La casa de verano Capítulo 47
82%

Capítulo 47

Lana no conseguía tranquilizarse. Ahora que el asunto de Bree estaba en manos de la policía, no podían hacer otra cosa que esperar.

Tampoco ayudaba que el agente con el que habían hablado no hubiera revelado gran cosa sobre las medidas que se tomarían y se hubiera limitado a decirles que harían el seguimiento correspondiente.

Si acaso, parecía más molesto con Ollie por haber estado en el taller, señalando que había entrado sin autorización.

Por suerte para su hermano, solo le habían dado un tirón de orejas, probablemente porque, como Xav había dicho después, entrar sin autorización era un asunto civil y no se había producido ningún daño delictivo.

Ollie había desaparecido escaleras arriba para ducharse, mientras que Xav había vuelto a casa para ponerse al día con algunos asuntos y preparar una bolsa para pasar la noche, ya que había accedido a quedarse con Lana en Mead House. Sola, necesitaba algo con que ocupar su mente inquieta.

Decidió empezar por el despacho de su abuela y bajó hasta la acogedora habitación de color mostaza situada al final del pasillo.

Kitty había formado parte de los comités de varias organizaciones benéficas y era allí donde se había ocupado de toda su correspondencia.

Su escritorio de caoba pulida estaba tal como Lana lo recordaba; el único cambio era el portátil que ahora ocupaba el lugar de la máquina de escribir, señal de que, después de años de insistencia, su abuela por fin se había adaptado a los nuevos tiempos.

Lana intentó ser metódica, pero, al igual que le había ocurrido en el dormitorio de su hermana, había tantos recuerdos que le resultaba difícil no distraerse al encontrar documentos personales entre la correspondencia de las organizaciones benéficas.

Allí estaban las tarjetas y los dibujos que ella y sus hermanos habían hecho, las fotografías de su abuela y su abuelo y de sus padres el día de su boda, además de los boletines escolares y los certificados.

Aquella habitación era un auténtico tesoro y se descubrió examinando cada documento con detenimiento, sin querer arriesgarse a tirar algo que pudiera ser importante.

Acababa de encontrar un álbum de fotos de una de las fiestas de cumpleaños de Ollie y de ella cuando oyó unos pasos en la escalera.

Unos instantes después, Ollie asomó la cabeza por la puerta.

Se había cambiado y llevaba unos pantalones de chándal y una camiseta limpia; tenía el pelo húmedo de la ducha.

—¿Qué haces?

—Intento mantenerme ocupada. Es frustrante no saber qué va a pasar ahora.

—La atraparemos, Lana. Pagará por lo que te hizo. —La mirada de Ollie se desvió hacia el álbum y se adentró un poco más en la habitación—. ¿Fue el año en que nos disfrazamos de personajes de Disney? —preguntó, inclinándose sobre ella.

—Sí. —Lana pasó la página—. Tú eras Peter Pan y yo Campanilla.

—Y Xav era Aladdín.

Lana retrocedió en el tiempo y recordó lo enfadada que se había puesto entonces porque quería ser Jasmine para poder ser la novia de Xav, pero Kitty había considerado más conveniente que fuera la compañera de aventuras de Ollie. Ahora sonrió al ver las fotografías. Qué jóvenes parecían todos.

En la página siguiente aparecía Camille disfrazada de Ariel, de La sirenita. Era una elección obvia, con su pelo rojo. Aunque debía de tener solo trece o catorce años, ya poseía una elegancia etérea.

Ollie guardó silencio mientras hojeaban juntos el álbum y, cuando habló después de que Lana cerrara el libro, tenía la voz cargada de emoción y enseguida intentó disimularlo carraspeando.

—Voy a abrir una botella de vino. ¿Quieres una copa?

Lana asintió, pensativa.

—Sí, creo que me vendrá bien. Gracias.

A pesar de toda su fanfarronería, sabía que la muerte de Camille aún le afectaba más de lo que estaba dispuesto a reconocer.

Había dicho que no le importaba quedarse con ninguna fotografía, pero, cuando Lana dejó el álbum en el montón de cosas que conservarían, decidió que aquel era un recuerdo que debía llevarse.

