Capítulo 42
Trudy decidió cerrar la tienda antes de hora y trabajar en casa durante la tarde.
Desde el derrame cerebral de su padre, había estado haciendo jornadas más cortas la mayoría de los días laborables, pues quería vigilar de cerca su recuperación, pero los sábados solía mantener el negocio abierto más tiempo, ya que sabía que era un buen día para las ventas.
Sin embargo, aquel día no estaba de humor para atender a clientes.
Aunque el atropello equivocado de Ollie Hamilton no había causado demasiados daños, le dolía la cara y se compadecía de sí misma.
La confesión de Xav de que aún sentía algo por Lana había sido una noticia desagradable y, aunque la noche anterior él se había portado bien con Trudy, la había llevado a casa y se había asegurado de que estuviera bien, aquello le había rondado la cabeza durante buena parte de la noche.
Después de prepararle la comida a su padre, que la apartó, intentó concentrarse en el papeleo.
Lo dejó sentado en el salón, con la televisión encendida, y preparó una taza de té que llevó al pequeño tercer dormitorio que utilizaba como despacho.
Se acomodó para revisar las facturas, desesperada por distraerse.
Llevaba allí solo unos minutos cuando el volumen de la televisión subió, lo bastante como para que pudiera oír cada palabra que pronunciaban los actores del programa que estuviera viendo su padre.
Haciendo todo lo posible por ignorarlo, dio un sorbo a la bebida y se concentró en las cifras que tenía delante.
Ya le palpitaba la cabeza, anunciando una de sus migrañas tensionales, y desde luego no estaba de humor para aguantar uno de los juegos de su padre.
Si él creía que no la molestaba, quizá pararía.
Por desgracia, ocurrió lo contrario y Trudy dejó caer los hombros cuando el volumen subió aún más.
Al saltarle la chispa, se levantó e irrumpió en el salón para arrebatarle el mando a distancia. Cuando bajó el volumen, él alzó la mirada hacia ella con una sonrisa.
—Perdona. ¿Te estaba molestando?
—Sabes perfectamente que sí.
En lugar de devolverle el mando, lo dejó encima de la estantería, lo que le valió una mirada furiosa.
—Devuélvemelo.
—Si no se puede confiar en ti para que lo uses, no puedes tenerlo.
—Esto es maltrato. ¡No soy un niño!
—Entonces deja de comportarte como tal —espetó Trudy antes de darse media vuelta, tratando de bloquear las amargas quejas que la siguieron mientras regresaba a su despacho.
Unos instantes después oyó el sonido de la silla de ruedas de su padre sobre el suelo de madera y apretó los dientes cuando él apareció en el umbral.
—¿Qué quieres, papá?
—Me tienes atrapado aquí, como si fuera un maldito prisionero en mi propia casa.
—No eres un prisionero —señaló Trudy con cansancio—. Estoy intentando cuidar de ti. Sabes que yo no te metí en esa silla.
—¿Ah, no? Bien podrías haberlo hecho. Fue culpa tuya que tu madre estuviera hecha polvo aquella noche. Jamás debería haber estado al volante. No estaba en condiciones de pensar con claridad.
No era la primera vez que su padre la acusaba de aquello, pero no por eso le dolía menos.
—No digas eso. Sabes cuánto la echo de menos.
Su padre hizo caso omiso y se creció con el tema.
—Fue como darle un arma cargada. Está muerta y tú fuiste la responsable. Igual que eres responsable de que yo esté en esta silla.
—¡Basta!
El rostro de su padre se contrajo y su sonrisa cruel, tan familiar, la transportó de vuelta a la infancia, cuando había sido demasiado pequeña y débil para defenderse de su acoso constante.
—La verdad duele, ¿verdad, querida hija?
Las dos últimas palabras salieron cargadas de un sarcasmo mordaz.
—No es verdad. Tú fuiste el responsable. Todo fue culpa tuya.
De cara al mundo, Angus Palmer había sido un amigo y un médico.
De algún modo había logrado ponerse una máscara que lo hacía parecer amable y accesible, presentándose como un hombre tranquilo y entregado a su familia.
Cómo se reiría ese mundo si conociera la verdad sobre él.
