de Xav?
—Me tenía a mí y estábamos bien. No te necesita. Le haces daño.
¿Se había vuelto loca? Por un instante, Lana se olvidó del cuchillo.
—Mataste a mi hermana —espetó—. Y dejaste que Xav creyera que lo había hecho su hermano. ¿Tienes la desfachatez de llamarte su amiga?
La hoja brilló ante sus ojos. La punta afilada se clavó de pronto en su mandíbula y Lana se quedó inmóvil, con los ojos muy abiertos por el dolor y odiando que le temblara el cuerpo. De algún modo logró sostenerle la mirada a Trudy, decidida a no mostrarle cuánto miedo tenía.
—Camille se merecía lo que le hicimos —replicó Trudy—. Y Xav y yo somos amantes. No amigos.
¿Qué demonios? ¿Estaba delirando? ¿Y quiénes eran «nosotros»?
—Me quería. Me quiso. Hasta que apareciste tú.
La punta del cuchillo presionó con más fuerza y Lana tiró de la cuerda, negándose a dejar escapar el grito que le desgarraba la garganta.
Sin embargo, no pudo impedir que las lágrimas le brotaran de los ojos ni ocultar que ahora temblaba violentamente, y tuvo la horrible sensación de que Trudy se estaba alimentando de ello.
Desde fuera llegó el crujido de lo que parecía una bota sobre la grava. El ruido resonó en la casa de verano y Trudy se detuvo mientras volvía la mirada hacia la puerta.
¿Había alguien fuera? Lana quiso gritar pidiendo ayuda, pero con la hoja tan cerca de la garganta no se atrevió.
Transcurrieron varios segundos y Lana fue consciente de los latidos atronadores de su corazón en aquella habitación silenciosa.
Se oyó otro crujido, esta vez más cerca.
Trudy retiró el cuchillo y, cuando se dirigió hacia la ventana, Lana notó que estaba alterada.
Por favor, que sea alguien que viene a ayudarnos.
Vio cómo la mujer abría la puerta y miraba afuera. Luego, sin decir una palabra, salió de la casa de verano.
En cuanto se hubo marchado, Lana intentó llamar la atención de su hermano.
—¿Estás bien? Tenemos que liberarnos antes de que vuelva.
Él no respondió. Seguía mirando la puerta, aterrorizado ante la posibilidad de que Trudy regresara en cualquier momento, así que Lana lo intentó de nuevo.
—¿Ollie? ¿Tu cuerda tiene algo de holgura?
Lana tiró de sus propias muñecas y comprendió que no podía soltarse. Necesitaba que él la ayudara. No disponían de mucho tiempo y a Lana le aterraba pensar qué ocurriría cuando Trudy volviera.
Pensó en Camille y en la tortura que había soportado, y fue entonces cuando la emoción la golpeó: las lágrimas calientes le corrieron por las mejillas. No quería darle a Trudy ninguna ventaja, pero no pudo evitarlo; estaba asustada.
—Ollie, por favor. No puedo hacerlo sola.
Él la miró entonces y Lana observó cómo forcejeaba para sacar los brazos.
—La cuerda está demasiado apretada —murmuró, con voz derrotada.
Unos pasos hicieron que Lana se tensara. Giró bruscamente la cabeza cuando una figura entró en la casa de verano.
Parpadeó al darse cuenta de que no era Trudy. En su lugar, George Maddox estaba de pie en el umbral. Lana se sintió tan aliviada al verlo que no se preguntó qué hacía allí.
—Por favor, ayúdanos —suplicó—. Antes de que vuelva.
George miró alternativamente a los dos antes de acercarse a Lana y ponerse a trabajar en los nudos que le sujetaban las muñecas a los barrotes del respaldo de la silla.
—¿Sabes dónde está? —exigió ella, retorciéndose con impaciencia, desesperada por quedar libre.
George no parecía sorprendido en absoluto de encontrarlos allí, así que Lana supuso que sabía que Trudy les había hecho aquello.
—¡Shh! —la apremió—. No tenemos mucho tiempo. He conseguido esconderme, pero está fuera buscándome.
Lana miró hacia la puerta cuando otra sombra llenó el umbral y el pánico le trepó por la garganta.
—¡Hijo de puta! —gritó Trudy.
Lana chilló al ver que la mujer se abalanzaba sobre George con el cuchillo en la mano.
—¡NO!
Ya era demasiado tarde. Cuando la hoja desapareció en la espalda de George, la sangre brotó al instante.
Su expresión reflejaba estupor mientras jadeaba e intentaba alcanzar el cuchillo.
Luego clavó en Lana sus ojos desorbitados antes de desplomarse.
Tras unos espasmos, se quedó inmóvil, pero Trudy aún no había terminado: arrancó la hoja de su espalda y volvió a apuñalarlo.
Ollie contempló la escena horrorizado, mientras Lana apartaba la mirada, incapaz de soportar lo que estaba ocurriendo. Trudy estaba loca. No se podía razonar con ella y, por muy valientes que fueran, no serviría de nada. Iban a morir.
Mientras nuevas lágrimas le resbalaban por el rostro, Lana volvió a intentar deshacer los nudos que la sujetaban a la silla.
Ahora tenía las muñecas más sueltas, pero no lo suficiente para liberarse.
Sin duda el nudo se había movido un poco, así que tiró de él frenéticamente, haciendo todo lo posible por mantener firme el agarre mientras trabajaba.
Al darse cuenta de que Trudy había terminado con George, Lana levantó la mirada. La mujer estaba cubierta de sangre y una sonrisa lenta y sádica se ensanchaba en su rostro.
—Por favor, déjanos ir. No tienes por qué hacer esto.