Abrió el cajón siguiente, sacó una caja de zapatos y levantó la tapa. Se le contrajo el pecho al descubrir que contenía las tarjetas y cartas de condolencia que habían llegado tras la muerte de Camille. No tenía ni idea de que Kitty las hubiera conservado.

¿De verdad iba a leerlas en ese momento? Si lo hacía, desde luego iba a necesitar el vino.

Lana había sacado la primera tarjeta y estaba leyendo las amables palabras del interior, con los ojos ya empañados, cuando Ollie regresó.

—¿Qué es eso? —Dejó la copa sobre el escritorio y, cuando Lana alzó la vista para responderle, vio cómo sus ojos se abrían al comprender de qué se trataba.

—Voy a ver qué puedo preparar para cenar —dijo antes de que ella pudiera contestar, y salió de la habitación a toda prisa.

Ollie aún no estaba preparado para leer aquellas tarjetas. ¿Lo estaba Lana?

Dio un sorbo al vino y sacó la siguiente muestra de condolencia. Era una carta de una de las amigas íntimas de su abuela y, mientras se enjugaba las lágrimas, comprendió que para cuando Xav regresara sería un mar de lágrimas.

Había muchísimas personas que les expresaban sus buenos deseos, muchísimas personas a las que les importaba.

Leyó preciosos mensajes de amigos y profesores, de los alumnos de la clase de danza de Camille y de los padres de los niños a los que había cuidado.

Una hermosa tarjeta, adornada con letras doradas y lirios, expresaba el pesar de la familia Palmer; bajo las palabras de condolencia aparecían los nombres de Angus, Juliet y Trudy.

Dentro de la tarjeta había una hoja de papel doblada y Lana la abrió.

Era una carta personal que el Dr. Palmer había escrito a su abuela.

Hablaba de la conmoción y el dolor que le producía la pérdida de una joven tan prometedora, y le decía a Kitty que estaría allí para ella siempre que lo necesitara.

Ese era el Dr. Palmer que Lana recordaba. No el hombre malhumorado con el que se había encontrado unos días antes y que apenas le había dirigido la palabra.

Recorrió con los dedos su conocida letra desgarbada. Una lágrima cayó sobre el papel mientras leía hasta el final, donde se despedía con afecto: «Con cariño, de tu fiel amigo, Gus».

Lana había olvidado que su abuela a veces se refería a él por aquel apodo, pero supuso que, para ella, siempre sería el Dr. Palmer.

Terminó de leer las tarjetas, las volvió a meter en la caja de zapatos y colocó la tapa. Sin duda, aquellas pasarían al montón de cosas que conservarían.

Fue mientras vaciaba el cajón inferior —una tarea mundana, pues estaba lleno sobre todo de material de papelería y no contenía nada interesante— cuando Lana comprendió la importancia del diminutivo del nombre del Dr. Palmer. Empezaba por la inicial G.

No, era ridículo siquiera plantearse que Angus Palmer hubiera sido el amante de su hermana y que hubiera mantenido encuentros secretos con Camille a altas horas de la noche en la casa de verano.

Le llevaba al menos veinticinco años. Camille tenía diecinueve cuando la asesinaron y el doctor debía de rondar los cuarenta y tantos.

Además, estaba casado por aquel entonces.

No había ninguna posibilidad de que él fuera G.

Había sido amigo de su abuela. Por otra parte, todas las pruebas apuntaban a Bree.

Lana se sacudió aquella idea de la cabeza, terminó de empaquetar las cajas, las selló con cinta de embalar y escribió el contenido con rotulador en la parte superior.

Dio otro sorbo a su vino y miró alrededor. La habitación estaba ahora casi vacía, salvo por el escritorio y la silla. Cuando hubiera empaquetado todas las pertenencias personales, volvería a llamar a la tienda de beneficencia para preguntar si les interesaba el resto de los muebles.

Miró el reloj y vio que había pasado de las siete y media. Xav probablemente regresaría pronto. Era hora de dejar el trabajo por aquel día y ducharse.

Al pasar por delante de la cocina camino de las escaleras, oyó el tintineo de las cazuelas y percibió el tentador aroma de la albahaca y el ajo suspendido en el aire.

