Capítulo 55
Incluso después de estrangular a aquella zorra, Camille siguió ensombreciendo mi vida, y recuerdo que me quedé sorprendida ante el grado de dolor que mi padre mostró por su muerte.
El muy cabrón incluso lloró.
En todos mis años, nunca lo había visto mostrar otra emoción que no fuera la ira.
Nunca derramó una lágrima ni mostró la menor preocupación por mí o por mi madre.
Ni cuando me caí de la bicicleta y me rompí una pierna, ni cuando mi madre sufrió un aborto espontáneo y perdió al que habría sido mi hermano pequeño. Lo odiaba por eso.
No lo soportaba y comprendí que mi madre merecía conocer la verdad sobre la aventura, saber qué clase de hombre era en realidad mi padre. Quizá podríamos marcharnos y empezar de cero.
Cuando le conté lo que había visto aquella noche en la casa de verano, al principio no me creyó.
—Tu padre es un buen hombre, Trudy. ¿Por qué te inventas esas mentiras?
Hasta que insistí y le expliqué con todo detalle lo que había visto, su rostro no acabó desmoronándose.
Quise abrazarla y decirle que lo sentía, pero, para mi horror, me gritó que me fuera.
Mientras huía a mi habitación, con las lágrimas atenazándome la garganta, me pregunté si acababa de cometer un terrible error.
Se enfrentó a papá cuando llegó a casa, pero sus negativas no tardaron en convertirse en furia.
Los gritos eran espantosos y me tapé los oídos para intentar amortiguarlos. Temía que aquello no acabara bien, pero no podía imaginar que estaba a punto de destruir mi vida.
Mi madre había estado bebiendo y, presa de la rabia, salió furiosa hacia el coche y se puso al volante. Mi padre la siguió y consiguió encaramarse al asiento del copiloto antes de que ella saliera disparada por el camino de entrada.
El accidente que ocurrió veinte minutos después lo cambió todo.
Mi madre murió y mi querido papá, el buen doctor, acabó con la columna rota. Desde entonces no ha vuelto a caminar.
En aquel momento me culpé a mí misma. Se lo había contado a mi madre y, al hacerlo, había perdido a la única persona a la que amaba de verdad. Debería haber mantenido la boca cerrada. ¿Por qué no había muerto mi padre? Él era el culpable.
Hasta más tarde no comprendí que me habían brindado una oportunidad. Ahora me necesitaba, y nuestra relación iba a desarrollarse según mis condiciones.
Durante años, yo he llevado las riendas y hemos vivido conforme a mis reglas. Cuando recibió la noticia del tumor cerebral y supe que iba a morir, pensé que sería un final apropiado para él. No podía imaginar que pretendía utilizar el tiempo que le quedaba para intentar arruinarme la vida.
No planeé matar a Kitty Hamilton, pero él no me dejó otra opción. Cuando mi padre me contó lo que había hecho, que había revelado mi secreto, supe que tenía que enterrarlo de nuevo antes de que Kitty acudiera a la policía.
Parecía conmocionada cuando abrió la puerta y se mostró reacia a dejarme entrar; en cierto modo, hasta sentí un poco de pena por ella. No había pedido cargar con aquella verdad. Hice que su muerte fuera lo más rápida posible y la disfrazé para que pareciera una caída.
Mi padre tiene mucho por lo que responder y disfruté obligándolo a volver a Mead House aquel día en que fuimos a encontrarnos con Lana, donde aún flotaban los recuerdos de su buena amiga Kitty y su preciosa Camille.
La muerte es demasiado buena para papá. Quiero que sufra hasta exhalar el último aliento.
Lana y Ollie, en cambio, son otra historia. Voy a disfrutar de esto.