Capítulo 46
George se estaba convirtiendo en un lastre.
Solo tenía que hacer una cosa: conseguir el diario. Y la había cagado estrepitosamente.
Ahora tengo que limpiar el desastre que ha creado y ocuparme de todos los cabos sueltos. Eso lo incluye a él.
Esta noche, sin embargo, es para los Hamilton, y estoy deseando ocuparme de ellos, porque es algo personal además de necesario. Al menos en lo que respecta a Lana.
Lana Hamilton tiene demasiadas vidas y, a juzgar por todo, ya debería estar muerta.
Aquella noche no estaba pensando con claridad cuando embestí con el coche contra ella.
La había seguido hasta la playa con la única intención de observarla.
Fue una decisión tomada en una fracción de segundo.
Tuvo suerte de salir caminando de allí y, desde luego, no debería haber sobrevivido a lo que le hice anoche. No volverá a escapar de mí.
Xavier Landry ha sido el denominador común. Si aquella tarde en la playa no hubiera mirado por el retrovisor y si anoche no hubiera aparecido, Lana estaría muerta y todos mis problemas se habrían resuelto. Qué irónico que Xav haya sido el fallo de mi plan.
Y ahora parece haber hecho las paces tanto con Lana como con su odioso hermano, Ollie. Los tres están metiendo las narices, preguntándose quién estuvo detrás de los ataques y, lo que es más preocupante, relacionándolo todo con Camille Hamilton.
Menos mal que Camille solo utilizó una inicial; de lo contrario, todo habría terminado.
Aun así, no me gusta que haya tanto en juego y, aunque he leído el diario y sé que por ahora estoy a salvo, plantea demasiadas preguntas y pone en duda la culpabilidad de Sebastian Landry.
El diario está ahora en mi poder, pero Lana lo ha leído de principio a fin.
Ha suscitado demasiadas preguntas y solo hay una manera de garantizar su silencio.
Fue por casualidad que seguí a Sebastian el día de la muerte de Camille.
Como muchos otros, había presenciado la pelea entre ellos y había disfrutado destruyendo su supuesto romance perfecto.
Solo había hecho falta enviarle a Sebastian una carta anónima en la que se insinuaba que no eran exclusivos.
Debía de haberle llegado aquella misma mañana.
Parecía que Sebastian ya albergaba ciertas dudas, porque el enfrentamiento fue vulgar y dramático, y resultó de lo más satisfactorio verlos gritándose, a Camille rompiendo a llorar y arrancándose después del cuello el colgante que Sebastian le había regalado para arrojárselo.
El momento no podía haber sido más perfecto.
Después se marchó hecha una furia, dejando al pobre muchacho aturdido y desconsolado mientras recogía el collar y se lo metía en el bolsillo.
Qué afortunado que más tarde lo viera en la playa.
Estaba junto al agua, mirando el collar y visiblemente destrozado por la pelea.
Lo observé lanzarlo al mar antes de alejarse con los hombros caídos.
Cuando la marea lo devolvió a la orilla, supe que tenía que quedármelo.
Un trofeo por mi intervención. Era lo menos que merecía.
Solo lo cogí por ese motivo. No me di cuenta de la importancia que tendría el colgante hasta más tarde, aquella misma noche, ni de que acabaría destruyendo dos vidas mientras me encaminaba hacia una nueva vida.
Creo firmemente en el destino y sé que todo ocurre por alguna razón. Aunque a veces el destino necesita un pequeño empujón.
Los Hamilton han sido los pilares de este pueblo durante demasiados años, pero ahora solo quedan dos. Después de esta noche, no quedará ninguno.