Capítulo 48
Trudy llevaba un tiempo sospechando que su padre tenía una aventura y sabía que su madre también.
Había demasiadas señales reveladoras. Los cambios en su rutina y los trayectos nocturnos en coche que, cuando le preguntaban, aseguraba que hacía hasta la consulta para ponerse al día con el papeleo.
Luego estaba el persistente aroma de un perfume que no pertenecía ni a Trudy ni a su madre.
No había nada en su teléfono. Trudy lo había comprobado una mañana, mientras él estaba en la ducha: se había colado en el dormitorio de sus padres y había revisado los mensajes de su padre y el registro de llamadas. Pero eso no la disuadió. Sabía que ocultaba algo y decidió vigilarlo de cerca.
Fue durante una visita a Mead House cuando se dio cuenta de que sus sospechas eran acertadas.
Angus la había recogido del colegio, diciendo que tenía que pasar a ver a Kitty.
Trudy llevaba un tiempo sin ir a la casa y la idea de tener que hacer una parada allí y mantener una conversación de cortesía le resultaba mortalmente aburrida a una chica de quince años. Prefería estar en casa, donde podría quitarse el uniforme y relajarse.
Aun así, no discutió con su padre. Nadie llevaba la contraria a Angus.
En casa solo estaba Kitty; los gemelos estaban internos en el colegio y Camille había salido con Sebastian.
Mientras la mujer charlaba con su padre, Trudy estaba a punto de quedarse dormida.
Fue un alivio que Kitty se percatara de su aburrimiento y le sugiriera que se llevara la limonada y echara un vistazo a la sala de juegos.
Allí había libros y juegos, le dijo, que quizá le resultaran más entretenidos.
La verdad era que no había gran cosa que le interesara, pero sería mejor que quedarse sentada con los adultos y, al menos, la ayudaría a pasar el rato.
Iba por el segundo capítulo de un libro de Harry Potter cuando oyó unos pasos.
Con la esperanza de que su padre hubiera ido a buscarla, devolvió el libro a la estantería y se acercó a la puerta para encontrarlo.
Era su padre, pero no parecía estar buscándola. Se había detenido más adelante, en el pasillo, delante de uno de los cuadros grandes, y no paraba de mirar hacia la sala de estar, como si no quisiera que lo vieran.
En lugar de acercarse a él, Trudy se quedó atrás por instinto. Estaba tramando algo; estaba segura.
Cuando pareció convencido de que no había moros en la costa, Angus metió la mano en el bolsillo y sacó un papel doblado.
Con cuidado, tiró hacia delante de la esquina inferior izquierda del cuadro y deslizó el papel por debajo.
Después de asegurarse de que todo volvía a estar en su sitio, miró de nuevo a su alrededor y se dirigió deprisa al cuarto de baño que había enfrente.
¿Por qué había escondido un papel detrás del cuadro? ¿Y por qué no quería que nadie lo viera hacerlo?
La idea de que su padre estuviera metido en algo turbio le revolvió el estómago a Trudy. Quería acercarse a mirar, descubrir qué era aquel papel, pero al oír la cadena del váter supo que no tenía tiempo.
En su lugar, cogió rápidamente el libro y volvió a sentarse. Y cuando su padre asomó la cabeza por la puerta unos instantes después, consiguió fingir una sonrisa.
—Estoy terminando el té. Estaré listo para irnos dentro de unos diez minutos.
—Vale.
Asintió mientras escuchaba los pasos de su padre alejándose hacia la sala de estar. Después se dirigió de puntillas al pasillo, necesitada de saber qué era aquel papel.
Podía oír hablar a su padre con Kitty y sabía que ambos estaban lo bastante lejos. Aun así, el corazón le golpeaba con fuerza cuando levantó el marco y sacó el papel. Lo desplegó y leyó las palabras. Al instante sintió ganas de vomitar.
La casa de verano. Esta noche a medianoche.
Has sido una chica mala y necesitas que te castiguen.
G xxx
¿Para quién era la nota? ¿Su padre estaba teniendo una aventura con Kitty?
La mujer era mayor que él, aunque quizá solo unos quince años. Aun así, la idea le repugnaba. ¿Y por qué iban a encontrarse en la casa de verano? Seguramente entrarían en el dormitorio de Kitty.
Su mente iba a toda velocidad mientras devolvía el papel a su escondite, consciente de que tenía que descubrir qué estaba pasando.
Trudy permaneció callada durante el trayecto de vuelta a casa, incapaz de relacionar al estricto padre que se sentaba a su lado y predicaba los valores familiares con el hombre que había escrito aquella nota.
Esa noche, poco antes de medianoche, salió a escondidas por la ventana de su dormitorio, desobedeciendo por primera vez las normas de su padre.
Recorrió en bicicleta la corta distancia hasta Mead House, dejó la bici detrás de unos arbustos, en el extremo del camino bordeado de árboles, y esperó.
Cuando oyó acercarse un coche, se agachó para ocultarse.
El vehículo redujo la velocidad, pero, en lugar de entrar en el camino de acceso, el conductor se metió en un apartadero un poco más adelante.
Trudy se mordió el labio inferior y trató de acompasar la respiración mientras veía a su padre salir del coche y regresar hacia la entrada, pasando peligrosamente cerca del lugar donde ella se escondía.