No creía tener hambre; los acontecimientos del día le habían quitado el apetito, pero cuando le rugió el estómago comprendió que se había equivocado.

Había decidido que aquella noche iba a desconectar y relajarse un poco. Disfrutaría de la cena, quizá tomaría otra copa de vino y luego pasaría un rato con Xav. Los dos tenían mucho de lo que ponerse al día. Necesitaba vivir el momento y dejar de dar vueltas a las cosas que no podía controlar.

Aun así, cuando Lana entró en el cuarto de baño y se colocó bajo el chorro de agua caliente, no pudo evitar que su mente regresara a aquel último verano con Camille.

Un recuerdo olvidado durante mucho tiempo salió a la superficie: el de unos susurros apagados cuando se acercaba al despacho de su abuela.

Buscaba papel y sabía que Kitty guardaba una provisión en el cajón superior del escritorio.

Había supuesto que su abuela estaba en la habitación, pero, al asomarse por la rendija de la puerta, se dio cuenta de que quien hablaba con Camille era el Dr. Palmer.

Tenía una mano apoyada en el brazo de la joven y se inclinaba hacia ella.

En aquel momento, Lana no le había dado importancia. Él era el médico de la familia y supuso que Camille le estaba pidiendo consejo sobre algo. No había fisgoneado; se había marchado enseguida para dejarles intimidad y, a decir verdad, no había vuelto a pensar en ello.

Hasta ahora.

Ahora que sabía que su hermana había tenido un amante secreto aquel verano, el recuerdo adquiría un significado completamente distinto. ¿Había presenciado a un médico consolando a su paciente o a dos amantes robando un instante de intimidad?

¿Era el Dr. Palmer realmente G? ¿Había sido él quien le hizo a Camille todas aquellas cosas sexuales repugnantes?

¿Quién la mordió y la cubrió de moratones, tratándola como si fuera de su propiedad y su puta particular?

¿La había matado él? ¿La había atado a la silla de la casa de verano, torturado y llenado de pintadas su cuerpo antes de estrangularla con la cinta de su colgante?

Lana creyó que iba a vomitar.

Ahora el doctor estaba en una silla de ruedas, pero no lo estaba cuando murió Camille. Su accidente de coche había ocurrido poco después del funeral. Juliet Palmer iba al volante, conducía demasiado rápido y había perdido el control del vehículo. ¿Habría sabido algo del romance?

¿Lo sabía Trudy?

Lana se secó deprisa y se puso un vestido holgado de algodón. Le temblaban las manos mientras abrochaba los botones delanteros.

El peso del recuerdo la aplastaba y bajó a buscar a Ollie, ansiosa por contarle lo que había recordado.

La cocina estaba vacía. Sobre la encimera había una hogaza de chapata cortada por la mitad y una cazuela de pasta hirviendo que empezaba a desbordarse.

Frunció el ceño y corrió a apagar el fuego.

¿Dónde demonios estaba? Lana no podía creer que hubiera sido tan irresponsable como para dejar la cazuela al fuego y marcharse.

—¿Ollie? ¿Dónde estás?

Fue entonces cuando vio las salpicaduras de sangre sobre el suelo de baldosas grises. El miedo y el pánico se le retorcieron en las entrañas.

Sin saber si se trataba simplemente de un accidente o si había ocurrido algo más siniestro, agarró como precaución el cuchillo de pan que él había estado usando. Tenía todas las terminaciones nerviosas en tensión.

—¿Ollie? —¿Era su sangre? ¿Estaba herido?

Esta vez oyó la voz de su hermano.

—Lana, sal de la casa. Tiene un cuchillo.

¿Qué? ¿Quién tenía un cuchillo?

Lana se volvió hacia el lugar de donde procedía su voz y el corazón se le detuvo al ver cómo las sombras llenaban el umbral.

Ollie, con un hilo de sangre en la frente y el rostro pálido, avanzó a regañadientes hasta la habitación.

Trudy Palmer estaba justo detrás de él y le rodeaba el pecho con un brazo; en la otra mano sostenía uno de los elegantes y afiladísimos cuchillos de cocina de la abuela Kitty, apoyado contra su garganta.

Al ver la expresión de espanto de Lana, sonrió.

—Creo que ha llegado el momento de que hablemos.