Si supiera que, a puerta cerrada, menospreciaba constantemente a Trudy y a su madre, haciendo que ambas se sintieran indignas de su amor.
Que predicaba una moral que él mismo no seguía.
Y que bastaba la más mínima provocación para que utilizara los puños o, en el caso de Trudy, a menudo su cinturón.
Hablabas en la mesa a la hora de cenar. ¡Zas!
No habías terminado los deberes a tiempo. ¡Zas!
Llevas la ropa sucia. ¡Zas!
Durante mucho tiempo le había tenido miedo, pero entonces descubrió la verdad sobre quién era él en realidad y aquello lo cambió todo. Fue en ese momento cuando Trudy dejó de sentir temor y empezó a resistirse. Ahora él estaba en la silla, su madre estaba muerta y ella ostentaba todo el poder.
Aun así, había momentos en los que dudaba de sí misma, sucumbiendo a la debilidad, y él, al ser su padre, sabía cómo manipularlos, cómo verter su veneno a través de las grietas, justo como estaba haciendo ahora.
—Podrás peinarte muy elegante y ponerte tu ropa pija, pero no lo olvides: conozco la verdad sobre ti y sobre quién eres en realidad. Anoche te oí, todo melindrosa y coqueta. ¿De verdad te crees que un hombre como Xavier Landry se interesaría por alguien como tú?
—¡Cállate! —chilló ella mientras le propinaba un revés tremendo en la cara; la piedra del anillo que llevaba, y que antaño había pertenecido a su madre, le hizo sangre.
A su padre le relampaguearon los ojos de ira, pero aparte de eso no reaccionó al bofetón y prosiguió con sus provocaciones.
—No eres guapa ni tienes clase como las Hamilton. No eres más que una niña patética que intenta fingir ser algo que no es.
—¡He dicho que TE CALLES! —Trudy lo golpeó de nuevo. Esta vez más fuerte.
—Y todas las bofetadas del mundo no ocultarán lo fea que eres en realidad, porque no es solo algo superficial —le dedicó una sonrisa maliciosa mientras la sangre le goteaba del labio—. Esa fealdad es profunda.
Trudy ni siquiera era consciente de que sus dedos se habían cerrado alrededor del pisapapeles piramidal de cristal que había sobre su escritorio, a pesar de que le enfriaba la ardiente palma de la mano al apretarlo con fuerza.
Su padre no paraba de despotricar y sus palabras se convirtieron en un zumbido en su cabeza palpitante.
Zorra.
Repulsiva.
Ridícula.
Enferma.
El pisapapeles ya estaba en alto, con la punta a punto de descargarse sobre el cráneo de su padre, cuando cobró conciencia de lo que estaba haciendo; abrió los ojos de espanto y un gemido se le escapó de los labios.
Su padre la contemplaba con una sonrisa cada vez más amplia y la mirada burlona.
—Venga, hazlo —la provocó—. A ver si tienes agallas para matar a tu propio padre.
—Papá, lo siento.
Las palabras le salieron en un susurro mientras el brazo le caía a un costado y los dedos se le abrían, dejando caer el pesado pisapapeles al suelo. ¿Qué estuvo a punto de hacer? Y lo había golpeado, le había hecho sangrar.
—Lo siento —repitió ella—. No quería hacerlo.
Ahora él se reía de ella.
—Chica débil e inútil. Ni siquiera eres capaz de librarme de este sufrimiento.
Trudy pasó por su lado a toda prisa, huyó por el pasillo y se encerró en su dormitorio dando un portazo. Tomó una bocanada profunda de aire y se llevó las manos a la cabeza mientras intentaba asimilar la magnitud de lo que acababa de suceder.
Había estado a punto de matar a su propio padre.
Él la había estado presionando e incitando hasta que ella se rompió y casi pierde el control por completo.
Aquello la asustaba de muerte.
Tenía que recomponerse, y rápido. Si alguien llegaba a enterarse jamás de lo cerca que había estado de golpearlo con el pisapapeles, se lo quitarían.
Pasara lo que pasase, con independencia de las atrocidades que él hubiera cometido y de lo muchísimo que lo odiaba, jamás podría permitir que ocurriera algo así.