Esperó hasta que él le llevaba varios segundos de ventaja y lo siguió, procurando avanzar por el arcén cubierto de hierba, donde la oscuridad la envolvía más y amortiguaba el sonido de sus pasos.
Todas las luces de la casa principal estaban apagadas, pero, en lugar de dirigirse a la puerta de entrada, Angus desapareció por un lateral del edificio, siguiendo el sendero que conducía al césped superior.
El corazón de Trudy latía desbocado mientras lo seguía, consciente de adónde se dirigía cuando entró en la rosaleda y tomó después el sendero que atravesaba el huerto de frutales.
¿Quién lo esperaba en la casa de verano?
Se mantuvo atrás. Oyó abrirse la puerta y luego cerrarse, y pasó unos minutos tratando de serenarse, consciente de que, ocurriera lo que ocurriera a continuación, viera lo que viera, ya no podría deshacerlo.
¿Estaba preparada para descubrir la verdad sobre su padre?
Mientras se hacía la pregunta, supo que no tenía elección. Había llegado demasiado lejos y necesitaba saberlo.
Mientras avanzaba por el huerto de frutales, vio el resplandor parpadeante de una luz en la ventana cuando la casa de verano apareció ante sus ojos.
Un grito ahogado rasgó el aire y Trudy se quedó paralizada.
El sonido había llegado desde delante, pero aun así miró hacia atrás, en dirección a Mead House.
¿Habría despertado a alguien?
Sin embargo, estaban bastante lejos y, aunque el ruido había parecido fuerte, probablemente se debía a que allí fuera reinaba un silencio absoluto.
Trudy se acercó a la casa de verano. Entonces oyó a su padre.
—¿A quién perteneces? ¡Dímelo! ¿De quién eres la puta?
Trudy miró por la ventana. Vio a una mujer inclinada sobre una mesa, con el culo al aire, y a Angus Palmer detrás de ella, con el ceño fruncido mientras la golpeaba una y otra vez.
El sonido atravesó el aire e hizo que Trudy se estremeciera.
¿Por qué la estaba pegando?
Observó la escena horrorizada, asqueada, pero incapaz de apartar la mirada mientras Angus agarraba la trenza de la mujer y le echaba violentamente la cabeza hacia atrás, dejando al descubierto su identidad.
Camille Hamilton.
Tenía el rostro deformado por el dolor y, aunque Trudy no alcanzaba a oírla, vio que los labios de Camille formaban la palabra «por favor» y comprendió que quería que él parara.
¿O no?
Sin dejar de tirarle del pelo, con la blanca garganta de Camille expuesta, Angus se inclinó hacia delante y le susurró algo al oído que hizo sonreír a la joven.
Por favor.
Por favor.
Por favor.
Repetía la palabra una y otra vez, pero no le estaba pidiendo que parara. Estaba suplicando que continuara. De verdad quería aquello.
Trudy estaba tan conmocionada que tardó un segundo en darse cuenta de que los pantalones de su padre habían caído al suelo. Lo vio penetrar a Camille por detrás; sus manos pasaron de la trenza a la garganta y la estranguló mientras embestía.
¡Basta!
Necesitaba que aquello terminara, pero él la mataría si descubría que estaba allí.
En lugar de eso, apartó la mirada de la ventana, rodeó la casa de verano y vomitó entre los arbustos.
¿Qué acababa de presenciar?
Camille solo tenía diecinueve años. Menos de la mitad de la edad de su padre.
Aun así, la mente de Trudy regresó al verano anterior y a una fiesta en el jardín que había organizado Kitty.
Estaban todos, incluidos sus tres nietos.
Camille llevaba un llamativo vestido rojo, escotado hasta el pecho.
Todas las miradas se habían posado en ella.
Sobre todo la de Angus. Trudy recordaba haber mirado hacia allí y haberlo visto observándola, con una mirada lasciva que le había dado asco.
Era repugnante ver a su padre babear por ella.
Trudy temblaba mientras regresaba a la carretera.
Una parte de ella deseaba no haber insistido en descubrir qué tramaba su padre, pero también se alegraba de haber averiguado por fin quién era en realidad.
Él había ejercido demasiado tiempo sobre ella un dominio tiránico.
Pero eso se había acabado. Trudy había perdido todo el respeto por él y ya no volvería a someterse a sus reglas.
Al día siguiente apenas podía mirarlo, pensando en su madre, que no tenía ni idea de cómo era el hombre con el que se había casado. Si descubriera la verdad, ¿cómo reaccionaría? ¿La destrozaría?
A Trudy le repugnaba saber que formaba parte de él. Y de ese asco nació la rabia. ¿Cómo se atrevía a hacer algo así? ¿Y con una paciente?
¿Y cómo se atrevía Camille a enredarse con un hombre casado, con su padre?
A medida que crecía su frustración, también lo hacía su furia. Y le resultaba más fácil descargar gran parte de ella contra Camille. Estaba intentando destruir la familia de Trudy al apropiarse de algo que no le pertenecía. Había que darle una lección. Pero ¿cómo?
Fue al acabar castigada junto a George Maddox, un chico cuyo tío era el jardinero de Mead House, cuando se le ocurrió una idea. Al enterarse de que George ayudaba a veces a su tío y podía acceder a las llaves, le pareció cosa del destino.
Después de semanas tramando su plan, decidida a hacer pagar a Camille, Trudy sabía exactamente cómo iba a hacerlo.