Capítulo 45
Elise Gladstone se estaba convirtiendo en un grano en el culo de primera categoría y George estaba deseando cortar todo vínculo con ella.
Al principio la había necesitado y, para ser justos, ella había cumplido, pero ahora que la policía andaba de por medio y que Ollie la había echado de Mead House, su presencia ya no tenía ningún sentido.
Sabiendo que no podía llevársela a su casa y que no podía permitirse seguir pagándole un alojamiento, recurrió a regañadientes a un viejo amigo en busca de ayuda, consciente de que necesitaba ganar tiempo mientras encontraba una solución.
Elise no paraba de soltar amenazas por la boca que él sabía que llevaría a cabo si se negaba a ayudarla.
Además, estaba sumamente descontenta con su nuevo alojamiento y se quejaba de las precarias instalaciones, pero él poco podía hacer al respecto.
Ella tenía que permanecer escondida hasta que él encontrara una salida a ese atolladero para los dos.
Miró de reojo la bolsa de McDonald’s en el asiento contiguo, convencido de que sería otra cosa más que la irritaría. Ya le estaba fastidiando los planes para su sábado libre y no le quedaba otra. Ella tenía que comer, y pedir comida para llevar era la opción más sencilla.
Abandonó la carretera principal y siguió el camino sinuoso hasta la casa de campo apartada. Antaño había sido una casa de vacaciones muy querida, pero en los últimos tiempos apenas se utilizaba. Era el lugar perfecto para que ella permaneciera escondida.
La casa de campo llevaba años en la familia de su amigo, pero ahora estaba vacía y ya no tenía agua corriente ni electricidad. A Elise no le había hecho ninguna gracia, sobre todo cuando George la había enviado al arroyo de la parte trasera para que pudiera bañarse.
Había intentado hacer que el lugar resultara lo más cómodo posible para ella: había preparado la cama con sábanas limpias y le había llevado libros y revistas, pero solo podía hacer hasta cierto punto.
La había dejado sola mientras iba a buscar la comida y esperaba que ahora estuviera de mejor humor, ya que él había vuelto.
Al entrar en la casa de campo, se alegró de encontrarse con el silencio. Era una buena señal.
Dejó la bolsa de McDonald’s sobre la mesa y fue a buscarla.
Del dormitorio llegaba ruido y, como la puerta estaba abierta, entró directamente. Se le desencajó la mandíbula al contemplar a las dos mujeres.
Una yacía muerta sobre una lámina de plástico, con la sangre manando de una herida en la cabeza; la otra se limpiaba tranquilamente las salpicaduras de sangre de la cara, como si simplemente se estuviera desmaquillando.
—¿Qué has hecho? ¡Esto no formaba parte del plan! ¿Por qué siempre tienes que convertirte en una puta psicópata?
George se arrodilló junto al cuerpo y comprobó si tenía pulso, aunque ya sabía que era demasiado tarde.
—Ya no quiero que seamos socios, George. No confío en ti.
No se había dado cuenta de que ella estaba tan cerca, justo detrás de él, y cuando empezó a girarse vislumbró un destello metálico.
Levantó la mano para protegerse del golpe, pero no fue lo bastante rápido.
Su último pensamiento antes de que la oscuridad se lo llevara fue que había cometido un terrible error.