Capítulo 54
Fue el doctor Palmer quien acabó abriendo la puerta. Echó hacia atrás su silla de ruedas para dejar entrar a Xav.
—¿Qué quieres? —gruñó con su habitual franqueza.
Xav conocía al Doc desde hacía tiempo y dejó que su brusquedad le resbalara.
No pensaba decirle que había ido allí para enfrentarse a Trudy por haber estado fisgoneando en su casa.
Fuera cual fuese el motivo, no quería provocar más conflictos entre ella y su padre.
Ya sabía que Angus no era un hombre fácil de tratar.
—¿Qué te ha pasado? —preguntó, ignorando la pregunta mientras fruncía el ceño al ver el labio hinchado del hombre y la sangre seca en su cara—. Parece que alguien te ha pegado.
—No es asunto tuyo, entrometido cabrón.
—Supongo que habrá sido por culpa de esa encantadora boca tuya —comentó Xav con sequedad.
—¿Has venido solo para insultarme? ¿O estás buscando a esa hija mía, patética donde las haya? Porque no está aquí.
—De patética no tiene nada, Angus. Deberías estarle agradecido por cuidarte y aguantar tus mierdas.
—¿Que me cuida? ¿Eso es lo que te cuenta? —El Doc negó con la cabeza—. Os tiene a todos engañados.
¿Qué se suponía que quería decir con eso?
Iba a preguntárselo, pero el Doc ya estaba haciendo girar la silla y avanzando por el pasillo hacia la cocina.
Xav lo siguió.
—Entonces, ¿dónde está?
—No lo sé. Ni me importa. Mientras se mantenga alejada de mí, me basta.
—¿Y qué preferirías que hiciera? ¿Que te metiera en una residencia?
—Probablemente me tratarían mejor. —Los ojos de Angus se estrecharon y una insinuación de sonrisa curvó sus labios hinchados—. ¿Cómo crees que me he hecho esto, Xavier? Yo no me lo he provocado.
¿Qué estaba insinuando exactamente?
—Si estás intentando decir que Trudy te ha pegado, no te creo.
Xav conocía a Trudy y, aunque no quería que formara parte de su vida en calidad de pareja, era una buena persona. Cuando Angus había sufrido el derrame, ella había dedicado gran parte de su tiempo a cuidarlo.
Angus lo observó durante un instante.
—Quizá ella tenga razón.
—¿Sobre qué?
—Te tiene comiendo de su mano. Pobre imbécil. Y yo desperdiciando saliva al decirle que nunca la corresponderías. Pensaba que tenías mejor gusto.
El enfado de Xav aumentó un grado. No eran los insultos; esos le resbalaban. Pero los acertijos con los que hablaba el viejo empezaban a resultar irritantes.
—¿Puedes explicarte de una vez, Angus? Si tienes algo que decirme, dilo.
El Doc lo observó unos instantes.
—¿Por qué crees que insiste en que vivamos los dos aquí? —preguntó—. ¿Eres tan estúpido como para creer que lo hace porque es mi hija y me quiere? Nos odiamos.
Xav no se lo tragaba, pero aun así permaneció callado, esperando a que el hombre continuara.
—Me mantiene aquí para castigarme, porque sabe que no puedo hacer una mierda al respecto. Sobre todo son juegos mentales. O me sirve comida que detesto o deja que me cague encima. Le gusta saber que dependo de ella. Hoy ha ido un paso más allá y me ha pegado.
—¿Por qué no se lo has contado antes a nadie? —Era una pregunta razonable, y Xav estaba seguro de que demostraría que el Doc mentía—. Has tenido muchas oportunidades a lo largo de los años.
—Siempre nos hemos guardado los secretos el uno al otro. Ella sabe lo que hice y lo ha utilizado para chantajearme, amenazándome con denunciarme, diciendo que, aunque fue ella quien lo hizo, nadie puede demostrarlo y aun así me culparán a mí.
—¿Culparte de qué? ¿Qué hiciste?
—Ya no pienso seguirle el juego. Dicen que me quedan tres meses, con suerte.
—¿Tres meses? —repitió Xav. ¿Se estaba muriendo? Sabía que Angus había sufrido el derrame y que había pasado varias semanas casi incapaz de comunicarse, pero Xav pensaba que estaba mejorando.
—No tengo nada que perder y quiero que todo el mundo sepa quién es ella en realidad antes de que muera. Se lo he dicho. Igual que le conté la verdad a Kitty Hamilton cuando vino a verme.
—¿Qué verdad? —El corazón de Xav latía con fuerza y tenía la boca seca. Quería creer que aquello no era más que el desvarío de un anciano amargado, pero ahora había una serena aceptación en las palabras del Doc que hacía difícil descartarlas.
Angus alzó la vista. Tenía los ojos fijos en él y parecía más dueño de sí mismo de lo que Xav lo había visto nunca.
—Que Trudy mató a su nieta.
Xav guardó silencio, incapaz de creerlo al principio. Angus se equivocaba. Trudy no tenía lo que hacía falta para matar a nadie. Y cuando Camille murió, ¿qué edad tendría ella? ¿Quince años? Camille no podía haber sido asesinada por una chica de quince años. Era ridículo.
—No me crees, ¿verdad? —Angus negó con la cabeza—. Kitty tampoco me creyó. De hecho, se enfadó más conmigo por haber tenido una aventura con su nieta.
—¿Tú eras el amante de Camille? —La voz de Xav sonó plana; estaba completamente paralizado por la conmoción. Si aquello era verdad, era demasiado para asimilarlo. Pero entonces, ¿qué motivo podía tener aquel hombre para mentir?
Angus Palmer. El buen doctor.
Gus.
—Trudy volvió antes de tiempo —continuó el Doc, deseoso de contar por fin su versión—.
Oyó a Kitty gritándome. No tardó en darse cuenta de qué estábamos hablando.
Después de que Kitty se marchara, le dije a aquella hija de puta que todo había terminado, que ahora que su secreto había salido a la luz la policía vendría a por ella. No esperaba que atacara a Kitty.
¿Xav estaba oyendo bien? Angus aseguraba ahora que Trudy había matado a Kitty además de a Camille.
Parecía inverosímil. La muerte de Kitty se había considerado un accidente, pero había estado sola en casa cuando sufrió la caída.
¿Era posible que Angus estuviera diciendo la verdad y que Trudy hubiera estado allí?
Sus pensamientos se dirigieron a su hermano, que estaba en prisión.
Sebastian siempre había proclamado su inocencia, pero las pruebas habían estado en su contra.
Durante todo aquel tiempo, Trudy había fingido ser una buena amiga; sin embargo, ¿de verdad había dejado que Sebastian cargara con la culpa de su crimen?
—¿Por qué ahora? —exigió, mientras la conmoción daba paso a la ira y esta le recorría las venas como un siseo. Le costó mantener la calma—. ¿Por qué has esperado hasta este momento para admitir la verdad?
—Ya te lo he dicho. Me estoy muriendo. Si mi vida ha terminado, quiero que la suya también.
No esperaba que Trudy matara a Kitty. Los médicos dijeron que el derrame lo había provocado el tumor, pero creo que la conmoción también influyó.
Esa hija mía tan querida no veía la hora de traerme a casa para poder cuidarme en privado, asegurándose de que no hubiera nadie a quien pudiera revelar sus secretos. Pero aquí estás tú.
¿Era verdad? Al echar la vista atrás, Xav comprendió que en realidad no había vuelto a ver a Angus a solas desde el derrame.
Trudy siempre estaba presente, pendiente de él, y Xav sabía que había cancelado a la cuidadora que solía ir a visitarlo, diciendo que quería ocuparse ella misma de su padre.
Él había creído que actuaba por bondad, pero las revelaciones de Angus cambiaban por completo la perspectiva.
El horror y el asco le retorcieron las entrañas.
Tenía que hablar con Lana. Contarle lo de Trudy y lo que había ocurrido con su hermana y su abuela.
Lana.
El atropello y luego el incidente del garaje.
Bree era culpable. ¿No? Habían encontrado su coche y su cigarrillo liado de papel rosa.
A menos que la hubieran incriminado.
El corazón de Xav empezó a latir con fuerza.
—¿Sabes si Trudy salió de casa anoche después de que la dejara?
Si la pregunta le produjo curiosidad a Angus, no lo demostró.
—Salió unos cinco minutos después de ti. Yo quería acostarme, pero me dejó sentado en el salón. Lo hace a menudo.
—¿Y no te dijo adónde iba?
—No. Pero imagino que tendrá que ver con la otra chica Hamilton, la que hizo que la dejaras.
—¿Qué? —exigió Xav—. Yo no dejé a Trudy. Nunca estuvimos juntos.
—Ella no lo ve así. La oí mascullar cuando volvió antes. Había pasado por tu casa, había encontrado allí a Lana y estaba de muy mal humor. Me divertí mucho tocándole las narices.
—¿Y crees que ahora está allí? ¿En Mead House?
La boca del Doc se torció en una sonrisa carente de humor.
—No lo sé. Dijo algo de cerrar cabos sueltos. Tu suposición es tan buena como la mía.
Xav se sintió enfermo. Lana estaba con Ollie. Estaba a salvo. Aun así, sacó el teléfono y marcó su número; necesitaba confirmarlo. Cuando saltó el buzón de voz, soltó una maldición y llamó a Ollie.
Mierda. ¿Por qué coño no contestaba ninguno de los dos? Ahora empezaba a asustarse.
—¿Vas a llamar a la policía? —preguntó Angus, como si no le afectara lo más mínimo—. Diles que tengo una historia muy interesante que contarles y que deberían pasarse por aquí a verme.
Xav no se molestó en despedirse. Apenas dedicó al Doc una mirada de soslayo antes de marcharse, impaciente por volver al coche y dirigirse a Mead House.
Estaba exagerando, se dijo. Lana estaba bien. Ollie estaba bien.
Pero, aun así, no conseguiría tranquilizarse hasta comprobarlo con sus propios ojos.